La eterna "tentación humana de 'ser Dios': Parolin, en la Gregoriana, sobre los totalitarismos

El Secretario de Estado inauguró la conferencia científica internacional sobre totalitarismos en la Gregoriana, donde, como el Papa, denunció a quienes aún pretenden "controlar el modo de vida y el pensamiento de la humanidad"

El cardenal Pietro Parolin abre la conferencia "La Santa Sede y los sistemas totalitarios en el siglo XX"
El cardenal Pietro Parolin abre la conferencia "La Santa Sede y los sistemas totalitarios en el siglo XX"
29 oct 2026 - 09:55

(Alessandro Di Bussolo/Vatican News).- Si bien los regímenes «totalitarios» históricos, como el nacionalsocialismo, el comunismo y el fascismo, ya pertenecen al pasado, «no ocurre lo mismo con el fenómeno en sí, que surge de la tentación humana de querer “ser como Dios”, controlar la forma de vivir y de pensar de la humanidad e imponerle las propias convicciones ideológicas». Así lo subraya el cardenal secretario de Estado Pietro Parolin en el discurso inaugural con el que, ayer, 28 de octubre, ha dado comienzo, en el Aula Magna de la Pontificia Universidad Gregoriana, el congreso científico internacional titulado: «La Santa Sede frente a los sistemas totalitarios en el siglo XX. Nuevas miradas y perspectivas de investigación». Organizado por la Gregoriana y el Comité Pontificio de Ciencias Históricas, el evento se prolongará hasta hoy, 29 de octubre.

León XIV y la Magnifica humanitas

Los daños provocados por esta tentación humana de «querer ser como Dios», representada por la Torre de Babel bíblica, también los señala el papa León XIV en su encíclica Magnifica humanitas, en la que - recuerda Parolin- , señala que «la libertad y la democracia no viven “solo de normas y procedimientos”», sino que se nutren de «una relación leal con los hechos y de una orientación real hacia el bien de las personas y del cuerpo social», y, por tanto, «de la fidelidad a la verdad».

La Santa Sede desde Pío XI hasta San Juan Pablo II

En su discurso inaugural, el secretario de Estado del Vaticano repasa la postura de la Santa Sede frente a los regímenes totalitarios del siglo XX, durante los pontificados desde Pío XI hasta San Juan Pablo II. Reconstruye el surgimiento de los regímenes totalitarios «que prometían la realización de una utopía social en este mundo», alimentados por el laicismo, que «había excluido a la religión de la esfera pública, ya no respetaba a Dios como centro y máxima autoridad de la Historia, y lo sustituía por el hombre».

El cardenal Parolin (en el centro) con los organizadores y ponentes del coloquio en la Gregoriana
El cardenal Parolin (en el centro) con los organizadores y ponentes del coloquio en la Gregoriana

Los regímenes totalitarios como "religiones políticas"

«Al elevar la clase social, la raza o el Estado al altar en lugar de a Dios», recuerda el cardenal Parolin, estos regímenes «sacralizaron sus propios conceptos ideológicos y dieron vida a religiones políticas, con sus propias “liturgias”, profetas, mártires y normas éticas que disolvían a la persona humana en el colectivo omnicomprensivo». Las ideologías de carácter pseudorreligioso, como el comunismo y el nacionalsocialismo, subraya, «estaban en contradicción insalvable con el cristianismo y desencadenaron, desde el principio, una ola de persecuciones contra la Iglesia católica».

El intento de la «vía de la concertación»

Pío XI, en un intento por proteger a los católicos europeos que vivían bajo esos regímenes, optó en un primer momento por «la vía de la concertación», tanto en la Unión Soviética como con la Italia fascista (los Pactos de Letrán) y con la Alemania nazi (el Concordato). Solo con Italia se mantuvo la relación, pero se trataba, en cualquier caso, de relaciones frágiles con socios «sometidos a ideologías enemigas del cristianismo». Así pues, en marzo de 1937, Pío XI publicó tres cartas encíclicas «que condenaban el nacionalsocialismo, el comunismo y el régimen liberal-socialista anticatólico de México». Según Parolin, el Pontífice expresó claramente «que todas estas desviaciones heréticas derivaban del mismo materialismo que, al negar a Dios, pretendía traer al mundo una nueva salvación a través de medios humanos revolucionarios».

En marzo de 1937, Pío XI publicó tres cartas encíclicas «que condenaban el nacionalsocialismo, el comunismo y el régimen liberal-socialista anticatólico de México

Pío XII y la Summi Pontificatus

Su sucesor, Pío XII, mantuvo esta perspectiva fundamental y, en su primera encíclica, Summi Pontificatus, al estallar la Segunda Guerra Mundial, denunció que la raíz última del conflicto residía «en el alejamiento de la sociedad de la doctrina de Cristo, que en su día había dado cohesión espiritual a Europa, en el olvido de la ley natural y en el rechazo de una norma de moralidad universal» . Y que solo el retorno a Dios «y al orden basado en los valores cristianos» podía devolver a la humanidad a la verdadera paz basada en la justicia y la equidad.

Pacelli y la visión programática para la posguerra

Tras el fracaso de los intentos de mediación de paz entre las partes beligerantes, el papa Pio XII, recuerda Parolin, puso en marcha «una diplomacia caritativa sin precedentes», en ayuda de los perseguidos y los necesitados «de todas las categorías», y elaboró «una visión programática para la posguerra, que habría garantizado una paz justa y duradera anclada en la inspiración cristiana y basada en la solidaridad internacional y en el respeto a la dignidad y los derechos naturales de los hombres y las naciones, incluidas las pequeñas y las vencidas». Condenó los crímenes atrozes del conflicto, pero de tal manera «que no desencadenaran persecuciones aún mayores».

El intento fallido de llegar a un acuerdo con las "democracias populares"

El firme anticomunismo de Pío XII, subraya el secretario de Estado, no le impidió, una vez concluido el conflicto, buscar un acuerdo con las «democracias populares» para aliviar el sufrimiento de los católicos perseguidos. Intentó negociar con Checoslovaquia, Hungría y Polonia, pero fueron los regímenes comunistas los que interrumpieron todo diálogo, incluso con la condena del cardenal József Mindszenty en Hungría y el lanzamiento de la «Acción Católica» cismática en Checoslovaquia. Esto condujo a los decretos de excomunión entre 1949 y 1951, con los que se condenaba cualquier colaboración con la ideología comunista, expresando, no obstante, solidaridad espiritual y concreta con la «Iglesia del Silencio».

La época del diálogo, de San Juan XXIII a San Pablo VI

Posteriormente, el cardenal Parolin aclara que «la novedad del “diálogo” con los países de Europa del Este en el rígido clima de la Guerra Fría representó, sin duda, uno de los aspectos más complejos de la acción diplomática de la Santa Sede durante los pontificados de Juan XXIII y Pablo VI». Ambos, pero sobre todo el Papa Montini, buscaron la vía del diálogo y la distensión «con el objetivo prioritario de garantizar a la Iglesia católica, presente en esa parte de Europa, mayores espacios de vida y de actuación», conscientes de que los regímenes políticos comunistas perdurarían durante mucho tiempo. Y la Iglesia católica habría podido desempeñar un papel de «fuerza moral» autónoma e independiente de la lógica de los bloques.

La Ostpolitik vaticana y la distensión internacional

Es lo que se ha definido como «la Ostpolitik vaticana», cuyo objetivo prioritario «era ante todo religioso y no político, aunque su consecución debía perseguirse con los instrumentos tradicionales de la política y la diplomacia». Gran artífice de este diálogo fue el cardenal Agostino Casaroli, ante el dilema de «resistir o negociar». Pablo VI, en 1965 —recuerda el secretario de Estado—, dijo que «la Santa Sede se abstiene de alzar con mayor frecuencia y vehemencia la voz legítima de protesta y deploración» en defensa de la Iglesia que sufre «en los países con regímenes ateos y totalitarios», «para no provocar males peores». La política oriental de la Santa Sede, según Parolin, «habría contribuido de manera notable a la distensión a nivel internacional». Y a pesar del éxito limitado, «esa decisión fue acertada, según el juicio unánime de la historiografía».

Mijaíl Gorvachov y Juan Pablo II
Mijaíl Gorvachov y Juan Pablo II

Juan Pablo II y la caída del muro

Por último, Juan Pablo II, el Papa de la «caída del muro», que no suspendió las negociaciones con Europa del Este, sino que «convencido de la debilidad de los regímenes comunistas», centró sus energías «en la movilización de las conciencias cristianas, en el fortalecimiento de la identidad histórica y cultural de los pueblos europeos, anclada en el cristianismo, y en la renovación de la unidad del continente, que debía volver a respirar con ambos pulmones». El objetivo no era únicamente la caída del comunismo, «sino más bien la recristianización de los pueblos europeos». Esta esperanza suya, concluye el secretario de Estado, «se vio, sin embargo, frustrada».

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