Damián María: "Solo Dios conoce las lágrimas y la lucha interior de mis últimos años"

"Yo no soy ni víctima ni héroe. Héroes son los que siguen entregando su vida como misioneros religiosos a pesar de todo. Lo que puedo decir sobre mí es que yo sentía una pena de muerte; tenía una tristeza insoportable… y el corazón no miente". Así profundiza en una entrevista a corazón abierto con Religión Digital Damián María, hasta el pasado 23 de junio, el reconocido redentorista Padre Damián

Damián María
Damián María | @damianmariavoz

"Yo no soy ni víctima ni héroe. Héroes son los que siguen entregando su vida como misioneros religiosos a pesar de todo. Lo que puedo decir sobre mí es que yo sentía una pena de muerte; tenía una tristeza insoportable… y el corazón no miente". Así profundiza en una entrevista a corazón abierto con Religión Digital Damián María –hasta el pasado 23 de junio conocido y reconocido como el Padre Damián, el religioso redentorista que encandiló en el programa 'La Voz'– sobre el paso que le llevó a "retirarme definitivamente del ejercicio del ministerio sacerdotal".

"No reniego de mi vocación. Al contrario. Todo lo que he vivido como sacerdote forma parte de mí para siempre y me ha configurado profundamente, pero llegó un momento en que comprendí que la fidelidad a Dios no siempre consiste en aguantar donde uno pensó que estaría toda la vida. A veces consiste, precisamente, en dejar de aparentar una fortaleza que ya no es verdadera", señala este granadino con alma y corazón de artista, que inaugura lleno de ilusión una etapa en la que se abre a formar una familia –"ojalá pueda regalar a unos hijos el don de la fe"–, despues de una noche oscura en la que "hubo un momento en el que no pude más".

"Solo Dios conoce las lágrimas y la lucha interior de mis últimos años", confiesa a este portal con la sinceridad de quien no quiere una vida con máscaras, que ha sentido el dolor de sentirse juzgado desde dentro de la misma Iglesia, pero no por con quien tuvo su definitivo mano a mano: "En esa conversación con Dios no me he sentido juzgado. Me he sentido mirado y amado. Y hay una diferencia enorme. El juicio paraliza; la mirada de Dios desnuda, pero también sostiene. No me ha pedido que defienda una imagen, me ha invitado a vivir en la verdad".

Pregunta. Tras el trascendental paso que acaba de dar, algunos hablan de flaqueza. Otros de autenticidad. ¿Cómo lo ve quién acaba de dar un giro radical a su vida?

Respuesta. Desde luego, lo que no ha sido, es un acto arbitrario, rápido o caprichoso. Ha sido un proceso interior tremendamente difícil.

R. Habría sido más fácil y cómodo para mí permanecer en un lugar que conocía, con un ministerio consolidado, con el cariño de muchísima gente y con una identidad ya construida.

R. Yo no soy ni víctima ni héroe. Héroes son los que siguen entregando su vida como misioneros religiosos a pesar de todo. Lo que puedo decir sobre mí es que yo sentía una pena de muerte; tenía una tristeza insoportable… y el corazón no miente.

R. Cada uno debe valorar lo que hace con su vida en conciencia y ante Dios. Yo, al hacerlo, no tuve otra salida. O mentir y asumir la máscara de la alegría de por vida o vivir realmente y buscar mi felicidad. Después de mucha oración, creo que a Dios le contenta más la transparencia y la honestidad.

R. Por todo esto, diría más bien que ha sido un acto de verdad. La verdad interior nunca llega de golpe y por eso puede sorprender cuando uno ya ha asumido compromisos vitales. La verdad interior se abre paso poco a poco, a veces durante años, hasta que no puedes seguir viviendo de espaldas a ella o con la tristeza que te imponen las máscaras. Yo he intentado hacer ese camino con mucho discernimiento, con ayuda, con oración y con una enorme resistencia interior, porque sabía el dolor que esta decisión me iba a provocar a mí mismo.

R. No reniego de mi vocación. Al contrario. Todo lo que he vivido como sacerdote forma parte de mí para siempre y me ha configurado profundamente, pero llegó un momento en que comprendí que la fidelidad a Dios no siempre consiste en aguantar donde uno pensó que estaría toda la vida. A veces consiste, precisamente, en dejar de aparentar una fortaleza que ya no es verdadera.

R. Si se lee así, sí, puede ser flaqueza, nunca he presumido de ser un hombre fuerte. Hubo un momento en el que no pude más. Lo intenté todo, puse todos los medios para salvar la vocación y recuperar la alegría interior, pero no me fue posible y no por falta de oración. Quizá haya orado más, o al menos más profundamente, en este último tiempo que al comienzo de mi vida religiosa. Solo Dios conoce las lágrimas y la lucha interior de mis últimos años.

Usted ha sido un cura influencer y, ahora, una parte de las redes le condena al infierno. Ha estado en un proceso de discernimiento. En su noche oscura. ¿Qué ha encontrado allí, en esa conversación íntima, profunda, sin caretas, con quien usted se había comprometido de por vida? ¿Siente que le juzga?

R. La gente es buena. Solo algunos hablan demasiado rápido. Es doloroso comprobar que los peores comentarios vienen precisamente de gente de iglesia.

R. Planteemos las historias con justicia y objetividad. Ciertamente, yo he tenido una presencia publica en medios y redes, pero leer desde ahí mi renuncia como si esa exposición fuera la causa, es muy simplista y resulta en una forma adolescente de buscar chivos expiatorios para justificar las propias posiciones. Hay muchos religiosos que abandonan cada año el sacerdocio y la inmensa mayoría no tiene presencia publica y hay muchos con presencia publica que han mantenido la vocación sacerdotal. Hay frases de mucho gusto para algunos católicos que son dolorosas: “ha ganado el mundo”, “ya se veía venir”, “le ha podido la fama”, y los discursos machacantes sobre la humildad y el anunciarse a sí mismo o el ego, como si todos aquí fueran muy humildes…

R. ¿Qué sabe la gente de la lucha que tengo con mi ego? ¿Qué saben de lo humilde o no que sea quienes no han compartido jamás un minuto conmigo?

Sé que la Iglesia es mucho más grande que este grupo de personas, pero duele que lo peor venga de quienes han sido mis hermanos en la fe. Aún así, tengo que ser justo y la inmensa mayoría de las personas me han escrito con un enorme cariño. La gente es buena

R. Para colmo, me acompañan dones visibles, artísticos, dones que solemos agradecer aplaudiendo… ¿los escondo para no recibir aplausos? Los he tratado de poner siempre al servicio, pero vivimos en una sociedad donde habitan unos pocos católicos con un alto grado de hipocresía que interpretan los dones públicos como una falta de humildad. En el fondo están gritando que ellos son los más humildes y cristianos perfectos, ¿no?

R. Sé que la Iglesia es mucho más grande que este grupo de personas, pero duele que lo peor venga de quienes han sido mis hermanos en la fe. Aún así, tengo que ser justo y la inmensa mayoría de las personas me han escrito con un enorme cariño. La gente es buena.

R. Dios no habla rápido, ni con titulares. Él habla muy despacio. En esa noche oscura he recordado algo fundamental: que Dios no me quiere por ser sacerdote, ni por un determinado apostolado. Me quiere porque soy su hijo.

R. Durante mucho tiempo confundí mi identidad con mi misión. Luché por las causas de otros con toda el alma, y volvería a hacerlo, pero me olvidé de cuidar la mía. Cuando uno deja de escucharse por miedo a lo que pueda encontrar, termina viviendo una vida muy generosa, pero quizá ya no del todo verdadera.

R. En esa conversación con Dios no me he sentido juzgado. Me he sentido mirado y amado. Y hay una diferencia enorme. El juicio paraliza; la mirada de Dios desnuda, pero también sostiene. No me ha pedido que defienda una imagen, me ha invitado a vivir en la verdad.

R. Sé que habrá quien piense que me he equivocado. Lo respeto profundamente. Pero yo no puedo decir que Dios me haya abandonado. Dios no juega con nosotros y si puso en mi corazón esta posibilidad es por algo. Precisamente cuando todo parecía desmoronarse, he experimentado una paz muy difícil de explicar. Una paz que no elimina el dolor, pero que permite atravesarlo sin perder la esperanza.

P. Habla de que inaugura ahora una etapa de “plena libertad”, en donde se abre a formar una familia. ¿Cuándo y dónde comienza a detectar que le falta esa libertad? ¿En la comunidad en la que vivía? ¿En la comunidad virtual con la que compartía su quehacer? ¿Tiene algo que ver con lo que dice en su vídeo, citando a Lorca, de que cada uno nace como nace, poeta, artista, cojo…?

R. No creo que la falta de libertad que señalo tenga un único lugar o un único responsable. Sería injusto decir eso.

R. He vivido en comunidades extraordinarias, en una congregación maravillosa que se ha preocupado por mi libertad y me la ha permitido. He sido un sacerdote muy libre. He recibido muchísimo amor, muchísima protección y hermanos que me han acompañado en distintas iniciativas que pude ejercer con libertad de espíritu. Todo eso es verdad.

R. Pero hay una libertad que nadie puede darte desde fuera. Es la libertad interior. La frase de Lorca habla de la libertad interior. Cada persona nace con una historia concreta, con unos límites, unos dones y unas llamadas que no siempre coinciden con lo que había imaginado para sí. La madurez consiste en dejar de pelear contra la propia realidad y aprender a vivirla con verdad.

R. Durante años intenté responder a lo que se esperaba de mí: la Iglesia, la misión… Siempre tenía como una especie de filtro o mediación interior (que yo solo me imponía) que agotaba mi propia frescura y libertad. Al ser sacerdote, lo que decía o cómo lo decía, e incluso cuestiones más secundarias como vestir de tal o cual manera, siempre tenía que medirlas. Con el paso de los años ese medir constante me causó una falta de aire casi física.

R. La Iglesia, queramos o no, aparte de pueblo de Dios, es una institución con un gran peso y asumir ese peso se me hizo cada vez más asfixiante. Como anécdota, ahora, caminar descalzo en casa, decidir cómo decoro mi salón, qué ropa me pongo sin pensar si es o no decente para el cargo o dónde, cuándo y con quién voy de viaje son actos de libertad cotidianos que antes debía medir.

Abrirme a formar una familia no nace de un rechazo a la vocación sacerdotal. Estoy muy reconciliado con la misión que un día Dios me encomendó. Nace más bien del descubrimiento de que esa es hoy la forma concreta en la que puedo responder con mayor autenticidad al amor de Dios. Deseo envejecer tomado de la mano de los hijos que Dios, si quiere, me dé

R. Por otra parte, abrirme a formar una familia no nace de un rechazo a la vocación sacerdotal. Estoy muy reconciliado con la misión que un día Dios me encomendó. Nace más bien del descubrimiento de que esa es hoy la forma concreta en la que puedo responder con mayor autenticidad al amor de Dios. Deseo envejecer tomado de la mano de los hijos que Dios, si quiere, me dé. No siento que abandone una vocación para abrazar otra completamente distinta. Siento que sigo buscando la misma voluntad de Dios, aunque el camino sea otro. Ojalá pueda regalar a unos hijos el don de la fe.

R.

P. Dice que quiere devolver tanto amor como ha recibido. ¿Qué queda en el nuevo Damián María del P. Damián?

R. Queda prácticamente todo lo esencial. Queda la fe. Queda el amor. Queda un profundo amor a la Iglesia, incluso cuando mi camino ya no transcurra dentro del ministerio ordenado. Queda el deseo de servir, de anunciar esperanza, de acercar a las personas a Dios y de recordar que nadie está definido por sus éxitos ni por sus fracasos. Quedan las personas a las que serví, a las que quiero y respeto profundamente. Quedan los hermanos con los que viví, que conocieron todas mis fragilidades y aún así me quisieron. Queda el carisma misionero redentorista, la pasión por los alejados y la sencillez de espíritu. Quedan los caminos abiertos y los puentes trazados…

R. También queda una enorme gratitud. Sería profundamente injusto resumir estos años desde el dolor. He sido inmensamente feliz. He conocido personas extraordinarias. He recibido un cariño que nunca podré devolver del todo. Si hoy puedo dar este paso con paz es, en gran medida, porque mucha gente me enseñó durante años qué significa amar de verdad.

R. Quizá la diferencia es que ahora tengo menos máscaras. Estoy menos preocupado por sostener una imagen que encaje dentro de una institución y tengo más libertad interior. Posiblemente, esa verdad y esa libertad interior sean las causas verdaderas de mi búsqueda.

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