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Lefebvrianos: un nuevo cisma a la vista

Pagliarani responde al Papa a horas de consumar el cisma: "No somos cismáticos, somos la medicina que la Iglesia necesita"

La Fraternidad San Pío X lleva casi cuarenta años diciéndole a Roma "te quiero mucho, pero no". La carta de Pagliarani es la última versión, la más sofisticada, de ese mismo mensaje de siempre. El Papa agustino que buscaba una conversión ha recibido, en cambio, una lección de retórica. Ahora tiene la palabra

Davide Pagliarani | RD/Captura

Don Davide Pagliarani, superior general de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, ha respondido al papa León XIV con una carta que es, en su forma, un ejercicio de deferencia filial; y en su fondo, una negativa redonda y en toda regla. Ni un paso atrás. Ni una concesión. Ni el menor atisbo de autocrítica.

Lo que el texto del superior lefebvriano ofrece a Roma es exactamente lo que llevan décadas ofreciendo: palabras de amor a la Iglesia acompañadas de la firme convicción de que son ellos -y no Roma- quienes tienen razón, y toda la razón.

Davide Pagliarani

La carta, escrita con la elegancia retórica propia de quien ha sido formado en la mejor tradición escolástica, está construida sobre una paradoja que Pagliarani maneja con habilidad de esgrimista: nosotros queremos coser la túnica de Cristo, pero las costuras que nos piden aceptar son precisamente las que la están rasgando. En otras palabras: la culpa no es nuestra. Nunca lo fue.

El argumento del cismático que no era cismático

El superior lefebvriano recurre a un razonamiento que, en su audacia, merece ser subrayado. Recuerda que la Fraternidad fue declarada cismática en 1988, tras las ordenaciones episcopales no autorizadas por Lefebvre, y que sin embargo, décadas después, Roma y la FSSPX siguen hablando como padre e hijo. “¿No es eso -pregunta Pagliarani- la prueba de que nunca fuimos realmente cismáticos?”

Es un argumento de mal pagador con envoltura teológica. Lo que el superior llama prueba de inocencia es, en realidad, prueba de la paciencia infinita de Roma y de la habilidad de la Fraternidad para mantenerse siempre en ese filo donde el cisma es real en los hechos pero nunca consumado en el papel.

Es decir, durante todo este tiempo han convertido la ambigüedad en sistema. La indefinición en estrategia. Y llevan casi cuarenta años viviendo cómodamente en esa tierra de nadie eclesiástica.

Los testigos de parte

Para reforzar su posición, Pagliarani invoca a dos obispos que la Santa Sede envió a dialogar con la FSSPX y que acabaron, según él, reconociendo "el espíritu profundamente católico" de la Fraternidad: monseñor Vitus Huonder, ya fallecido, y monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana.

El obispo Athanasius Schneider | akacatholic

El detalle de la mención de Schneider es elocuente, porque se trata de uno de los prelados más conocidos del ala más integrista del catolicismo mundial, un crítico sistemático del Concilio Vaticano II y de buena parte de los pontificados postconciliares.

Que la FSSPX lo cite como aval dice mucho sobre la naturaleza real del diálogo que proponen. Es como si un acusado, en su defensa, citara únicamente a testigos que comparten su misma visión del mundo.

Las almas como escudo

Hay un momento en la carta en que Pagliarani abandona el argumento jurídico y teológico y apela directamente al corazón del Papa. Lo hace invocando a las "miles de almas que han recuperado la fe católica gracias al apostolado de la Fraternidad". Es el argumento más eficaz y, a la vez, el más difícil de rebatir, porque contiene una verdad innegable: hay personas que han encontrado en la liturgia tridentina y en la espiritualidad lefebvriana un camino real hacia Dios. Esas personas existen. Su fe es auténtica. Su gratitud a la Fraternidad, sincera.

Pero utilizar esas almas como escudo frente a las exigencias de comunión plena con Roma es una operación que merece ser calificada de cínica, como poco. No son las almas las que se niegan a la reconciliación. Es la estructura institucional de la FSSPX la que, detrás de ellas, mantiene su propia lógica de poder, su propio sistema de formación, sus propios seminarios, sus propias ordenaciones. Las almas son reales. El uso que se hace de ellas en este contexto es, cuando menos, interesado.

Urna con los restos de santa Rita

Santa Rita y el agustino

La carta concluye con un gesto de piedad que es también, a su manera, una declaración política. Pagliarani revela que lleva tiempo rezando a santa Rita -la santa de los imposibles- por la situación de la Iglesia, y que vio en la elección de un Papa agustino "un signo de esperanza".

Es un guiño calculado, porque Agustín de Hipona fue el gran teólogo de la gracia, de la conversión, de la búsqueda incansable de la verdad. Pagliarani le dice a León XIV, entre líneas: usted es heredero de un santo que supo cambiar. Hágalo usted también. Cambie hacia nosotros. La operación intelectual es brillante, pero completamente desvergonzada.

Lo que León XIV tiene ahora sobre la mesa

El papa Prevost recibe esta carta en un momento delicado. Está articulando su propio proyecto de Iglesia, construyendo su pontificado. La FSSPX le pide tiempo, comprensión y, en el fondo, que deje las cosas como están. Que el diálogo continúe indefinidamente, como ha continuado durante décadas, sin que la Fraternidad tenga que renunciar a nada esencial de su posición.

León XIV deberá decidir si acepta ese juego o si, con la misma elegancia pragmática con que ha silenciado a la Curia en el consistorio, encuentra la manera de responder a una carta que dice sí con la bocapequeña.

Porque Pagliarani ha escrito una carta llena de amor filial a Roma. Pero al final de cada párrafo, entre las líneas de devoción y las invocaciones a santa Rita, late siempre la misma convicción inamovible: nosotros no nos movemos. Muévase usted, Santo Padre.

Tucho Fernández y el superior general de los lefebvrianos | Vatican Media

Texto completo de la carta de Plagiarani

Santísimo Padre,

Le agradezco de todo corazón la carta que ha tenido a bien enviarme.

Me ha conmovido profundamente su solicitud paternal.

Desde hace tiempo habría deseado tener la oportunidad de reunirme con usted para expresarle personalmente nuestro sincero deseo de servir a la Iglesia. Lamentablemente, esa oportunidad no se ha presentado.

Solo le pido que tenga a bien considerar la autenticidad de esta intención, que no tiene nada de fingida.

Paradójicamente, en el contexto actual, nos parece que es precisamente nuestro deber hacer todo lo posible por coser la túnica de Cristo, rasgada por fuerzas y presiones incompatibles con un espíritu auténticamente católico. Solo le pido que considere la autenticidad de esta intención, antes de tomar una decisión respecto a la FSSPX. Aún no es demasiado tarde.

Lejos de nosotros la idea de separarnos de la Iglesia romana; al contrario, deseamos servirla por medios extraordinarios, como se ayuda a una madre en dificultades que necesita un socorro especial, aunque este no sea comprendido por todos. Pero estoy seguro de que el Santo Padre podría comprenderlo.

La Santa Sede ya ha demostrado que es capaz de comprender situaciones muy complejas y de tomarse el tiempo necesario.

Me permito, pues, pedirle filialmente que se tome el tiempo que exige este discernimiento.

Si mis palabras no bastaran, le pediría que reflexionara sobre dos hechos muy sencillos. En primer lugar, la Fraternidad ya fue declarada cismática en 1988, por razones y en circunstancias absolutamente análogas a las de hoy; y, sin embargo, tras tantos años, nos hablamos como un padre con su hijo. Su Santidad me exhorta paternalmente a evitar un cisma que, en teoría, ya habría tenido lugar. ¿No cree usted que esta misma actitud, cuya solicitud aprecio profundamente, constituye precisamente la prueba de que la Fraternidad no es ni cismática ni hostil a la Iglesia?

En segundo lugar, hace unos años, la Santa Sede encomendó a dos obispos de la Iglesia la misión de dialogar con la FSSPX: monseñor Vitus Huonder, entonces obispo de Coira, ya fallecido, y monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana. Ambos, tras tomarse el tiempo necesario para el discernimiento, reconocieron el espíritu profundamente católico de la Fraternidad y dieron testimonio público de ello.

Pero, sobre todo, me permito dirigirme a Su Santidad en nombre de las miles de almas que han recuperado la fe católica y la práctica religiosa gracias al apostolado de la Fraternidad. Es un hecho del que sus propios predecesores ya han tomado nota. Estas almas solo tienen un deseo: alcanzar la salvación a través de este instrumento que la Providencia ha puesto a su disposición. Han sufrido y son sinceras. Estoy seguro de que su corazón paternal de Pastor universal será sensible a esta situación tan particular. Algún día se resolverán todas las dificultades entre la Santa Sede y la Fraternidad. Un gesto de comprensión por su parte, lejos de perjudicar a la unidad, no podría sino manifestar ante los ojos del mundo y de todos los cristianos su preocupación por la unidad y su bondad paterna.

Dejo todo esto a su benévola consideración. Renuevo mi oración por Su Santidad.

Desde hace mucho tiempo, incluso antes de su elección, rezo a santa Rita por la situación actual. He visto en la elección de un Papa agustino un signo de esperanza.

Estoy seguro de que la santa intercederá. Nunca es demasiado tarde.

Le ruego que tenga a bien concedernos su bendición.

Y aprovecho esta ocasión para renovarle la expresión de mi más profunda devoción en el Señor.

Don Davide Pagliarani

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