Mensaje de la presidencia de la Vida Religiosa española para la Navidad 2023 El deseo navideño de CONFER: "Frente a la violencia sistemática de algunos, la paz evangélica que reconcilia y restaura"

La felicitación de la Confer para la Navidad 2023
La felicitación de la Confer para la Navidad 2023

El presidente de la CONFER, Jesús Días Sariego, OP y la vicepresidenta Lourdes Perramon, OSR han publicado el tradicional texto de felicitación de la Navidad 2023 para todo el pueblo de Dios

"No podemos acallar nuestro grito profético. Pero queremos hacerlo desde la sabiduría en la que nos educan los diferentes carismas. En ellos hay una fuerza humana y espiritual irrevocable. Frente a la violencia sistemática de algunos, la paz evangélica que reconcilia y restaura"

"No huimos del mundo y de sus problemas y dificultades. Discernimos sus principales desafíos. Los hacemos nuestros. Queremos amarlo como Dios lo ama. Pero también deseamos que sea bastante mejor. Queremos bendecirlo, procurando sus cambios y transformaciones hacia algo nuevo. El Evangelio de la encarnación será nuestro guía"

(CONFER).- El presidente de la CONFER, Jesús Días Sariego, OP y la vicepresidenta Lourdes Perramon, OSR han publicado el tradicional texto de felicitación de la Navidad 2023 para todo el pueblo de Dios.

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Queridas hermanas y hermanos        

Después de haber celebrado con intensidad el tiempo litúrgico del Adviento, nos disponemos a conmemorar el nacimiento del Hijo de Dios en Belén de Judá. El misterio de la Navidad integra la condición humana y, especialmente, su fragilidad y pobreza. La Encarnación de Dios nos envuelve y abraza en nuestra humanidad. Su nacimiento, tan humilde y al mismo tiempo cercano y profundo, nos invade por dentro. La mente y el corazón quedan prendidos por el Amor de un Dios que se abaja para mirarnos y querernos desde nuestra propia realidad: «La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14). Una experiencia de fe que nos bendice sobremanera.         

En esta Navidad proponemos una breve reflexión orante, a modo de felicitación, sobre esta confesión de fe y sus implicaciones en la orientación de nuestras vidas, todas ellas al amparo de los diversos carismas de vida religiosa que hemos profesado. Nuestros carismas, nos ayudan a vivir en propia carne el misterio navideño que nos envuelve. Si Dios se hizo carne y acampó entre nosotros nos está dando a entender que no somos ajenos a su bondad. Nuestro presente y futuro le importan y nuestras heridas son las suyas. La “tienda donde acampa” es nuestra casa, la vida cotidiana, las preocupaciones y zozobras. También las alegrías y esperanzas.        

Un mundo mejor para todos

Su tienda, además, es la Palabra que nos configura. Muchas veces a la intemperie, sin la protección humana que hubiéramos deseado. Con la incertidumbre propia de nuestro tiempo. Pero también con la apertura al horizonte que, desde la tierra que pisamos, podemos desvelar. Enraizados en nuestro frágil barro soñamos con un mundo mejor para todos. ¿Acaso no es éste el sueño de la Navidad? ¿Acaso, de una manera o de otra, no lo plasmamos en las felicitaciones navideñas de estos días? Ha arraigado en nuestra conciencia, alentada por la fe en la encarnación de Dios que celebramos, la experiencia de un Dios que al hacerse hombre nos colma de posibilidades. Su gracia siempre nos hace mejores.        

"Asumimos la realidad. El momento histórico concreto que nos ha tocado vivir y en el que estamos llamados a crecer y madurar como consagrados. No huimos del mundo y de sus problemas y dificultades. Discernimos sus principales desafíos. Los hacemos nuestros"

Asumimos la realidad. El momento histórico concreto que nos ha tocado vivir y en el que estamos llamados a crecer y madurar como consagrados. No huimos del mundo y de sus problemas y dificultades. Discernimos sus principales desafíos. Los hacemos nuestros. Queremos amarlo como Dios lo ama. Pero también deseamos que sea bastante mejor. Queremos bendecirlo, procurando sus cambios y transformaciones hacia algo nuevo. El Evangelio de la encarnación será nuestro guía. En este compromiso nos jugamos la alegría evangélica de poner más la confianza en Dios que en las propias fuerzas.        

La urgencia de la paz y la reconciliación

A lo largo del Adviento los profetas nos han advertido y recordado la imperiosa urgencia de la paz y de la reconciliación. En nuestro contexto, próximo o lejano, nuestros semejantes se abaten, persiguen y matan. Parece como si la fuerza bruta del más fuerte quisiera imponerse a costa de los demás cometiendo, por ello, daños irreparables a sus semejantes. Una derrota de la humanidad. Un fracaso de la bondadosa inteligencia del hombre para el bien. Somos testigos de la realidad sufriente de nuestros propios hermanos y hermanas, atrapados en guerras sin sentido que claman a Dios. No podemos acallar nuestro grito profético. Pero queremos hacerlo desde la sabiduría en la que nos educan los diferentes carismas. En ellos hay una fuerza humana y espiritual irrevocable. Frente a la violencia sistemática de algunos, la paz evangélica que reconcilia y restaura. No es una falsa convicción. Es la fortaleza interior que tenemos para recordar al mundo que nuestro testimonio, por insignificante que parezca, puede fermentar la masa. Es una cuestión de tiempo, de paciencia activa, de convicción profunda, de compromiso orante; pero también de lucha constante, de reflexión exhaustiva y rigurosa, de encuentros incansables, de diálogos buscando la paz hasta la extenuación. La paz se construye educando conciencias, pero también roturando la tierra en la que se despiertan los conflictos.        

El dominico Díaz Sariego, presidente de Confer
El dominico Díaz Sariego, presidente de Confer

La humanidad sigue incapaz de afrontar la situación generada por los cientos y cientos de migrantes venidos a nuestras costas y puertos. No dejamos de ser unos “privilegiados”, hemos de reconocerlo. Somos testigos de esta realidad desde la otra ladera, aquella donde nos ha situado el lugar geográfico en el que hemos nacido. No obstante, también somos capaces de convertir ese “privilegio” en acogida y acompañamiento de tantos y tantos rostros humanos migrados, desgarrados, explotados y engañados. Ahí la Vida Religiosa está bien presente. No miramos para otro lado. Nos hacemos eco de ellos. Entre los migrantes la Palabra de Dios tiene su carne, ya que entre ellos también ha acampado. Esta experiencia humana, profundamente humana y por ello también divina, nos convierte y hace mejores al curar heridas, al reclamar derechos y protección, al aportar vida digna y recursos.        

No podemos -no debemos- olvidar a tantas y tantas mujeres maltratadas física y psicológicamente. Muchas humilladas, tratadas como mercancía, sometidas a la vejación de sus cuerpos, obligadas a una prostitución no deseada, engañadas y manipuladas. Algunas –demasiadas- asesinadas. La celebración de la Navidad nos recuerda que Dios ha nacido también en sus corazones. Quizás no lo sepan, no lo sientan. ¡El dolor es demasiado fuerte! Pero en nuestro compromiso y en nuestra mirada limpia y confiada hacia ellas, pueden descubrirlo y sentirlo. Sus cuerpos también forman parte del proyecto de Dios en su Palabra hecha carne.        

"Queremos renovar nuestro empeño por evitar, corregir, enmendar y erradicar todo tipo de abuso. Al mismo tiempo que hacemos un espacio especial de acogida a las víctimas, en el centro de nuestras vida y compromisos"

En esta Navidad no podemos olvidar tampoco a las niñas y niños, adolescentes, jóvenes y adultos vulnerables, que han sido y siguen siendo víctimas de abusos de todo tipo. Algunas víctimas lo son por la aberración de algunos miembros de la propia Iglesia, para mayor escándalo de todos. Si Dios acampa entre nosotros, los menores y vulnerables han de ser nuestros preferidos. Son los predilectos de Jesús. Queremos renovar nuestro empeño por evitar, corregir, enmendar y erradicar todo tipo de abuso. Al mismo tiempo que hacemos un espacio especial de acogida a las víctimas, en el centro de nuestras vida y compromisos.

Presentes en la vida

Las Congregaciones religiosas, porque Dios se ha hecho carne y acampó entre nosotros, también acarician las heridas humanas y acompañan el crecimiento de las personas, desde la infancia hasta la vejez. Estamos presentes en su vida, a través de los proyectos de misión, cuidando su salud, velando por su educación y una formación humana de calidad, ofreciendo acogida integral, solidarizándonos con las luchas y defensa de derechos, acompañando los momentos claves y los de deterioro, compartiendo búsquedas y celebrando la fe… Estamos, en definitiva, avivando todo aliento de vida aún por nacer o fructificar.        

Vaya nuestro reconocimiento a tantas religiosas y religiosos que han sido y son testimonio vivo de este Amor humanado, solidario y compasivo. Que, al proclamar un año más el Evangelio de Juan, agradezcamos la Palabra que se sigue haciendo carne en toda persona, la dejemos acampar en nuestros corazones y le ofrezcamos apertura y cobijo en cada hermano y hermana.

¡Feliz Navidad!

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