"Ser simplemente rocío": Ángel Becerril, una vida entregada a la misión
Hay vidas que se entienden mejor a través de los lugares por los que han pasado y de las personas que han encontrado. Como la de Ángel Becerril, más de 60 años como misionero en Zimbabue y Tailandia. Hoy publica 'El arco que se encorva'
Hay vidas que se entienden mejor a través de los lugares por los que han pasado y, sobre todo, de las personas que han encontrado. La de Ángel Becerril es una de ellas. Nació en Cozuelos de Ojeda en 1938 y hace más de seis décadas que dejó su tierra para convertirse en misionero. Primero fue Zimbabue. Después, Tailandia. Dos países, dos culturas y miles de historias compartidas.
Hoy, de vuelta en Palencia y ya instalado en la Casa Sacerdotal, D. Ángel dice estar bien. «Estoy contento en la residencia aquí», responde cuando se le pregunta cómo se encuentra. Y ante una pregunta todavía más sencilla -«¿Está feliz?»- contesta sin darle más vueltas: «Sí». Son respuestas breves, casi domésticas, que quizá digan tanto de él como cualquiera de sus escritos.
Sesenta años dan para mucho. Dan para aprender lenguas, acostumbrarse a otros paisajes y descubrir maneras diferentes de celebrar, de relacionarse y de entender la fe. Pero, cuando se le pregunta qué se lleva de todo ese tiempo, D. Ángel no comienza hablando de grandes acontecimientos. Habla de la gente y de la lengua. «Zimbabue me ha marcado mucho porque estudié la lengua y me pude comunicar con la gente con mucha facilidad», explica. En Tailandia, reconoce, «ya no es tan fácil porque la lengua era muy difícil y era otra lengua, claro».
Hay algo revelador en esa respuesta. Después de tantos años, una de las cosas que más pesan en el recuerdo es poder hablar con el otro y ser capaz de entenderse. Quizá por eso, cuando se le pregunta cómo fue recibido en los dos países, vuelve a las personas: «Me he sentido muy acogido por los de Zimbabue y por los de Tailandia. Tanto unos como otros me han recibido muy bien». Y esa acogida parece haber sido también una forma de aprender.
En 2018, Becerril escribió un texto titulado Me toca ser simplemente rocío. En él hablaba de tres misioneros que, en realidad, eran tres maneras de mirarse a sí mismo. Está el misionero que soñó ser, aquel que los demás creen que es y, finalmente, «el tercer misionero», que es «el que yo soy».
La distinción tiene algo de confesión personal. El primer Ángel es el de los sueños de juventud, nacido de aquella imagen del misionero que recorría los seminarios despertando ilusiones. Después llegó África y con ella la experiencia real, las comunidades que crecían y las muchas actividades que acompañaron aquellos años.
Pero Tailandia le enseñó otra forma de estar. Si África fue para él el tiempo de la «lluvia», Tailandia se convirtió en el tiempo del «rocío». «Quizá sea esta la palabra que puede describir al misionero que ahora soy: rocío», escribe. Y añade una frase que parece resumir toda una manera de entender el servicio: «A mí me toca ahora ser simplemente rocío».
Antiguamente el misionero llevaba su maleta llena de respuestas. Hoy, en cambio, lleva consigo «una espesa nube de preguntas y de incógnitas
El rocío no hace ruido. No llega con estrépito ni transforma el paisaje de un día para otro. Se deposita sobre las hojas cada mañana, casi sin que nadie lo perciba. «Sin ruido se hace presente cada día desde antes de la aurora», escribe D. Ángel.
Es una imagen muy distinta de la del misionero que llega con grandes planes. Y resulta especialmente significativa cuando se conoce la reflexión que escribió ese mismo año sobre «la nube del “no saber”». Allí reconocía que «la incertidumbre nos acompaña en todos nuestros pasos» y que el misionero de hoy vive rodeado de preguntas para las que no siempre tiene una respuesta.
«Antiguamente el misionero llevaba su maleta llena de respuestas», explicaba. Hoy, en cambio, lleva consigo «una espesa nube de preguntas y de incógnitas». Por eso, más que responder a todo, su tarea puede consistir en «acertar a formular las preguntas adecuadas».
Quizá entre la nube y el rocío se encuentre una buena manera de comprender a Ángel Becerril. Una imagen habla de aquello que no sabemos; la otra, de aquello que podemos hacer mientras tanto. Una invita a aceptar la incertidumbre. La otra, a estar cerca. En ambas hay una misma actitud: no ocupar todo el espacio, no pretender tener siempre la última palabra, sino permanecer junto a las personas.
La flor que languidece rebrota con el rocío, se refresca, cobra vida y belleza. Ahí tengo yo una tarea que cumplir: ser rocío que reconforta
Él mismo explica qué significa ese «rocío» cuando piensa en quienes ha encontrado en Tailandia: jóvenes que ven truncada su educación, parejas que atraviesan dificultades, ancianos que viven en soledad. «La flor que languidece rebrota con el rocío, se refresca, cobra vida y belleza. Ahí tengo yo una tarea que cumplir: ser rocío que reconforta».
Esa palabra -reconfortar- ayuda también a entender lo que Ángel dice hoy que quiso transmitir durante sus años en África y Asia. No habla de grandes programas ni de proyectos. «He querido transmitir lo que somos, que somos hermanos todos. Todos hermanos y hermanos y en una familia formando esta familia de Dios».
Una respuesta sencilla para resumir una vida tan larga. Y quizá también una respuesta que explica por qué la relación con las personas ocupa un lugar tan importante en sus recuerdos. En Zimbabue pudo aprender la lengua y comunicarse con mayor facilidad. En Tailandia tuvo que enfrentarse a una lengua mucho más difícil. Pero en ambos lugares dice haberse sentido acogido.
Su manera de acercarse a otras culturas también aparece en sus escritos. En Tailandia descubrió afinidades entre la espiritualidad cristiana y la tradición budista y habló de la posibilidad de tender «un puente entre la espiritualidad cristiana y la del budismo de estas tierras asiáticas». No parece casual que esa palabra -puente- aparezca junto a otra que define tan bien su experiencia: encuentro.
Porque para Becerril vivir en otro país nunca parece haber consistido simplemente en trasladarse de un lugar a otro. Ha supuesto aprender a mirar de nuevo. Aceptar que las certezas con las que uno llega no siempre sirven allí. Y reconocer, incluso después de muchos años, que todavía quedan cosas por descubrir.
En La nube del “no saber” lo expresa con una sinceridad poco habitual: «No ver no quiere decir ignorar». Para él, no tener todas las respuestas no equivale a estar perdido. La propia incertidumbre puede formar parte de la fe. «La nube del “no saber” en mi vida de misionero es un signo de la presencia de Dios a quien no veo», escribe.
Por eso cobra sentido otra de sus frases: «Caminamos en fe y no en visión». Después de sesenta años, no suena a una frase aprendida en un libro. Suena a una experiencia.
Ahora, buena parte de esa experiencia está reunida en El arco que se encorva, un libro formado por 50 relatos breves. Son historias que permiten acercarse al hombre que hay detrás del misionero: sus recuerdos, sus preguntas, sus encuentros y también las pequeñas escenas que, con el paso de los años, terminan diciendo mucho.
Entre esas imágenes está la del botijo de su infancia en Cozuelos de Ojeda. Años después, Becerril se veía a sí mismo como aquel recipiente de barro que camina de un lugar a otro: «A mis setenta y dos años soy como ese botijo de arcilla rojiza caminando de barrio en barrio, de una parte a otra de la aldea mundial».
El niño que llevaba agua desde la fuente y el sacerdote que recorrió barrios y aldeas al otro lado del mundo terminan encontrándose en esa imagen. También lo hacen el África de la «lluvia» y el Tailandia del «rocío». Dos etapas distintas, dos maneras de estar junto a otros, una misma vida.
Y quizá haya algo más en esa imagen del rocío. No solo habla de los demás. También habla de él mismo. Porque Becerril reconoce que, cuando su propia «flor» se marchita, necesita acudir a quien es «el verdadero rocío» que puede devolverle la vida. Incluso quien ha dedicado tantos años a reconfortar a otros necesita, de vez en cuando, ser reconfortado.
A sus años, Ángel mira hacia atrás sin grandes discursos. Dice estar contento. Recuerda con especial cariño Zimbabue porque allí pudo comunicarse con la gente. Reconoce que Tailandia fue más difícil. Y, cuando se le pregunta qué podríamos aprender en Europa de quienes conoció allí, vuelve a fijarse en algo muy concreto: la alegría.
«Ellos celebran mucho, son muy festivos», dice. Y cree que nosotros podríamos aprender «esa frescura que da la fe cristiana cuando se comienza a ser cristianos».
Tal vez sea ese uno de los regalos que Ángel se trae de vuelta. Después de tantos años, después de tantas preguntas y de tantas diferencias culturales, no habla de grandes respuestas. Habla de acogida, de fraternidad, de celebración y de frescura.
Desde Cozuelos de Ojeda hasta Zimbabue y Tailandia, su vida ha transcurrido muy lejos de aquel pueblo donde comenzó todo. Pero quizá nunca haya dejado del todo de caminar desde allí. Ahora, instalado de nuevo en Palencia, queda la memoria de una vida que cruzó fronteras y que encontró su sentido no tanto en hacer grandes cosas como en estar con otros.
Ser simplemente rocío.
Estar cada mañana.
Sin ruido.
Y, cuando haga falta, ayudar a que alguien vuelva a florecer.