El Papa en el ángelus: "Dios, al mirar a la gente, ve las heridas de las guerras y el vacío del consumismo"
La misión de los primeros obreros del Evangelio: "Llevar el consuelo de Dios a los que sufren: llevar caridad donde hay miseria, esperanza donde hay aflicción, fe donde hay desconfianza"
En su cátedra de la ventana, León XIV glosa el evangelio del domingo en el que Cristo mira a la muchedumbre y siente compasión por ella y, por eso, le manda "obreros". Porque, "haciéndose nuestro hermano, el Hijo de Dios mira a la gente, mira a la humanidad: ve la opresión que aplasta y la violencia que quita la fuerza. Ve las heridas de las guerras y el vacío del consumismo". Por eso, envía a los "primeros obreros, que son son discípulos convertidos en apóstoles, es decir, en misioneros y predicadores". ¿Su misión? "Llevar el consuelo de Dios a los que sufren: llevar caridad donde hay miseria, esperanza donde hay aflicción, fe donde hay desconfianza".
Discurso del Papa antes del ángelus
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio de hoy (Mt 9,36-10,8) nos ofrece un gran regalo, porque todos los que lo escuchan están incluidos en la mirada de Jesús. Es un relato que manifiesta él interés con el que observa, además de decirnos qué es a lo que Él presta atención. Leemos, en efecto, que Cristo «al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas» (v. 36). Haciéndose nuestro hermano, el Hijo de Dios mira a la gente, mira a la humanidad: ve la opresión que aplasta y la violencia que quita la fuerza. Ve las heridas de las guerras y el vacío del consumismo. Ve rostros reducidos a máscaras, familias rotas por el mal y jóvenes ilusionados por falsos ideales. Jesús ve y ama. Ama y sufre por nosotros, con nosotros: su compasión expresa no sólo cercanía fraterna, sino voluntad de redención.
En efecto, Él conoce nuestro corazón y cuida de él; ante tantas personas que parecen «ovejas que no tienen pastor» (v. 36), Cristo se dedica a todas ellas como buen pastor y, como señor de la mies, envía obreros al campo del mundo (cf. v. 38). ¿Cuál es el trabajo que deben realizar? Llevar el consuelo de Dios a los que sufren: llevar caridad donde hay miseria, esperanza donde hay aflicción, fe donde hay desconfianza.
El Evangelio menciona los nombres de los doce primeros “obreros”; son discípulos convertidos en apóstoles, es decir, en misioneros y predicadores. Entre ellos está Simón llamado Pedro, el primero, y también Judas Iscariote, el último, para recordarnos que se puede seguir a Jesús y traicionarlo, pero el Evangelio sigue siendo palabra viva y verdadera para todos. La Buena Noticia que atraviesa los siglos es idéntica, siempre joven, fresca y liberadora: ¡«Ha llegado el reino de los cielos» (Mt 10,7)! Sí, está cerca porque en Jesucristo Dios se hace prójimo de todo hombre y mujer, de todo pueblo y nación. Cuando este Evangelio es anunciado y practicado, el mal se derrumba como una enfermedad que termina (cf. v. 8), como una noche que le deja paso al alba, como la muerte vencida por el Resucitado.
Así es como la mirada de Jesús transforma la realidad: llena de amor, su iniciativa da vida a un pueblo nuevo, la Iglesia, que está llamada a continuar la misión de los apóstoles: «Gratis habéis recibido, dad gratis» (v. 8). Sí, el don de Jesús es totalmente gratuito, porque su valor excede toda medida: es imposible merecerlo o “comprarlo”. Esta gracia es el bellísimo nombre de la misericordia de Dios, que nos alcanza dondequiera que estemos, para guiarnos hacia Él. «Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies» (Mt 9,38).
Queridos hermanos, la tarea de evangelizar nace del don de Dios que en Cristo se vuelve perdón para el mundo, servicio a los más pequeños y más pobres, compromiso por la justicia. Pidamos el auxilio de la Virgen María, llena de gracia, para que respondamos con gozo y valentía a la misión a la que Jesús nos llama.
