El Papa, en el ángelus, recuerda "la llamada a reorganizar la convivencia, a redistribuir la tierra y los recursos"
Ante los diez mil fieles que se congregaron en la plaza de San Pedro tras la misa de Epifanía, el Papa deseó "serenidad y paz" a las comunidades eclesiales de Oriente, que mañana celebrarán la Navidad según el calendario juliano
"No sabemos qué poseían los magos, venidos de Oriente, pero su viaje, el arriesgarse, sus propios dones nos sugieren que todo, realmente todo lo que somos y poseemos, reclama ser ofrecido a Jesús, tesoro inestimable". En sus palabras antes del rezo del ángelus desde la logia de las Bendicones de la basílica de San Pedro este mediodía, el Papa aludió a los días festivos vividos con motivo de la Navidad, a la solemnidad de la Epifanía, cuya misa había presidido unos instantes y, también, al recién clausurado Jubileo de la Esperanza, que, señaló, "nos ha recordado esta justicia basada en la gratuidad; tiene en sí mismo la llamada a reorganizar la convivencia, a redistribuir la tierra y los recursos, a devolver 'lo que se tiene' y 'lo que se es' a los sueños de Dios, más grandes que los nuestros".
"Arrodillarnos como los magos ante el Niño de Belén significa, también para nosotros, confesar que hemos encontrado la verdadera humanidad, en la que resplandece la gloria de Dios", de tal manera que "la vida divina ahora está a nuestro alcance, se ha manifestado para involucrarnos en su dinamismo liberador que disipa los miedos y nos hace encontrarnos en la paz. Es una posibilidad, una invitación: la comunión no puede ser impuesta, pero, ¿qué más se podría desear?".
A la hora de los saludos ante los alrededor de diez mil fieles que, tras participar en la misa de Epifanía, se congregaron en la plaza en una mañana fría y lluviosa del invierno romano, el Papa recordó que la celebración de la Jornada de la Infancia Misionera y deseó "serenidad y paz" a las comunidades eclesiales de Oriente, "que mañana celebrarán la Santa Navidad según el calendario juliano".
Las palabras del Papa
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este período hemos vivido varios días festivos y la solemnidad de la Epifanía que, ya en su nombre, nos sugiere lo que hace posible la alegría incluso en tiempos difíciles. Como saben, en efecto, la palabra “epifanía” significa “manifestación”, y nuestra alegría nace de un Misterio que ya no se encuentra oculto. La vida de Dios se ha revelado: muchas veces y de diferentes maneras, pero con definitiva claridad en Jesús, de modo que ahora sabemos, a pesar de muchas tribulaciones, que podemos tener esperanza. “Dios salva”: no tiene otras intenciones, no tiene otro nombre. Sólo lo que libera y salva viene de Dios y es epifanía de Dios.
Arrodillarnos como los magos ante el Niño de Belén significa, también para nosotros, confesar que hemos encontrado la verdadera humanidad, en la que resplandece la gloria de Dios. En Jesús ha aparecido la verdadera vida, el hombre viviente, es decir, aquel que no existe para sí mismo, sino abierto y en comunión, lo que nos hace decir: «en la tierra como en el cielo» (Mt 6,10). Sí, la vida divina ahora está a nuestro alcance, se ha manifestado para involucrarnos en su dinamismo liberador que disipa los miedos y nos hace encontrarnos en la paz. Es una posibilidad, una invitación: la comunión no puede ser impuesta, pero, ¿qué más se podría desear?
En el relato evangélico y en nuestros nacimientos, los magos presentan al Niño Jesús unos regalos preciosos: oro, incienso y mirra (cf. Mt 2,11). No parecen cosas útiles para un niño, pero expresan una intención que nos hace reflexionar mucho al llegar al final del Año jubilar. Da mucho quien lo da todo. Recordemos a aquella pobre viuda, observada por Jesús, que había echado en el tesoro del Templo sus últimas monedas, todo lo que tenía (cf. Lc 21,1-4). No sabemos qué poseían los magos, venidos de Oriente, pero su viaje, el arriesgarse, sus propios dones nos sugieren que todo, realmente todo lo que somos y poseemos, reclama ser ofrecido a Jesús, tesoro inestimable. El Jubileo nos ha recordado esta justicia basada en la gratuidad; tiene en sí mismo la llamada a reorganizar la convivencia, a redistribuir la tierra y los recursos, a devolver “lo que se tiene” y “lo que se es” a los sueños de Dios, más grandes que los nuestros.
Queridos hermanos, la esperanza que anunciamos debe tener los pies en la tierra: viene del cielo, pero para generar aquí abajo una historia nueva. En los regalos de los magos vemos, pues, lo que cada uno de nosotros puede poner en común, lo que ya no se puede guardar para sí mismo, sino compartir, para que Jesús crezca entre nosotros. Que crezca su Reino, que se cumplan en nosotros sus palabras, que los extraños y los adversarios se conviertan en hermanos y hermanas, que en lugar de las desigualdades haya equidad, que en vez de la industria de la guerra se afirme la artesanía de la paz. Artesanos de esperanza, caminemos hacia el futuro por otro camino (cf. Mt 2,12).
