"Hemos  de oponernos a la guerra, a la violencia y a la injusticia en todo lugar donde se insinúen" Papa, en la clausura de la Semana de la Unidad: “Todos juntos caminemos por el camino que el Señor nos ha puesto delante, el de la unidad”

Papa, en la clausura de la Semana de la Unidad
Papa, en la clausura de la Semana de la Unidad

"Dios sufre cuando  nosotros, que nos decimos ser fieles suyos, anteponemos nuestra visión a la suya; seguimos los  criterios de la tierra antes que los del cielo"

 "Podemos imaginar con cuánto sufrimiento ha de  presenciar guerras y acciones violentas realizadas por quien se profesa cristiano"

 "Todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al  menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos,  actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes"

"Estoy agradecido de que tantos cristianos de varias comunidades y tradiciones estén  acompañando, con participación e interés, el camino sinodal de la Iglesia católica, que deseo que  sea cada vez más ecuménico"

Vísperas solemnes, presididas por el Papa Francisco, acompañado de los representantes de las diversas confesiones cristianas, para clausurar la Semana de la Unidad. Con un clamor papal repetido: “Todos juntos caminemos por el camino que el Señor nos ha puesto delante, el de la unidad”. Antes, Bergoglio había leído un duro pasaje del profeta Isaías, “duras palabras”. “Dios, con la voz de Isaías, nos amonesta y  nos invita al cambio”, dijo el Papa, glosando precisamente esas dos palabras: amonestación y cambio.

Francisco denunció “guerras y acciones violentas realizadas por quien se profesa cristiano” y aseguró “que todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al  menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos,  actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes”. Por eso, dijo: “Si queremos,  a ejemplo del apóstol Pablo, que la gracia de Dios en nosotros no sea estéril (cf. 1 Co 15,10), hemos  de oponernos a la guerra, a la violencia y a la injusticia en todo lugar donde se insinúen”.

Por último, el Papa agradeció la presencia de las diversas confesiones y su apoyo en el proceso sinodal, que está en marcha en la Iglesia católica: “Estoy agradecido de que tantos cristianos de varias comunidades y tradiciones estén  acompañando, con participación e interés, el camino sinodal de la Iglesia católica, que deseo que  sea cada vez más ecuménico”.

Papa
Papa

 Texto íntegro de la homilía del Papa

Acabamos de escuchar la Palabra de Dios que ha marcado esta Semana de Oración por la  Unidad de los Cristianos. Son palabras fuertes, tan fuertes que podrían parecer inoportunas mientras  tenemos la alegría de encontrarnos como hermanos y hermanas en Cristo para celebrar una liturgia  solemne de alabanza en su honor. No faltan hoy noticias tristes y preocupantes, por lo que con gusto  prescindiríamos de los "reproches sociales" de la Escritura. Y aún así, si prestamos atención a las  inquietudes del tiempo en que vivimos, con mayor razón hemos de interesarnos en lo que hace  sufrir al Señor, por quien vivimos. Y si nos hemos reunido en su nombre, no podemos más que  poner al centro su Palabra, que es profética. En efecto, Dios, con la voz de Isaías, nos amonesta y  nos invita al cambio. Amonestación y cambio son las dos palabras sobre las que quisiera  proponerles algunas ideas esta tarde. 

1. Amonestación. Volvamos a escuchar algunas palabras divinas: «Cuando ustedes vienen a ver  mi rostro, […] no me sigan trayendo vanas ofrendas; […] cuando extienden sus manos, yo cierro  los ojos; por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho» (Is 1,12.13.15). ¿Qué es lo que  suscita la indignación del Señor, al punto de reclamarle al pueblo que tanto ama con ese tono tan furioso? El texto nos revela dos motivos. En primer lugar, Él critica el hecho de que, en su templo,  en su nombre, no se cumple lo que Él quiere. No quiere ni incienso ni ofrendas, sino que el  oprimido sea socorrido, que se haga justicia al huérfano, que se defienda a la viuda (cf. v. 17). En la  sociedad del tiempo del profeta, se había difundido la tendencia —lamentablemente siempre  actual— de considerar que los bendecidos por Dios eran los ricos y aquellos que hacían muchas  ofrendas, despreciando a los pobres. Pero esto es malinterpretar completamente al Señor. Jesús  llama bienaventurados a los pobres (cf. Lc 6,20), y en la parábola del juicio final se identifica con  los que tienen hambre, los que tienen sed, los que están de paso, los necesitados, los enfermos y los  encarcelados (cf. Mt 25,35-36). Este es el primer motivo de la indignación: Dios sufre cuando  nosotros, que nos decimos ser fieles suyos, anteponemos nuestra visión a la suya; seguimos los  criterios de la tierra antes que los del cielo, conformándonos con la ritualidad exterior y  quedándonos indiferentes delante de aquellos que más le importan a Él. Por tanto, Dios siente dolor,  podríamos decir, por nuestra comprensión errónea e indiferente. 

Además de esto, hay un segundo motivo, más grave, que ofende al Altísimo: la violencia  sacrílega. Él dice: «¡No puedo aguantar el delito y la fiesta! […] ¡las manos de ustedes están llenas  de sangre! […] ¡Aparten de mi vista la maldad de sus acciones!» (Is 1,13.15.16). El Señor está  “enfadado” por la violencia cometida contra el templo de Dios que es el hombre, mientras es  honrado en los templos construidos por el hombre. Podemos imaginar con cuánto sufrimiento ha de  presenciar guerras y acciones violentas realizadas por quien se profesa cristiano. Viene a la mente  aquel episodio en el que un santo, con el fin de protestar contra la crueldad del rey, fue a verlo  durante la Cuaresma para ofrecerle carne. Cuando el soberano, en nombre de su religiosidad, la  rechazó indignado, el hombre de Dios le preguntó por qué le daba escrúpulo comer carne animal,  cuando en cambio no titubeaba en entregar a la muerte a hijos de Dios.  

Clausura de la Semana de la Unidad
Clausura de la Semana de la Unidad

Hermanos y hermanas, esta amonestación del Señor nos hace pensar mucho, como cristianos  y como confesiones cristianas. Quisiera reiterar que «hoy, con el desarrollo de la espiritualidad y de  la teología, no tenemos excusas. Sin embargo, todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al  menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos,  actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes. La fe, con el  humanismo que encierra, debe mantener vivo un sentido crítico frente a estas tendencias, y ayudar a  reaccionar rápidamente cuando comienzan a insinuarse» (Carta enc. Fratelli tutti, 86). Si queremos,  a ejemplo del apóstol Pablo, que la gracia de Dios en nosotros no sea estéril (cf. 1 Co 15,10), hemos  de oponernos a la guerra, a la violencia y a la injusticia en todo lugar donde se insinúen. El tema de  esta semana de oración fue elegido por un grupo de fieles de Minnesota, conscientes de las  injusticias cometidas en el pasado respecto a los pueblos indígenas y contra los afroamericanos en  nuestros días. Frente a las diversas formas de desprecio y racismo; frente a la comprensión errónea  e indiferente y a la violencia sacrílega, la Palabra de Dios nos amonesta: «¡Aprendan a hacer el  bien! ¡Busquen el derecho!» (Is 1,17). En efecto, no es suficiente denunciar; es necesario también  renunciar al mal, pasar del mal al bien. La amonestación, por tanto, está encaminada a nuestro  cambio.  

2. Cambio. Habiendo diagnosticado los errores, el Señor pide remediarlos y, por medio del  profeta, dice: «¡Lávense, purifíquense! […] ¡Cesen de hacer el mal!» (v. 16). Y sabiendo que  estamos oprimidos o como paralizados por tantas culpas, promete que Él lavará nuestros pecados:  «Vengan y discutamos —dice el Señor—: Aunque sus pecados sean como la escarlata, se volverán  blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, serán como la lana» (v. 18). Queridos  hermanos y hermanas, por nosotros mismos no somos capaces de liberarnos de nuestras malas  comprensiones de Dios y de la violencia que se incuba en nuestro interior. Sin Dios, sin su gracia,  no nos curamos de nuestro pecado. Su gracia es la fuente de nuestro cambio. Nos lo recuerda la vida  del apóstol Pablo, que hoy recordamos. No podemos lograrlo nosotros solos, pero con Dios todo es  posible; solos no podemos, pero juntos es posible. En efecto, el Señor pide a los suyos que se  conviertan, juntos. La conversión se pide al pueblo; tiene una dinámica comunitaria, eclesial. Por tanto, creamos que también nuestra conversión ecuménica avanza en la medida en que nos  reconocemos necesitados de gracia; necesitados de la misma misericordia; sabiendo que todos  dependemos en todo de Dios, nos sentiremos y seremos, con su ayuda, verdaderamente uno (cf. Jn 17,21). 

Qué hermoso es que juntos, en el signo de la gracia del Espíritu, nos abramos a este cambio  de perspectiva, redescubriendo que «todos los fieles dispersos por el orbe comunican con los demás  en el Espíritu Santo, y así —como escribió San Juan Crisóstomo—, quien habita en Roma sabe que  los de la India son miembros suyos» (Lumen gentium, 13; In Io. hom. 65,1). En este camino de  comunión, estoy agradecido de que tantos cristianos de varias comunidades y tradiciones estén  acompañando, con participación e interés, el camino sinodal de la Iglesia católica, que deseo que  sea cada vez más ecuménico. Pero no olvidemos que caminar juntos y reconocernos en comunión  los unos con los otros en el Espíritu Santo implica un cambio, un crecimiento que sólo puede  suceder, como escribía Benedicto XVI, «a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se  ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a  mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de  Jesucristo. Su amigo es mi amigo» (Carta enc. Deus caritas est, 18). 

Semana de la Unidad
Semana de la Unidad

Que el apóstol Pablo nos ayude a cambiar, a convertirnos; que nos dé un poco de su valentía  indómita. Porque, en nuestro camino, es fácil trabajar por el propio grupo más que por el Reino de  Dios, impacientarse, perder la esperanza de que llegue aquel día en que «todos los cristianos se  congreguen en una única celebración de la Eucaristía, en orden a la unidad de la una y única Iglesia,  a la unidad que Cristo dio a su Iglesia desde un principio» (Decr. Unitatis redintegratio, 4). Pero  justamente en vista de ese día, volvamos a poner nuestra confianza en Jesús, nuestra Pascua y  nuestra paz. Mientras le rezamos y lo adoramos, Él obra. Y nos conforta lo que dijo a Pablo, y que  podemos sentir dirigido a cada uno de nosotros: «Te basta mi gracia» (2 Co 12,9). 

Queridos hermanos y hermanas, quise compartir, en espíritu fraterno, estos pensamientos  que la Palabra me ha suscitado, para que, amonestados por Dios, por su gracia cambiemos y  crezcamos en la oración, el servicio, el diálogo y el trabajo juntos hacia aquella plena unidad que  Cristo desea. Ahora quisiera agradecerles de corazón, expresando mi reconocimiento a Su  Eminencia, el Metropolita Policarpo, Representante del Patriarcado Ecuménico; a Su Gracia Ian  Ernest, Representante personal del Arzobispo de Canterbury en Roma; y a los representantes de las  demás comunidades cristianas presentes. Expreso una profunda solidaridad a los miembros del  Consejo Panucraniano de las Iglesias y de las Organizaciones Religiosas. En particular, saludo a los  estudiantes ortodoxos y ortodoxos orientales, a los becarios del Comité de colaboración cultural con  las Iglesias Ortodoxas ante el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y a los  miembros del Instituto Ecuménico de Bossey del Consejo Ecuménico de las Iglesias. También  saludo cordialmente a Frère Alois y a los hermanos de Taizé, comprometidos en la preparación de  la Vigilia ecuménica de oración que precederá la apertura de la próxima sesión del Sínodo de los  obispos. Todos juntos caminemos por el camino que el Señor nos ha puesto delante, el de la unidad. 

Hermano Alois
Hermano Alois

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