El Papa visitará en Argelia la casa de dos misioneras españolas martirizadas en 1994

OMP ha entrevistado a una agustina misionera que fue testigo del asesinato de las beatas Esther Paniagua y Caridad Álvarez, mientras asistían a misa en una Jornada del Domund de 1994; y a monseñor Diego Sarrió Cucarella, un padre blanco valenciano que es obispo de Laghouat desde 2025

Esther y Caridad, beatas mártires de Argelia
Esther y Caridad, beatas mártires de Argelia
12 abr 2026 - 20:06

(OMP).- .El Papa León XIV llegará el próximo lunes a Argelia, y entre otros actos, tendrá una visita privada a las agustinas misioneras en Bab El Oued. La agenda papal no da más detalles, pero ¿qué sucedió en esa casa? ¿Por qué el Papa va a visitar a esas religiosas, más allá de su conexión con San Agustín?

Allí vivieron Esther Paniagua y Caridad Álvarez. Estas dos misioneras españolas fueron asesinadas a tiros en la calle, cuando se dirigían a celebrar la Eucaristía en el día del Domund de 1994. Forman parte de los 19 mártires de Argelia, que fueron beatificados por el Papa Francisco en 2018. Murieron tras haber decidido permanecer en el país a pesar de las amenazas recibidas tras la crisis política en Argelia de la década de los 90.

“Los misioneros en un principio estaban tranquilos, a pesar de la crisis que se estaba viviendo, hasta que en mayo de 1994 mataron a los dos primeros religiosos. Entonces, los obispos de Argelia escribieron una carta a las comunidades y a los superiores pidiendo que por favor nadie permaneciera en Argelia si no estaba en total libertad y asumiendo esa decisión a nivel personal”, explica Mª Jesús Rodríguez, que en ese momento era la superiora provincial de las agustinas misioneras. Por eso, ella misma viajó a principios de octubre hasta Argel, y reunió a las 12 religiosas que estaban en el país, para hacer un discernimiento sobre qué debían hacer.

Esther y Caridad
Esther y Caridad

“La pregunta fundamental era: ¿qué voy a hacer yo a nivel personal? ¿Permanecer o salir provisionalmente? Las dos cosas eran legítimas y muy buenas, porque la amenaza que tenían era triple: por ser extranjeras, por ser cristianas y por estar ahí, nada más”. Acompañadas de monseñor Henri Teissier, arzobispo de Argel, dedicaron varios días a la oración a la luz de la Palabra de Dios, para discernir qué quería el Señor para el pueblo argelino. “Trabajábamos en varios hospitales, en guarderías de la Media Luna Roja, en la promoción de la mujer argelina… Y no es que fuéramos necesarias, lo único que queríamos era estar y acompañar la vida en ese momento de dificultad”. El día 7 de octubre, día de la Virgen del Rosario, cada hermana dio su respuesta: “se fueron pronunciando personalmente, que se quedaban”. Mª Jesús recuerda cómo celebraron la Eucaristía y se ofreció en ella esa decisión personal y comunitaria. “Nos sentíamos más libres después de haber tomado esa decisión”.

 

“Nadie nos quita la vida, porque nosotras ya la hemos entregado”

“Siempre salía en las comidas la pregunta de ‘¿y si os pasa algo?’, a lo que las hermanas respondían: ‘Si nos pasa algo, nadie nos quita la vida porque ya la hemos entregado”, recuerda con cariño Mª Jesús, que permaneció en Argel durante unas semanas, y fue testigo del asesinato de Esther y Caridad. Era la Jornada del Domund, y las misioneras recordaron lo mucho que se estaría rezando por los misioneros en el mundo, y se dispusieron a salir para misa.

“Después salimos otra hermana y yo, y en el camino, ya cerquita, escuchamos dos disparos. La gente nos decía que nos fuéramos, y entramos en una casa que lindaba con el patio de las Hermanitas de Foucauld, donde íbamos a la misa, y en ese momento oíamos llanto"

“Llegó la hora de acercarnos a misa, la habían adelantado una hora para no terminar tan de noche, y Esther y Caridad salieron primeras. El embajador nos había dicho que por seguridad nunca saliéramos la cuatro juntas, sino de dos en dos”, rememora Mª Jesús. “Después salimos otra hermana y yo, y en el camino, ya cerquita, escuchamos dos disparos. La gente nos decía que nos fuéramos, y entramos en una casa que lindaba con el patio de las Hermanitas de Foucauld, donde íbamos a la misa, y en ese momento oíamos llanto”, recuerda. “Evidentemente pensamos que había pasado algo con algún cristiano, pero no imaginamos que eran nuestras hermanas… hasta que hablamos a través de la pared con una de las hermanitas, que nos dijo: Esther y Caridad”.

En seguida llegaron las ambulancias, pero no pudieron salvar las vidas de estas dos hermanas. Mª Jesús agradece el trabajo del embajador español, que siempre las había cuidado, y que se encargó de todos los trámites para la repatriación de los cuerpos. “En aquel momento estaba en shock, no sabía ni donde estaba”, reconoce la religiosa. En España les esperaban los familiares de las misioneras asesinadas, que dieron un ejemplo inmenso de amor. “Una señora le preguntó a la madre de Esther a la entrada del cementerio de León si perdonaba a los que habían atentado contra su hija, a lo que ella respondió: ‘Si no perdonara, mancharía la imagen de mi hija”.

 

“Una señora le preguntó a la madre de Esther a la entrada del cementerio de León si perdonaba a los que habían atentado contra su hija, a lo que ella respondió: ‘Si no perdonara, mancharía la imagen de mi hija”

Una misión que continúa

Tras ser reconocido su martirio, las familias y las hermanas pudieron regresar en 2018 a Bab El Oued. Entre ellos se encontraba Ana Mª Guantay, superiora general actual de las agustinas misioneras. “Después de muchísimo tiempo, pudimos volver a la casa, y celebramos en la capilla la primera Eucaristía tras el martirio, me emociono al recordarlo, porque era un lugar sagrado por la vida de las hermanas, uno puede decir que hasta la piel de ellas estaba en las paredes, porque allí rezaban, discernían, lloraban por los dolores de la gente, por la impotencia”.

En la actualidad, las agustinas misioneras han reconvertido esta casa en un centro de acogida y amistad para niños y mujeres argelinos. “Ayudamos a que esos niños vivan también una experiencia de paz, de que se puede vivir, no importa las culturas y la tradición religiosa que tengamos: Dios nos hermana en el bien, en el amor, en la capacidad de ponernos en pie unos a otros”, concluye.

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