Emili Turú, nuevo consultor del Dicasterio para la Vida Consagrada: "Vivir la interculturalidad no es fácil, pero puede ser altamente profético"

El marista reflexiona sobre los retos de la vida consagrada, la interculturalidad, el papel de los laicos y el futuro de las vocaciones

Emili Turú y León XIV en junio de 2025.
Emili Turú y León XIV en junio de 2025. | Vatican Media

El marista Emili Turú Rofes, nacido en Barcelona en 1955 y criado en Marçà, ha sido nombrado por el papa León XIV consultor del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, junto con el también marista y ruandés Antoine Kazindu. El nombramiento, anunciado por la Santa Sede el 6 de agosto, incorpora a Turú a un grupo de 15 nuevos consultores que acompañan y asesoran al Dicasterio en su tarea al servicio de la vida consagrada en todo el mundo. Turú, que conoce personalmente al papa León XIV "porque coincidimos como superiores generales algunos años", ha recibido el nombramiento con "una sorpresa total".

Con una larga experiencia en el gobierno de los Hermanos Maristas, seis años como secretario de la Unión de Superiores Generales (USG) y su actual dedicación a la formación y el acompañamiento de congregaciones desde Faith and Praxis for Global Leadership, reflexiona en esta entrevista con la Agencia Flama sobre los retos de la vida religiosa, la interculturalidad, el papel de los laicos y el futuro de la vida consagrada.

Pregunta. El papa León XIV acaba de nombrarlo consultor del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada. ¿Cómo ha recibido este nombramiento y qué significa para usted este nuevo servicio a la Iglesia?

Respuesta. Para mí ha sido una sorpresa total. De hecho, ni siquiera sabía que existía un grupo de consultores del Dicasterio. Por otro lado, estoy agradecido por la confianza del Dicasterio, con el que ya he tenido ocasión de colaborar en otros momentos, particularmente durante los seis años que estuve como secretario de la Unión de Superiores Generales (USG).

P. Después de tantos años de experiencia en el gobierno de los Hermanos Maristas y en la Unión de Superiores Generales, ¿cuáles considera que son hoy los principales retos de la vida religiosa en la Iglesia?

R. Creo que hay retos que son permanentes y que tienen que ver con la fidelidad a lo esencial de esta forma de vida en la Iglesia, así como a su carisma y misión, siempre a la escucha de las nuevas necesidades de la Iglesia y del mundo.

R. Hay otros, en cambio, que son propios de la época histórica en la que vivimos. Por ejemplo, el reto de la interculturalidad, una realidad nueva para la mayoría de las congregaciones, o el reto de la disminución numérica y la pérdida de relevancia en muchas sociedades.

P. Las congregaciones religiosas atraviesan en muchos lugares una importante disminución del número de vocaciones y un envejecimiento de las comunidades. ¿Cómo debería afrontar la Iglesia esta nueva realidad?

R. No es la primera vez que la vida consagrada atraviesa un momento como este. Cuando miramos su evolución a lo largo de los siglos, nos encontramos con épocas de confusión y disminución, que en algunos casos originan la desaparición de algunas congregaciones, pero también épocas de purificación y maduración para otras.

R. ¿Cómo vivir esta nueva realidad?

P. ¿Cómo?

R. Abrazando nuestra vulnerabilidad con serenidad, con paciencia, con generosidad. Y con alegría, sabiéndonos en manos de Dios.

R. Hace unos años escuché a una religiosa que, hablando de la situación de pobreza y limitación que estaba experimentando su congregación, decía que esto facilitaba que finalmente vivieran aquello que estaban llamadas a ser en medio de la Iglesia y de la sociedad: una presencia evangélica pobre.

"Estoy agradecido por la confianza del Dicasterio, con el que ya he tenido ocasión de colaborar en otros momentos", comenta Turú.
"Estoy agradecido por la confianza del Dicasterio, con el que ya he tenido ocasión de colaborar en otros momentos", comenta Turú. | Vatican Media

P. Al mismo tiempo, la vida religiosa está creciendo en algunas partes del mundo, especialmente en África y Asia. ¿Qué puede aprender la Iglesia occidental de estas nuevas realidades?

R. Recuerdo que el papa Francisco, al terminar su largo viaje por Asia y Oceanía, reconocía que, cuando pensamos en la Iglesia, todavía continuamos siendo demasiado eurocéntricos o, como se suele decir, "occidentales". Pero, en realidad —recordaba el Papa—, la Iglesia es mucho más grande que Roma y Europa, e incluso es mucho más viva en aquellos países donde las Iglesias no hacen proselitismo, sino que crecen por "atracción".

R. Hay una gran mayoría de congregaciones religiosas que nacieron en Europa, y esto ha marcado ciertamente su manera de pensar y de actuar, su propia evolución. Hoy el centro se desplaza hacia otros continentes, y estamos llamados a ser muy humildes y muy generosos para acoger esta nueva realidad con alegría, dejándonos desestabilizar en aquello que creíamos que eran aspectos intocables, cuando en realidad no eran más que frutos de una determinada cultura.

R. Vivir la interculturalidad no es fácil, pero puede ser altamente profético y ejemplar en un mundo cada vez más polarizado y dividido.

P. Durante su etapa como superior general de los Maristas insistió en la misión compartida con los laicos. ¿Qué papel cree que deben tener hoy los laicos en las obras y en la misión de los institutos religiosos?

R. A menudo escucho hablar de los laicos como "nuestros colaboradores", algo que suena un poco extraño cuando estos son seguramente más del 90% de las personas que llevan a cabo la misión en nuestras instituciones. De hecho, creo que sería más adecuado afirmar que todos somos colaboradores del Espíritu.

R. El papa Francisco escribió una carta al cardenal Ouellet, cuando era presidente de la Comisión Pontificia para América Latina, al terminar una de sus reuniones. En ella le recordaba que los laicos son los protagonistas de la Iglesia y del mundo, a quienes nosotros estamos llamados a servir y no de quienes debemos servirnos.

R. En efecto, los laicos, en virtud de su bautismo, no necesitan pedir permiso a nadie para llevar a cabo su misión de evangelización.

R. Los religiosos y las religiosas caminamos a su lado, sinodalmente, apoyándolos y empoderándolos, evitando caer en actitudes paternalistas.

P. También ha trabajado especialmente en el ámbito de la formación y el liderazgo. ¿Qué tipo de liderazgo necesita hoy la vida consagrada?

R. Sin duda, un liderazgo evangélico, inspirado en Jesús, que se pone a lavar los pies de sus discípulos y dice: "Os he dado ejemplo, para que, tal como yo lo he hecho con vosotros, lo hagáis también vosotros". Es la Iglesia del delantal, como diría monseñor Tonino Bello. Un liderazgo servidor, que debería ser nuestra "denominación de origen" en toda la Iglesia.

R. Nuestra propia experiencia vital y la reciente llamada a asumir la sinodalidad nos recuerdan que se ha acabado la época de los liderazgos tipo "superman" o "superwoman". Es la hora de un liderazgo convocador, que empodere a los demás para que cada uno asuma su propia responsabilidad en la comunidad eclesial.

"Es la hora de un liderazgo convocador", reconoce el catalán.
"Es la hora de un liderazgo convocador", reconoce el catalán. | Vatican Media

P. ¿Qué espera poder aportar desde su nueva responsabilidad como consultor del Dicasterio?

R. Viendo la lista de las personas nombradas como consultores, me parece claro que han buscado una gran variedad de competencias. En mi caso, supongo que ha contado mi experiencia de gobierno, el tiempo que pasé como secretario de la USG, así como mi dedicación actual, desde Faith and Praxis, al acompañamiento y la formación de muchas congregaciones.

P. ¿Qué importancia tienen actualmente la espiritualidad, la justicia social y el compromiso con los más pobres en la identidad de los religiosos?

R. En la identidad de la vida consagrada encontramos siempre entrelazados, desde su origen, estos tres elementos: espiritualidad o búsqueda de Dios, fraternidad y misión. No son elementos separados, sino intrínsecamente entrelazados. Cuando falta alguno, nuestra identidad se resiente fuertemente.

R. La espiritualidad o búsqueda de Dios nos da raíces y estabilidad, y adopta formas diferentes según los diversos carismas. La fraternidad es nuestra manera de vivir y expresar el Evangelio, siempre de acuerdo con la tradición de cada familia religiosa. Y la misión es la razón por la que existimos en la Iglesia; aquí es donde entra la justicia social y el compromiso con los pobres.

R. Algunas congregaciones, como las contemplativas, visualizan más la dimensión espiritual; otras, como las congregaciones de hermanos, nos sentimos llamados a "exagerar" la fraternidad; otras, como los institutos seculares, subrayan la dimensión del compromiso con la misión, inmersos en el mundo. Pero todos, absolutamente todos, estamos llamados a vivir intensamente, profundamente, las tres dimensiones.

P. Usted ha conocido de cerca diferentes generaciones de religiosos. ¿Qué cree que buscan hoy los jóvenes que se plantean una vocación a la vida consagrada?

R. Es una pregunta que encuentro muy difícil de responder, dada la gran variedad de contextos en los que se mueve la vida consagrada.

R. De todos modos, creo que el factor "contagio" suele estar casi siempre presente. El testimonio de una persona o de una comunidad actúa a menudo como una provocación y una llamada a plantearse: "¿Y por qué yo no?".

R. Hoy en día está muy claro para los jóvenes que, para ejercer una determinada misión, como en la educación o en el mundo de la salud, no es necesario entrar en la vida religiosa. Por tanto, me parece que tanto la vida fraterna como la espiritualidad serán factores clave para tomar una decisión vocacional.

P. Finalmente, ¿qué mensaje transmitiría a los religiosos y religiosas que viven con preocupación el futuro de sus congregaciones y de la vida consagrada?

R. Creo que fue Tagore quien dijo que "si de noche lloras porque el sol no está, las lágrimas te impedirán ver las estrellas". Si no hacemos más que llorar y lamentarnos porque las cosas no son como eran hace años, no conseguiremos ver nada de lo que ya está emergiendo como brotes de esperanza que debemos cuidar, aunque quizá no los veremos florecer.

R. En Vita Consecrata se nos recuerda que estamos llamados a la fidelidad, no al "éxito" —que, por otra parte, ¿qué significa "tener éxito" en la vida consagrada?—.

R. Fidelidad, paciencia, alegría, empezando por nosotros, los mayores.

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