Anatomía de unos segundos: la entrada de León XIV en la Sagrada Familia
El Papa atravesó la Puerta de la Gloria con un gesto agradecido y, al cabo de unos segundos, alzó la mirada hacia la nave de Gaudí
Las puertas de la Sagrada Familia concentraban todas las miradas mucho antes de la llegada del Papa. La nave estaba llena, pero la tensión no era ruidosa. Era esa expectación contenida que precede a los momentos importantes. Cuando los agentes de seguridad comenzaron a moverse y se intuyó que la comitiva estaba a punto de entrar, centenares de brazos se alzaron casi de manera instintiva. En cuestión de segundos, un mar de móviles ocupó el aire de las primeras filas.
Por la Puerta de la Gloria, primero aparecieron seminaristas, diáconos, sacerdotes y obispos. Después, finalmente, León XIV.
El Papa atravesó el umbral de la basílica a paso lento. No parecía tener prisa. Caminaba con el báculo en la mano izquierda y con una expresión serena, amable, casi agradecida. Más que la solemnidad de un jefe de Estado, transmitía la impresión de alguien que acaba de entrar en un lugar que quiere contemplar. Minutos antes había rezado en la cripta ante la tumba de Antoni Gaudí. Ahora comenzaba el recorrido por la obra que ha terminado convirtiendo al arquitecto en una de las figuras más universales de Cataluña.
Durante los primeros metros mantuvo la mirada baja. Venía de la cripta, donde había rezado ante la tumba de Antoni Gaudí, y avanzaba con la concentración propia de quien aún no ha abandonado del todo el silencio. Pero llegó un momento en que levantó la cabeza. Fue un gesto natural, casi inevitable. Los ojos buscaron las alturas de la nave y se perdieron entre las columnas y la luz de las vidrieras. La Sagrada Familia suele provocar este efecto en los visitantes. Este miércoles no fue una excepción, tampoco para el Papa.
Los primeros metros fueron lentos. El espacio entre la puerta y los primeros bancos estaba ocupado por miembros de la organización, responsables de seguridad y fieles que intentaban encontrar un hueco desde el que observar la entrada. La procesión avanzaba compacta, aún sin desplegarse del todo dentro de la inmensidad de la nave.
En la parte final del templo se encontraban monjes y monjas de diversas comunidades benedictinas y cistercienses, entre religiosos de otras congregaciones. Eran físicamente los últimos. Pero también eran los primeros en ver el conjunto de la escena. Mientras delante de ellos se alzaba un bosque de pantallas, ellos contemplaban sin obstáculos la llegada del pontífice. Desde esa distancia podían seguir el movimiento completo de la comitiva, ver al Papa avanzar y observar las reacciones del público.
Mientras tanto, León XIV continuaba avanzando. Lentamente, las miradas de los fieles se dirigían tanto hacia el Papa como hacia lo que lo rodeaba. Las columnas ascendían como troncos gigantes hacia las bóvedas. La luz de las vidrieras teñía el espacio de colores cambiantes. La arquitectura de Gaudí acababa imponiéndose, como suele ocurrir dentro de la basílica.
Aquel miércoles, en la Sagrada Familia, los primeros segundos de León XIV no estuvieron marcados por ningún gesto extraordinario. Quizá por eso mismo resultaron tan reveladores. Fueron los segundos de una llegada. Y también los segundos en los que cada uno, desde su lugar, intentó encontrar la mejor manera de mirar.