Brislin y su apuesta por la "construcción sinodal" en la Iglesia del futuro
El arzobispo metropolitano de Johannesburgo abrió la tercera sesión del Consistorio extraordinario reflexionando sobre la introducción y la conclusión de la encíclica Magnifica humanitas
(Isabella Piro, Vatican News).- «Habitar las obras de la historia con un estilo propio, sinodal en el método, arraigado en las virtudes teologales y orientado al servicio de la persona» es la «responsabilidad concreta» que la encíclica Magnifica humanitas de León XIV confía a la Iglesia. Así lo subrayó el cardenal Stephen Brislin, arzobispo metropolitano de Johannesburgo, al inaugurar esta mañana, sábado 27 de junio, en el Aula Pablo VI, la tercera sesión del segundo y último día del Consistorio extraordinario.
Ante los presentes, el purpurado sudafricano ofreció una reflexión sobre la primera y la última parte de la encíclica, cuyo fundamento gira en torno a una pregunta decisiva: si el progreso tecnológico va acompañado de un crecimiento de la responsabilidad o, por el contrario, expone a la humanidad a nuevas formas de exclusión y reduccionismo.
El taller de Babel o el de Jerusalén
Esta pregunta, observó Brislin, desplaza la atención del «poder de los medios técnicos» hacia la manera en que estos pueden transformar la realidad, favoreciendo -o no- «relaciones más justas, instituciones más atentas a la persona y un futuro verdaderamente compartido».
La diferencia, afirmó el arzobispo de Johannesburgo, es la misma que existe entre construir Babel o Jerusalén. En el primer caso, la inteligencia humana constituye «un acto de autosuficiencia» y la unidad, buscada «sin Dios», conduce a la desintegración. En cambio, edificar la Ciudad Santa implica poner la capacidad humana «al servicio de Dios» y actuar de manera que promueva y haga florecer la dignidad de cada persona.
La «construcción sinodal»
El cardenal Brislin destacó además que el taller de Jerusalén simboliza también una «construcción sinodal», que no se deja llevar por «un progreso tecnológico como fin en sí mismo», sino que se convierte en «un dique de contención» frente a sus efectos desintegradores.
La sinodalidad, entendida como un estilo concreto de «presencia, escucha y corresponsabilidad», ofrece una auténtica «gramática de la construcción» articulada en cuatro elementos.
El primero es «el deseo humano de felicidad», que debe ser preservado «en su verdad». Las nuevas tecnologías prometen «una vida más fácil y menos expuesta al sufrimiento», pero en realidad reducen la felicidad al «rendimiento o al control», empobreciendo a la persona.
Una corresponsabilidad valiente
El segundo elemento es el límite, que -subrayó el purpurado sudafricano- «recuerda que la vida es un don que se recibe y que debe ser custodiado». Recuperar el sentido del límite ayuda al ser humano a salir «de la ilusión de la autosuficiencia».
De ello nace el tercer elemento: «la corresponsabilidad valiente», porque el bien común crece «cuando cada persona puede aportar su propia contribución y es apoyada para hacerlo». En este contexto, la subsidiariedad se convierte en «una forma ordenada de participación».
Finalmente, como cuarto elemento, el cardenal Brislin señaló los criterios de discernimiento que ofrece la doctrina social de la Iglesia. Estos permiten «leer los procesos históricos, evaluar las promesas de la técnica y distinguir aquello que sirve a la persona de aquello que la expone a nuevas formas de dependencia o exclusión».
Las virtudes teologales como «gramática» de la historia
La «gramática de la construcción» descrita al comienzo de la encíclica encuentra su plenitud en las páginas finales, donde -explicó el cardenal Brislin- conduce a las virtudes teologales: la fe, la caridad y la esperanza.
La fe, afirmó el purpurado, educa la mirada y abre «a la contemplación del designio de misericordia que atraviesa la historia», reconociendo que el camino humano está sostenido por «una lógica del don, cuyo centro es el misterio de la Encarnación».
La caridad, por su parte, «genera comunión» y encuentra en la Eucaristía su fuente sacramental, modelando así «la manera cristiana de habitar la historia», al enseñar a reconocer al otro como hermano, a cargar con su peso y a compartir con él la responsabilidad de la obra común.
Que la tecnología esté orientada a la dignidad de la persona
Por último, la esperanza «sostiene la construcción de la civilización del amor» en cooperación con Cristo. A la luz de esta virtud, las posibilidades técnicas «son acogidas dentro de un camino de sabiduría, orientado a la dignidad de la persona», al cuidado de la casa común y de las relaciones humanas, así como «a la unión entre la oración y el compromiso activo».
Todo ello, concluyó el cardenal Brislin, no puede prescindir de la oración, para que la Iglesia pueda encarnar «un servicio eclesial capaz de habitar el tiempo presente con confianza y lucidez».
