Andrea Tornielli: Ratzinger y la Iglesia que acoge dejando libertad
En el libro "La fede del futuro", una homilía del entonces cardenal presenta a santa Mónica y su actitud hacia su hijo san Agustín como personificación de la comunidad eclesial
(Andrea Tornielli/Vatican News).- «Sufriendo, ha aprendido a dejarle seguir su camino, sin restricciones. Ha aprendido a soportar que su camino fuera muy diferente» respecto al que ella había pensado. Son palabras sobre la madre de San Agustín, pronunciadas por el entonces cardenal arzobispo Joseph Ratzinger con motivo de la consagración de la iglesia parroquial de Santa Mónica en el barrio de Neuparlach, en Múnich. Era el 29 de noviembre de 1981, apenas cuatro días después del anuncio de su nombramiento como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Una vez más, se trata de una imagen de Ratzinger muy alejada de la que le atribuyen quienes utilizan pasajes seleccionados del magisterio de Benedicto XVI para intentar contraponerlo al de sus sucesores. La homilía, hasta ahora disponible solo en alemán, se publica en el volumen de textos seleccionados de Ratzinger «La fe del futuro», con prólogo del cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado.
El entonces arzobispo de Múnich presenta en la homilía la figura de la madre de Agustín como experiencia viva de lo que es la Iglesia en su esencia más profunda. «En ella —escribe Ratzinger refiriéndose al santo de Hipona— experimentó la Iglesia como persona, la Iglesia personalmente, de modo que para él no era un aparato cualquiera, del que se siente algo muy lejano, estructuras que resultan un poco incomprensibles. En esta mujer estaba personalmente presente lo que es la Iglesia». Agustín, recordaba el cardenal, escribió sobre su madre: «No solo me ha dado esta vida corporal, sino que me ha dado un espacio en su corazón, me ha dado un espacio de vida en el que pude convertirme en hombre». El ser humano, afirmaba Ratzinger, «necesita un espacio relacional de confianza, de amor; y un sentido que le permita caminar hacia el futuro».
Pero este «espacio de vida» tiene poco que ver con las estructuras eclesiásticas o con las comunidades identitarias de perfectos que se aíslan del mundo condenándolo un día sí y otro no. Más bien, esboza admirablemente el rostro de una Iglesia acogedora, respetuosa de la libertad de todos y de los tiempos de cada uno. Tal y como hizo Mónica con su hijo, considerando «elemento esencial para la formación de este espacio vital dejarlo libre». Libre para equivocarse, libre para seguir sus pasiones carnales... Mónica «supo esperar. Supo aceptar el conflicto entre generaciones. Sufriendo, aprendió a dejarlo seguir su camino, sin coacciones. Aprendió a soportar que su camino fuera muy diferente al que, en la fe, ella había pensado para él; y, sin embargo, aprendió a quererlo, a estar a su lado, a no abandonarlo, dejándole siempre la libertad de ser él mismo. En esta su forma de ser abierta y expectante, con la que le dejó la libertad de convertirse en sí mismo —sin imponerle la fe, sino simplemente estando ahí para él como persona, como madre—, así le transmitió la fe».
El futuro Papa comentaba: Creo que hoy hay tanta sospecha y aversión hacia la Iglesia... porque experimentamos muy poco la Iglesia como persona, muy poco la Iglesia personalmente. Solo oímos hablar de ella como estructura, oficina y aparato. Pero la Iglesia solo podrá subsistir, y nosotros podremos arraigarnos en ella y ella podrá convertirse en nuestra patria
Son palabras esclarecedoras para los padres, para los educadores y, en general, para quienes anuncian el Evangelio. Una Iglesia como «espacio de vida, de libertad, de esperanza». El futuro Papa comentaba: «Creo que hoy hay tanta sospecha y aversión hacia la Iglesia... porque experimentamos muy poco la Iglesia como persona, muy poco la Iglesia personalmente. Solo oímos hablar de ella como estructura, oficina y aparato. Pero la Iglesia solo podrá subsistir, y nosotros podremos arraigarnos en ella y ella podrá convertirse en nuestra patria, si sigue subsistiendo en las personas. Este espacio, todos los espacios —incluso las salas donde pasamos el tiempo libre y nos reunimos— deberían ser espacios que nos ayuden a convertirnos en Iglesia en persona los unos para los otros; espacios que sean para nosotros espacios vitales, madres, alguien que nos ofrezca un lugar de confianza y de posibilidades de vivir».
Una Iglesia «hospital de campaña» que te acompaña, donde el amor cura las heridas más profundas y te sientes como en casa.
