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Beatificada en Lombardía la Madre Isacchi, "testigo luminosa de Cristo"

Ayer, 10 de octubre, tuvo lugar en Mantua la misa de beatificación de la fundadora de la Congregación de las Hermanas Ursulinas del Sagrado Corazón de Jesús de Asola en Mantua

Madre Ignazia Isacchi

(Rosario Capomasi/Vatican News).- La Iglesia celebra a la madre María Ignazia Isacchi, de nombre secular Angela Caterina, llamada Ancilla, «no porque haya realizado algo extraordinario a los ojos del mundo, sino porque ha dejado que el Evangelio descendiera a lo concreto de su existencia y la transformara, peldaño tras peldaño, en un testimonio luminoso de Cristo».

Esta es la clave de lectura propuesta esta mañana, sábado 10 de octubre, por el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, en la homilía del rito de beatificación de la fundadora de la Congregación de las Hermanas Ursulinas del Sagrado Corazón de Jesús de Asola, en Lombardía.

Beata María Ignazia Isacchi, de nombre secular Angela Caterina, llamada Ancilla, fundadora de la Congregación de las Hermanas Ursulinas del Sagrado Corazón de Jesús de Asola.

Las virtudes, escalera que conduce a la santidad

Al presidir la misa en representación de León XIV en la concatedral de San Andrés Apóstol —Santuario de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, en Mantua—, el purpurado comparó la vida de María Grazia Isacchi con la representación de san Ambrosio acerca de las Bienaventuranzas, vistas «como una escalera que conduce hacia la santidad. Son los “peldaños de las virtudes” —decía—, a través de los cuales podemos subir desde las realidades más bajas hacia las más altas».

Madre Isacchi

Esto significa solamente «entrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo», como, por otra parte, había indicado el papa Francisco en la exhortación Gaudete et exsultate, sobre la vocación a la santidad en el mundo contemporáneo, precisó el cardenal prefecto.

El Pontífice, recordó el celebrante, subrayaba, en efecto, que en las Bienaventuranzas, verdadera y propia «carta de identidad del cristiano», Jesús explicó con toda sencillez qué significa ser santos, porque «en ellas se perfila el rostro del Maestro, que estamos llamados a hacer traslucir en la cotidianidad de nuestra vida».

La atención a la educación de los jóvenes

La beata Isacchi, insistió Semeraro, al subir esta escalera, transformó el ideal de santidad en vida real, desde su vocación religiosa, madurada en el seno de su familia de origen y, en 1879, perfeccionada en el Instituto de las Hermanas Ursulinas de Somasca.

Aquí, prosiguió el purpurado, había mostrado «pronto sus cualidades humanas y cristianas, viviendo la maternidad espiritual en la educación de las muchachas y manifestando notables capacidades de relación con las jóvenes, a las que transmitía una fuerte devoción».

Y esto a pesar de que dentro del Instituto, señaló el cardenal, habían surgido «tensiones y dificultades que la condujeron después a la fundación de una nueva familia religiosa, la de las Ursulinas del Sagrado Corazón. También en esta nueva situación no faltaron dificultades e incomprensiones, hasta el punto de que la vida de la madre Ignazia podría describirse como un recorrido lleno de obstáculos».

El cardenal Semeraro en la misa de beatificación

Un corazón entregado a Dios

Sin embargo, su camino no podía ni debía interrumpirse, puntualizó el cardenal.

«No abandonó la misión que le había sido confiada»; al contrario, «fue alentada en esto por los superiores y también por el papa Benedicto XV y por la Congregación de los Religiosos. Siempre confiada en la Providencia, nos ha dejado el testimonio de una vida dedicada al Instituto y fiel a su propia vocación religiosa».

Tanto es así que, exhortó, «si nos preguntáramos cuál de las Bienaventuranzas evangélicas podríamos elegir como particularmente significativa para ella, pienso que podríamos señalar precisamente la primera: “Bienaventurados los pobres de espíritu”», que «consiste, en efecto, en reconocer que no somos dueños absolutos de nosotros mismos, en reconocer que todo es don de Dios. Precisamente de esta pobreza interior, de este corazón entregado a Dios, nuestra beata obtuvo la fuerza para amar y servir a los demás».

Cada historia puede convertirse en un apéndice del Evangelio

Una tenacidad que la había llevado a afrontar incomprensiones, fatigas y obstáculos de una vida «recogida por la gracia y conducida hacia su plenitud».

Beatificación de la Madre Isacchi

Esto es porque, concluyó Semeraro, recordando las palabras del papa Bergoglio en el Mensaje para la 54.ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (2020), «por obra del Espíritu Santo, cada historia, incluso la más olvidada, incluso aquella que parece escrita sobre las líneas más torcidas, puede convertirse en inspirada, puede renacer como obra maestra, convirtiéndose en un apéndice del Evangelio».

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