Cobo pide en Roma pasar de preparar bodas a acompañar toda la vida matrimonial
En su intervención en la cumbre sobre Amoris laetitia, el cardenal propone una pastoral que escuche a las parejas, favorezca el discernimiento y les ofrezca una comunidad cercana antes de que las dificultades deterioren su relación
La boda no puede ser el punto de llegada de la atención de la Iglesia a las parejas. Es el comienzo de una etapa que necesita escucha, apoyo y vínculos comunitarios. Este es el planteamiento del cardenal José Cobo Cano en su conferencia ‘Los primeros años de matrimonio: un tiempo decisivo’, dictada este sábado, 10 de octubre, en la cumbre episcopal, que se está celebrando en Roma, en la que reclama pasar de una pastoral concentrada en la celebración del sacramento a otra capaz de acompañar toda la historia de la vocación matrimonial.
Su cuestionamiento interpela directamente a la organización de la pastoral matrimonial. «Ante los retos de estos primeros años nos preguntamos si en general no hemos preparado más a las parejas para la boda que para el matrimonio», explicó el arzobispo madrileño.
Para Cobo, no basta con revisar los contenidos de los cursillos prematrimoniales. Hay que preguntarse si la Iglesia actúa fundamentalmente desde «el acto que se va a celebrar» o desde «los procesos humanos, creyentes y vocacionales que estamos llamados a acompañar». El cambio de fondo es pasar del acontecimiento al proceso; de preparar una ceremonia a cuidar una relación.
Llegar antes de que todas las decisiones estén tomadas
El cardenal comienza con una escena habitual, la de una pareja que acude a la parroquia, para casarse después de varios años de relación. Quizá conviven, han hablado de su futuro y tienen tomada la decisión. La Iglesia empieza entonces la preparación, pero Cobo invita a hacerse una pregunta previa: «¿En qué momento de su historia hemos llegado como Iglesia?».
A su juicio, Amoris laetitia ha abierto nuevos horizontes para mirar el matrimonio, pero el primer reto no consiste en diseñar programas. Consiste en comprender a las personas. «¿Comprendemos de verdad, desde el inicio, la realidad de las parejas que queremos acompañar?».
Desde ahí sitúa dos claves: acompañamiento y discernimiento. Dos claves que son distintas del mero transmitir información o comprobar conocimientos. «Una cosa es preguntar: “¿Qué deben saber para casarse?”. Otra más profunda es: “¿Qué necesitan descubrir para saber si están llamados a entregarse definitivamente el uno al otro?”».
La cuestión resulta especialmente relevante cuando las parejas llegan con una larga trayectoria y la boda prácticamente organizada. «Si una pareja llega después de ocho o diez años de relación, con la boda ya decidida, ¿queda realmente espacio para discernir?», pregunta. Y añade: «Si afirmamos que el matrimonio es una vocación, ¿cómo se discierne una vocación matrimonial en la Iglesia?».
Del otro imaginado al otro real
Cobo extiende esa atención a las etapas anteriores al matrimonio. Recoge la dificultad que expresan algunos jóvenes creyentes para encontrar personas con quienes compartir la fe y un proyecto de vida, y pregunta qué espacios ofrece la comunidad cristiana para responder a esa necesidad.
En el período del noviazgo, el cardenal subraya un aprendizaje esencial: «El enamoramiento forma parte del amor, pero llega un momento en que hay que pasar del otro imaginado al otro real».
Acompañar ese descubrimiento significa ayudar a conocerse de verdad, reconocer fortalezas y fragilidades y dar espacio a las preguntas difíciles. A este respecto, el arzobispo menciona propuestas que se están ensayando en Madrid, como «El reloj de los novios», junto a los cursillos prematrimoniales.
Estas experiencias parten, explica, de una intuición sencilla: «Una pareja necesita regalarse tiempo de calidad para hablar, revisar su historia, reconocer fortalezas y fragilidades, rezar y discernir». Porque, s su juicio, lo decisivo es que exista un verdadero proceso de discernimiento, sostenido por entrevistas pastorales cuidadas y por personas formadas para acompañar.
Después de la boda, aprender a construir la relación
Celebrado el sacramento, comienza una tarea que no queda resuelta por haber pronunciado el consentimiento, porque «ahora los esposos tienen que aprender a construir y enraizar su vida matrimonial». Cobo lo resume con una frase que condensa su propuesta: «Hay que construir un “nosotros” sin borrar el “yo” y el “tú”».
Los primeros años traen cambios en la comunicación, diferencias, conflictos y, en muchos casos, la llegada de los hijos. La organización cotidiana puede ocuparlo casi todo, hasta dejar en segundo plano el cuidado de la pareja.
Por eso propone estudiar una presencia eclesial en momentos significativos, es decir, después de la boda, al cumplir el primer año, con el nacimiento de los hijos o a los tres y cinco años. Pero introduce una cautela. Hay que hacerlo «sin convertir necesariamente este acompañamiento en un programa continuo de reuniones».
Su propuesta no consiste en llenar las agendas de actividades, sino en encontrar modos de estar cerca cuando cambian las necesidades de los esposos. También en el terreno de la fe: «¿Cómo acompañar el paso de la fe vivida como pareja a la fe vivida en familia?».
Cuidar ese vínculo tiene consecuencias para los hijos. «Una de las herencias más importantes que unos padres dejan a sus hijos es la relación que han construido entre ellos», afirma Cobo. Esa herencia se expresa en cómo se hablan, afrontan sus diferencias, se perdonan, comparten el afecto y permanecen unidos en las dificultades.
Pedir ayuda antes de llegar al límite
La atención no debe terminar en los primeros años. El trabajo, las dificultades económicas, el cuidado de los mayores, la enfermedad y los cambios personales abren nuevas transiciones a lo largo de la vida conyugal. «No todo es una crisis», precisa Cobo. Pero sí es necesario ofrecer espacios de revisión «antes de que las dificultades deterioren profundamente el vínculo».
Los Centros de Orientación Familiar, otros ámbitos eclesiales y la experiencia de los tribunales eclesiásticos ayudan a conocer estas situaciones. El desafío, sin embargo, es favorecer que las parejas soliciten apoyo sin esperar a una ruptura o a un desgaste extremo. El cardenal formula así la pregunta: «¿Cómo hacer normal que un matrimonio pida ayuda para cuidar su relación sin esperar a encontrarse al límite?».
Matrimonios que acompañan a otros matrimonios
El eje de la propuesta es la comunidad. Cobo recoge un testimonio que considera decisivo. Al revisar sus primeros años, muchos matrimonios destacan «la importancia de sentirse acompañados por una comunidad cercana».
Frente a la soledad que pueden experimentar las parejas en una sociedad individualizada, recuerda que el matrimonio cristiano «no es solo una historia de dos; es también una vocación eclesial».
En ese contexto concede especial importancia a los matrimonios que acompañan a otros matrimonios, «no como expertos, sino desde una experiencia vivida, discernida y compartida». Su trayectoria puede convertirse en memoria, testimonio y apoyo para quienes comienzan.
El reto implica a diócesis, parroquias y movimientos, pero exige algo más que añadir servicios. «No necesitamos solamente nuevos cursos o servicios», sostiene. Necesitamos comunidades capaces de sostener «procesos largos de vida».
Cobo deja abierta una pregunta que resume toda su intervención: «¿Cómo puede nuestra Iglesia acompañar toda la historia de una vocación matrimonial, desde que comienza a discernirse hasta que ese matrimonio se convierte también en acompañante y testigo para otros?».
La respuesta que apunta es una transformación de la mirada pastoral, para estar presentes antes de la boda, permanecer cerca después y hacer de la comunidad un lugar donde cuidar el amor no sea una tarea solitaria.
