"Con la guerra todo, todo se pierde. No hay victoria en una guerra. Todo es derrota" El Papa confiesa que “el odio y la rabia a la guerra la aprendí de mi abuelo”

No a la guerra
No a la guerra

"En el camino cuaresmal de la penitencia, ayunamos y pedimos a Dios la paz, destrozada por la guerra que se está librando en Ucrania. En Polonia, ustedes son testigos de ello acogiendo a los refugiados y escuchando sus historias"

"Un anciano que ha vivido mucho, y obtiene el don de un lúcido y apasionado  testimonio de su historia, es una bendición insustituible"

"No es ciertamente leal la  ideología que doblega la historia a los propios esquemas; no es leal la propaganda, que adapta la historia a  la promoción del propio grupo; no es leal hacer de la historia un tribunal en el que se condena todo el  pasado y se desalienta todo futuro"

"La  Iglesia se 'aprende', de jóvenes, en las aulas escolares y en los medios de comunicación de la  información global"

En su ciclo sobre la vejez, el Papa Francisco abordó hoy el tema de la “memoria y el testimonio” como dos apsectos fundamentales para edificar a las personas y a los creyentes. De ahí que “un anciano que ha vivido mucho, y obtiene el don de un lúcido y apasionado  testimonio de su historia, es una bendición insustituible”. Porque “la  Iglesia se 'aprende', de jóvenes, en las aulas escolares y en los medios de comunicación de la  información global”. Eso sí, teniendo en cuenta que “no es ciertamente leal la  ideología que doblega la historia a los propios esquemas; no es leal la propaganda, que adapta la historia a  la promoción del propio grupo; no es leal hacer de la historia un tribunal en el que se condena todo el  pasado y se desalienta todo futuro”.

Además, en uno de sus numerosos añadidos al texto de la catequesis, Francisco contó que el odio y la rabia que siente ante la guerra la aprendió de su abuelo, "que luchó la guerra del 14". Y, en su saludo en polaco, el Papa recordó que los polacos “son testigos” de una “paz destrozada por la guerra que se está librando en Ucrania”, cuando “acogen a los refugiados y escuchan sus historias”. Por eso, les invita a rezar, para que la Virgen “anime el corazón de nuestros hermanos y hermanas afligidos por la crueldad de la guerra” y para que consiga que “el acto de consagración de los pueblos a su Corazón Inmaculado traiga la paz el mundo entero”.

Guerra en Ucrania
Guerra en Ucrania

Saludo en italiano

Quisiera recordar en un minuto a las víctimas de la guerra. Las noticias de las personas muertas, las que huyen, las refugiadas y las heridas...tanto soldados caídos de una y otra parte...son noticias de muerte. Pidamos al Señor de la vida que nos libre de esta muerte de la guerra. Con la guerra todo, todo se pierde. No hay victoria en una guerra. Todo es derrota. Que el Señor envie su Espíritu para que nos haga comprender que la guerra es una derrota de la Humanidad. Que nos libre de este deseo de autodestrucción.

Recemos también para que los gobernantes comprendan que comprar armas y fabricar armas no es la solución a los problemas. La solución es trabajar juntos por la paz y convertir las armas en iunstrumentos para la paz. Recemo sjuntos a la Virgen María.

Catequesis del Papa

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! 

En la Biblia, el pasaje de la muerte del viejo Moisés está precedido por su testamento espiritual,  llamado “Cántico de Moisés”. Este Cántico es en primer lugar una bellísima confesión de fe: «Porque voy  a aclamar el nombre de Yahveh; ¡ensalzad a nuestro Dios! Él es la Roca, su obra es consumada, pues  todos sus caminos son justicia. Es Dios de lealtad, no de perfidia, es justo y recto» (Dt 32,3-4). Pero  también es memoria de la historia vivida con Dios, de las aventuras del pueblo que se ha formado a partir  de la fe en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Y por tanto Moisés recuerda también las amarguras y las  desilusiones del mismo Dios: Su fidelidad puesta continuamente a prueba por la infidelidad de su pueblo. 

Cuando Moisés pronuncia esta confesión de fe está en el umbral de la tierra prometida, y también de su  despedida de la vida. Tenía ciento veinte años, señala la narración, pero «no se había apagado su ojo» (Dt 34,7). La vitalidad de su mirada es un don valioso: le consiente transmitir la herencia de su larga  experiencia de vida y de fe, con la lucidez necesaria.  

Una vejez a la cual le es concedida esta lucidez es un don valioso para la próxima generación. La  escucha personal y directa del pasaje de la historia de fe vivida, con todos sus altibajos, es insustituible.  Leerla en los libros, verla en las películas, consultarla en internet, aunque sea útil, nunca será lo mismo. A  las nuevas generaciones les falta mucho hoy, y cada vez más, esta transmisión, ¡que es la auténtica  tradición! La narración directa, de persona a persona, tiene tonos y modos de comunicación que ningún  otro medio puede sustituir. Un anciano que ha vivido mucho, y obtiene el don de un lúcido y apasionado  testimonio de su historia, es una bendición insustituible. ¿Somos capaces de reconocer y de honrar este  don? ¿La transmisión de la fe – y del sentido de la vida – sigue hoy este camino?  Mi testimonio personal: el odio y la rabia a la guerra la aprendí de mi abuelo, que me transmitió esta rabia a la guerra, que me contó. Esto se aprende así.

Papa y ancianos

En nuestra cultura, tan “políticamente correcta”, este camino resulta obstaculizado de varias formas: en la  familia, en la sociedad, en la misma comunidad cristiana. Alguno impone incluso abolir la enseñanza de  la historia, como una información superflua sobre mundos que ya no son actuales, que quita recursos al  conocimiento del presente.  

A la transmisión de la fe, por otro lado, a menudo le falta la pasión propia de una “historia vivida”.  ¿Y entonces difícilmente puede atraer a elegir el amor para siempre, la fidelidad a la palabra dada, la  perseverancia en la entrega, la compasión por los rostros heridos y abatidos? Ciertamente, las historias de  la vida deben ser transformadas en testimonio, y el testimonio debe ser leal. No es ciertamente leal la  ideología que doblega la historia a los propios esquemas; no es leal la propaganda, que adapta la historia a  la promoción del propio grupo; no es leal hacer de la historia un tribunal en el que se condena todo el  pasado y se desalienta todo futuro.  Contar bien la historia y sólo la puede contar bien quien la ha vivido.

Los mismos Evangelios cuentan honestamente la historia bendecida de Jesús sin esconder los  errores, las incomprensiones e incluso las traiciones de los discípulos. Esto es testimonio. Este es el don  de la memoria que los “ancianos” de la Iglesia transmiten, desde el inicio, pasándolo “de mano en mano”  a la próxima generación. Nos hará bien preguntarnos: ¿cuánto valoramos esta forma de transmitir la fe, de pasar el testigo entre los ancianos de la comunidad y los jóvenes que se abren al futuro? Lo he dicho muchas veces, pero lo repito. La fe se transmite en dialecto, en el hablar familiar entre abuelos y padres e hijos.

A veces reflexiono sobre esta extraña anomalía. El catecismo de la iniciación cristiana hoy hace  referencia generosamente a la Palabra de Dios y transmite información precisa sobre los dogmas, sobre la  moral de la fe y los sacramentos. A menudo falta, sin embargo, un conocimiento de la Iglesia que nazca de la escucha y del testimonio de la historia real de la fe y de la vida de la comunidad eclesial, desde el  inicio hasta nuestros días. De niños se aprende la Palabra de Dios en las aulas del catecismo; pero la  Iglesia se “aprende”, de jóvenes, en las aulas escolares y en los medios de comunicación de la  información global.  

Cántico de Moisés

La narración de la historia de fe debería ser como el Cántico de Moisés, como el testimonio de los  Evangelios y de los Hechos de los Apóstoles. Es decir, una historia capaz de recordar con emoción la  bendición de Dios y con lealtad nuestras faltas. Sería bonito que desde el principio en los itinerarios de  catequesis existiera también la costumbre de escuchar, de la experiencia vivida de los ancianos, la lúcida  confesión de las bendiciones recibidas por Dios, que debemos custodiar, y el leal testimonio de nuestras  faltas de fidelidad, que debemos reparar y corregir. Los ancianos entran en la tierra prometida, que Dios  desea para toda generación, cuando ofrecen a los jóvenes la bella iniciación de su testimonio. Entonces,  guiados por el Señor Jesús, ancianos y jóvenes entran juntos en su Reino de vida y de amor.  Todos juntos, en familia.

Saludo en español

Queridos hermanos y hermanas: 

Reflexionamos hoy sobre la memoria y el testimonio que transmiten los ancianos, y nos  centramos particularmente en la historia de Moisés. En los días previos a su muerte, Moisés pronunció  su testamento espiritual, que es una hermosa confesión de fe. Sus palabras no sólo testimonian el  amor y la fidelidad de Dios, sino también las infidelidades de su pueblo. Esta transmisión de la fe y  del sentido de la vida —que se hace a partir de las propias experiencias, sin ocultar las luces y las  sombras— es la tradición, que pasa de generación en generación. 

También el Evangelio nos da testimonio de la historia de Jesús y de las experiencias de los  discípulos. Lo hace con honestidad, sin esconder las fragilidades e incluso las traiciones de los  seguidores de Jesús. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿cómo transmitimos la fe a las futuras  generaciones?, ¿damos testimonio gozoso de la presencia de Dios en nuestra vida, sabiendo  reconocer, al mismo tiempo, nuestras faltas de coherencia?  

Jornada por la paz en Ucrania

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española, de modo particular al grupo de peregrinos  colombianos “Por los caminos de María”. Siguiendo el ejemplo de Moisés, y de la Virgen María,  pidamos al Señor que nuestra vida sea un cántico de alabanza por las maravillas que hace en nosotros.  Y que este magníficat sea testimonio alegre y memoria agradecida que transmita a las nuevas  generaciones la antorcha de la fe. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Saludo en polaco

Saludo cordialmente a los peregrinos polacos. Este año, en el camino cuaresmal de la penitencia, ayunamos y pedimos a Dios la paz, destrozada por la guerra que se está librando en Ucrania. En Polonia, ustedes son testigos de ello acogiendo a los refugiados y escuchando sus historias. Mientras nos preparamos para vivir una jornada especial de oración en la solemnidad de la Anunciación del Señor, pedimos que la Madre de Dios eleve el corazón de nuestros hermanos y hermanas afligidos por la crueldad de la guerra. Que el acto de consagración de los pueblos a su Corazón Inmaculado traiga la paz al mundo entero. Les bendigo de corazón.

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