Tocados por el Amor, entregados a Él Testimonios: La vida consagrada, parábola de fraternidad en un mundo herido

Vida consagrada
Vida consagrada

Hoy, 2 de febrero, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada

La historia de la vida consagrada se cuenta por sus siglos, sus personas y sus frutos: desde su nacimiento hasta hoy, el suyo es un caudal ininterrumpido de vida y esperanza para el mund

Siete testimonios elazados por un sentimiento común, la entrega al amor en medio de un mundo herido. La ilusión de ser modelo de fraternidad y ejemplo, la esperanza de convertirse en semillas

Vida religiosa

José María Rodríguez Olaizola, sj

El mundo sangra por muchas heridas. Sin duda. La falta de encuentro, pese a que nunca hemos estado más comunicados. La polarización que se da en todos los ámbitos de la vida pública, de manera que deja a infinidad de per-sonas en las tierras de nadie de la política, de la cultura, de la economía o de la religión. La desigualdad creciente, potenciada por una globalización que beneficia más a quienes tienen el control de barreras y fronteras. La soledad, herida incrustada en el alma de muchas personas. La tristeza, que unas veces viene unida a la falta de oportunidades y otras veces a la falta de motivos. La pérdida del sentido trascendente de la existencia, en sociedades que han elegido negar a Dios. Y, junto a ello, la pérdida de profundidad de un presente que ha olvidado su historia. La injusticia que nace del egoísmo de quienes uti-lizan a los otros como peones en sus partidas. La creación misma está herida, en dinámicas que amenazan el futuro por vía de esquilmación y abuso de los recursos que deberíamos cuidar.

En medio de todo eso, la invitación a la fraternidad universal que acaba de hacer el papa Francisco en Fratelli tutti se convierte en la ruta trazada en un mapa. La fraternidad es una manera de relacionarse. Es comprender que hay algo que nos une a todos, por encima de diferencias y de muros. Es aspirar a una lógica que ayude a sanar las heridas. Y es también la consecuencia de sentirnos hijos de un mismo Dios. La fraternidad es una apuesta por bajar las barreras y abrirnos las puertas. Por conjugar el «nosotros» por encima del «yo». Por compartir más que acaparar.

En ese horizonte y en esa ruta, la vida consagrada aparece como un modelo de lo que la fraternidad puede ser. Y como una forma -no la única, pero sí una posible- de ayudar a sanar algunas de esas heridas que asolan el mundo. En un mundo que hace de la acumulación el trampolín hacia la inequidad y la exclusión, el voto de pobreza apunta a la libertad de no convertir la ambición en motor de la vida y las relaciones.

En un mundo de amores extraños, soledades indeseadas y vínculos frágiles, el voto de castidad se convierte en promesa de comunidad, una forma de amar, la amistad puesta en el centro de la vida, y el camino hacia una fecundidad diferente.

En un mundo de competitividad desatada, de muchos proyectos autosuficientes y de demasiadas vidas sin horizonte, el voto de obediencia apunta a una misión compartida, a un objetivo en el que se cree y que le da sentido a la vida, y a poner los propios talentos al servicio del reino; sabiendo que ninguno de nosotros vale para todo, pero todos valemos para algo, y cuando somos muchos los que su-mamos talentos, la posibilidad de sembrar es mayor.

Nuestra promesa de un «para siempre» es una declaración de confianza, un salto al vacío en el que la fe es nuestra fortaleza, y una apuesta por el mañana en sociedades demasiado esclavas del instante presente. Nuestra propia fragilidad es la respuesta a la exigencia contemporánea de perfecciones imposibles. Lo más débil y necio de este mundo lo sigue llamando Dios para formar parte de estas familias que ha ido formando.

Vida contemplativa

Sor María Begoña Sancho, vsm. Monasterio de la Visitación, Burgos

Las contemplativas nos podemos ver reflejadas en la parábola del buen samaritano, justo en el momento en que este extranjero dejó al herido y se marchó. Un día también nosotras dejamos este mundo herido y nos ocultamos en un claustro, pero no abandonamos a nuestros hermanos los hombres, porque, a través de la oración, presentamos al Señor el sufrimiento de la humanidad y le enviamos esas pequeñas limosnas de oración y sacrificio, pidiendo que los ayude.

«En el monasterio, a veces, soy yo la herida, el pecado me ha apaleado y me encuentro mal, he dicho palabras poco amables, me he quejado, he murmurado…». ¡Qué delicadeza la de mis hermanas para comprenderme, para ayudarme a sanar!

Otro día me tocará a mí hacerlo con ellas; con qué cuidado procuro vendarles las heridas, ocultarlas y disimular para que los demás no las vean, para evitar críticas; poner aceite de suavidad y vino de amor; disimular para que, después de la caída, no se sienta humillada, y pueda ir con el Mesonero divino para que la sane, mientras nos retiramos en silencio para seguir rezando por ella, seguras de que Él la va a cuidar mejor. Así, como el buen samaritano, llevamos las unas las cargas de las otras, ¡sabiendo que es a Jesús a quien se lo hacemos!

Estas son nuestras actitudes dentro del monasterio; sin ellas nuestra oración por el mundo herido sería ineficaz.

Institutos seculares: «Cantad al Señor un cántico nuevo…»

M.ª del Carmen Fernández Castillo

Instituto Secular “Auxiliares de Jesús Maestro Divino”

Así comencé mi primer día de formación en el Instituto Secular “Auxiliares de Jesús, Maestro Divino” y, hasta ahora, todos los días le canto con mucha dulzura un cántico nuevo con arpa de diez cuerdas para agradecerle que me ha llamado por mi nombre y elegido para hacer presente a Dios, como parábola de alegría y fraternidad, en su mundo que es el mío también, herido por el dolor y la prueba.

Soy suya. Estoy plenamente enamorada de Cristo y dispuesta a seguirle toda mi vida, la que me dé y a la que a Él me entrego, por ello, soy feliz y vivo con alegría en mi Instituto y con la acogida y apoyo de mis hermanas, los días de sol intenso, los que son nublados, los lluviosos, los que casi no se ve… Pero Dios es mi luz y mi Todo, me agarro con fuerza a Él y me sostiene en sus brazos.

Me alimenta con la oración. Me transforma cuando le adoro y le miro en la Custodia, cierro los ojos y… me pierdo… ¿Hasta dónde, Señor?

Me ama y le amo.

Orden de vírgenes: «Quiero seguir siendo, aunque solo sea una pizquita, amor de Jesús para el que sufre»

Ana M.ª Mesa Pérez, OVC

Diócesis de Cádiz y Ceuta

Recién ordenando mi vida en esta etapa —que pienso posiblemente sea la última—, me hago consciente de cómo Dios se hizo conmigo y cómo que consiguió girar 360 grados mi forma de ser, de pensar, de hacer… Desde que vine al mundo hasta el momento, a base de hacerme poco a poco aprender, a veces suavemente y otras a empujones.

Siempre fui una privilegiada y, como caracteriza mi impaciencia, nací bastante antes de tiempo y con tan poquísimo peso que mi madre, nada más nacer, prometió consagrarme a Él si me mantenía con vida…; y así fue.

Soy la primera de cuatro hijos de humildes trabajadores, y desde que tengo recuerdo y soy consciente de mi existencia hablaba mucho con Él. No era ningún amigo invisible. Era algo y no yo, que diferenciaba distinto de mí y que me hablaba y daba respuestas a todas mis preguntas, interrogantes e inquietudes. Tanto mamá como mi profesora me decían que Dios me veía y sabía todo de mí y, como hermana mayor, debía dar ejemplo a los otros que me seguían y tenía alrededor. Aún recuerdo los compromisos personales al hacer la primera comunión, y a medida que iba creciendo y viéndole en los que me rodeaban. Siempre quise ser lo más, la mejor, llegar a lo más alto. Porque quería estar a Su altura, me encelaba de los santos. Claro, que nunca llegaba… Y Él siempre escuchaba mis versiones de los hechos ocurridos, mis desastres, meteduras de pata. Siempre fui consciente de su Presencia, de que lo sabía todo de mí; y sobre todo, de Su protección. ¡Pobre de mí! Nunca me sentí sola. Él lo llenaba todo. Cuando iba conociéndolo a base de lo que mis padres, familia y profeso-ra me decían, me preguntaba: ¿cómo será Su rostro? Crecía así, salvando todo tipo de obstáculos, aunque me aterraba el sufrimiento. Nunca entendí por qué para vivir hay que morir. Mi Jesús en la cruz no lo terminaba de entender y menos de aceptar.

Monjas

Mi curiosidad me llevo a estudiar Ciencias Puras y Biología, y también Teología. Aprendí que al Señor se le conoce estudiando, sí, pero a la vez orando. Él instruye y te muestra alrededor su gran Amor, y muchas veces a través del sufrimiento. En mi juventud, loca de amor por Él, quise gritarle al mundo todo lo que Él nos quiere; y en medio de mi vehemente locura, me acerqué a Él en el otro, y desde ahí Él me habló a través del sufrimiento del encarcelado; en la viuda sin trabajo y con once hijos; en el traficante muerto de un cañonazo en la garganta y en los hermanos pequeños comidos de sarna y varicela tumbados en la arena porque así “no quemaba tanto la fiebre”; en la joven que venía a casa sin sacarse el “por nacer” y no entraba… Comprendí que tanta injusticia, tanto dolor, tanto sufrimiento, tanto horror son motivados por la libertad mal usada de los humanos, quebrantadora de la naturaleza entre los hombres y de todo cuento Dios puso en sus manos. Y a través de esos rostros el Señor me hizo ver la grandeza de ese Amor sin límites que brinda a todo ser humano. Y, mirando al otro, quise ser una pizquita de amor de Él para el que sufre; y desde entonces lo hago.

Soy virgen consagrada, una privilegiada como tantas otras, como yo, pertenecientes al Ordo virginum, en nuestras Iglesias particulares. Sin ser especial, me eligió Jesucristo para ser su discípula y, por su gran misericordia, me sigue enseñando y ayudando a vivir de Él y para Él la vida de austeridad, de sacrificio, de oración continúa ante el sagrario, con su Palabra y sacramentos; a la vez que infundiéndome su Amor y haciéndome cada vez más suya siguiéndole a donde quiera que Él esté, para volcarse en Amor hacia los otros a través de mí, como testigo de su cercanía evangélica en este mundo perdido, dolido, destrozado.

ÉL lo llena todo

Nuevas Formas de Vida Consagrada

Inmaculada Gómez

La Obra de la Iglesia

Frente al agobiante acoso de información negativa y pesimista que tiene encogido el corazón y la mente de gran parte de nuestra sociedad, dejemos resonar en nosotros la Palabra de Dios, siempre viva y eficaz que nos invita a la serenidad, a la paz y a la confianza en Él.

«Vuestra salvación está en convertiros y en tener calma, vuestra fuerza está en confiar y estar tranquilos» (Is 30, 15).

Pero es necesario que esta serenidad y esta paz sea testimoniada, sobre todo por quienes han sido llamados por Jesús para configurarse con Él hasta poder decir con el Apóstol: «Nosotros tenemos la mente de Cristo» (1 Cor 2, 16).

Y es que solo contemplando desde la luz de Dios el mundo proyectaremos esa luz y seremos verdaderamente «luz del mundo» (Mt 5, 14), y solo así po-dremos sanar las heridas de un mundo enfermo, ante todo por el pecado, y sembrar la saludable alegría cristiana que brota del amor a Dios.

«Cuando encontré a Dios, llené todo el vacío que, en su ausencia, tenía mi corazón, y mi tristeza se me convirtió en gozo» (Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia). Alegría cristiana que ha de estar en el centro de la vida consa-grada para «dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desga-rrados» (Is 61, 1).

«¡Alegraos siempre en el Señor!» (Flp 4, 4).

Nuestros hermanos y hermanas jóvenes

Bea Santos, aci

Juniora Esclavas del S.C.

Entregar mi vida a Dios en el día a día me hace descubrir continuamente un nuevo Amor, capaz de unir el “mundo herido” con “la fraternidad”, el mismo Amor que une la muerte y la vida. Esta es la clave que sostiene mi vida como consagrada, junto a la de muchas hermanas: el seguimiento a Jesús resucitado, que da vida a lo que parece muerto.

Adorar al Señor cada día y, desde Él, contemplar este mundo herido en el que vivimos, me va enseñando el modo de ser transparencia. Suya en la realidad don-de soy enviada: yendo al encuentro, viviendo expuesta y disponible, escuchando, ofreciendo oportunidad, perdonando, acogiendo… Siendo así instrumento de Su amor, de reparación, en otras vidas. Este seguimiento no me hace vivir exenta de dificultades, pero sí soy llamada a vivirlas con sentido y esperanza.

Mirar a Jesús, a todo lo que habita en Su Corazón, hace que sea consciente de que también el dolor está unido al amor, como la vida está unida a la muerte. Por lo que amar al prójimo me lleva a sufrir cuando le veo sufrir y a desear ocuparme de él como Jesús se ocupó de cada enfermo o marginado. Ojalá que nuestra vida en comunidad y nuestra misión en el mundo, con cada persona, sea parábola de la vida de Jesús, por acercar a cada persona a Él, a Su amor, simplemente haciendo el bien, entregando los dones recibidos.

Fray Ángel Abarca Alonso, OSB

Monje benedictino (en formación)

Monasterio de Silos

De pequeño quería ser un superhéroe. Llevar una vida fascinante llena de aventuras sin miedo a entregar la vida. Conquistar mundos inalcanzables y soñar con metas inimaginables. Han pasado algunos años, y todavía hoy quiero serlo. Sé que no tengo capacidades extraordinarias, pero sueño con dar mi vida por amor, sin guardarme nada.

Quiero ser un héroe del alma grande. Del corazón inmenso. Vivir anclado en Dios. Pero no camino solo. Un día cosí mi querer al de otros hombres a los que Dios suscitó el mismo deseo. Y juntos gritamos a Dios para que nos escuche. Y gritamos al hombre para que le busque. Soñamos con un mundo más humano a nuestro alrededor. Con un mundo más de Dios. Con levantar puentes en medio de vidas rotas y construir caminos de paz mientras el mun-do viaja a la deriva perdido en mil batallas. Con dejar que Dios se abra paso en los límites de nuestra carne y que toque el mundo a través de nuestras manos. Y de nuestras voces.

Héroes cotidianos que no pierden la esperanza. Que la siembran en cada desierto que encuentran. Héroes que aman con ternura. Que aman consolando. Héroes que sueñan con devolver la alegría a los rostros llenos de amargu-ra. Con levantar a hombres caídos. Con hacer del corazón un hogar en el que otros echen raíces. Un lugar donde resuenen voces, nombres e historias. Las de aquellos que Dios nos ha confiado. Monjes de barro y cielo en medio de un mundo herido. Siempre en silencio. Siempre a la escucha.

FRay Ángel, en el coro
FRay Ángel, en el coro

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