Discurso de León XIV en la vigilia de Oración con los Jóvenes, en la Plaza de Lima

MIles de jóvenes, con el Papa
MIles de jóvenes, con el Papa
06 jun 2026 - 21:37

(1) Sabemos que San Agustín es muy importante para usted, pero ¿qué otros santos y qué otros referentes le han ayudado en su crecimiento como cristiano? 

(2) Querría preguntarle ahora sobre sus años como misionero en Perú. ¿Qué recuerdo o qué experiencia guarda como un tesoro de estos años? 

Durante los años de formación y de ministerio sacerdotal pude conocer muchas figuras de santidad que acompañan mi caminar. Recuerdo tres santos en particular. 

El primero es san Juan Crisóstomo, que significa “boca de oro”, un título que este Padre de la Iglesia mereció por su elocuencia. Antes de su bautismo, que tuvo lugar en el año 368 d.C, estudiaba filosofía. Después se dedicó a la exégesis de la Sagrada Escritura, junto con otros jóvenes de Antioquía, su ciudad natal. Tras una experiencia como eremita, se entregó al servicio de la Iglesia como sacerdote y obispo. Llevando en el corazón la Palabra de Dios, la ofrecía a todos, dando testimonio con coherencia de la verdad del Evangelio frente a las herejías de su tiempo. Me han impresionado especialmente sus espléndidas catequesis, que unen el amor por la verdad y la rectitud de vida, y su valentía para hablar ante el Emperador, diciendo siempre la verdad. 

El segundo santo es Tomás de Villanueva, un agustino, que fue llamado a convertirse en pastor de la Iglesia. Era español. Estudió en la Universidad de Alcalá y, por su sabiduría, se ganó la estima del emperador Carlos V. Como obispo de Valencia, emprendió una intensa obra de reforma de la Iglesia, sobre todo del clero, exhortando a sus hermanos a la perseverancia en la oración, en la castidad y en la obediencia. Su ardiente caridad me ha alentado en los momentos de prueba. 

El tercer compañero de camino es santo Toribio de Mogrovejo, también español. En el siglo XVI fue misionero en Perú, donde se dedicó con gran celo a la evangelización de los indios, estudiando las lenguas locales. Santo Toribio unió una intensa vida de oración al compromiso por la justicia, especialmente frente a los abusos y la corrupción de su época. Por eso, para mí es un modelo de entrega al pueblo, especialmente a los más pobres, en el nombre de Cristo. 

Contemplando la vida de estos santos, como san Agustín, me dije a mí mismo: si ellos fueron capaces, ¿por qué yo no? (cf. Confesiones, VIII, 27). Es una pregunta que también os confío con gusto, invitándoos a escoger ejemplos de vida buena, que resulten atractivos tanto para vosotros como para los demás. 

En cuanto a los años vividos en Perú, como misionero y obispo, recuerdo sobre todo el testimonio de fe de la gente, marcada por muchas dificultades, pero llena de esperanza. Precisamente el encuentro con las heridas y las alegrías del pueblo me hicieron crecer en el camino del seguimiento de Jesús. Mientras lo anunciaba, también yo era transformado por el Evangelio, experimentando que la palabra del Señor lleva paz donde hay conflicto y se convierte, para todos, en fuente de reconciliación y de justicia. 

(3) ¿Qué considera que nos ayudaría a reconocer la voz de Dios entre otras muchas voces? (4) ¿Cómo podemos nosotros, también buscadores, acompañarlos en su proceso de descubrimiento de la belleza de la fe? 

Para reconocer la voz de Dios, puede ayudarnos ante todo el silencio, que favorece la atención y el recogimiento. Cuando buscamos el silencio, decidimos qué no escuchar y de qué ruidos no dejarnos distraer. Al liberarnos del estruendo de mil voces, reconocemos que algunas engañan nuestros deseos, otras nos compran sin alimentarnos, otras hablan por interés. En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece. 

En segundo lugar, tened la certeza de que Dios conoce bien vuestra voz: Él os escucha y os responderá. Expresad lo que sentís en el corazón. Dice un salmo: «El que hizo el oído, ¿no va a oír?» (Sal 94,9). Nuestro discurso interior se convierte en oración, alabanza y súplica cuando es confiado al único que puede escucharlo. La oración es una voz libre justamente porque no habla para rendir cuentas, para demostrar que estamos preparados o para hacernos sentir importantes. Cuando nosotros mismos nos convertimos en oración, el Señor nos responde con su Verbo, que se hizo hombre por nosotros, afirmando que nos ama con todo su ser. 

En tercer lugar, para reconocer la voz de Dios es necesario escuchar su Palabra viva, que es Cristo, cuya voz sigue resonando en la Iglesia que es su Cuerpo. Él cumple todas las Escrituras, ese testamento antiguo y nuevo dado a los hombres como promesa de salvación. La adoración eucarística, que esta noche compartimos, es precisamente el lugar adecuado para guardar silencio, liberar el corazón y “estar” nosotros mismos ante el Señor, dialogando con Él, de modo que se haga elocuente en su amor, hecho alimento para la humanidad. 

Además, queridos jóvenes, para acompañar a otros a descubrir la belleza de nuestra fe, recordad que ninguno de nosotros nació siendo maestro y que, ante el Señor, somos siempre discípulos. Compartid pues, vuestro camino espiritual, dando testimonio de él con coherencia de vida: la voluntad de seguir a Jesús os renovará constantemente, sobre todo en la hora del cansancio. Él camina a nuestro paso e ilumina nuestro camino. Siguiendo el ejemplo del Maestro: así os invito a actuar, como pastores, educadores y amigos. Si rezáis con amor, los jóvenes apreciarán la importancia de la oración. Si ardéis en la fe, transmitiréis su fuego vivo. Si permanecéis fieles a vuestra vocación, reflejaréis su gracia atrayente. Educad, por tanto, en el discernimiento, sabiendo que toda virtud se transmite en un vínculo de escucha que se convierte en diálogo. Los rostros de esposos y padres apasionados, de sacerdotes sabios, de religiosos y religiosas entregados a Dios para servir al prójimo no brillan en una idea, sino en la santidad de una vida puesta a prueba. La presencia cercana de Jesús se percibe incluso en nuestras caídas, también cuando nos convertimos en mano tendida y abrazo fraterno para sostenernos mutuamente en el camino.  

(5) ¿Cómo podemos vivir los jóvenes cristianos comprometidos con esta sociedad? (6) ¿Cuál es la misión concreta que usted nos pide a los jóvenes de la Iglesia? A lo largo de los siglos de historia de la Iglesia, los cristianos hemos vivido en todo tipo de sociedades, atravesando los cambios de las culturas que hemos compartido y contribuido a formar. Un texto antiguo, la Carta a Diogneto, nos ofrece al respecto una hermosa intuición: «los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo» (VI). Este es nuestro modo de vivir: los discípulos de Jesús son siempre contemporáneos, pero nunca prisioneros del tiempo que pasa. ¡Somos libres en Cristo! Él nos ha liberado con su amor. Gracias a este amor, somos siempre libres frente a toda coacción y engaño. Somos libres de las modas, porque somos discípulos de la verdad; estamos abiertos al futuro, porque sabemos que no nos espera la muerte. Al contrario, el sentido de la historia culmina en la eterna comunión de vida que Dios prepara para todos. Desde esta perspectiva, sobre todo vosotros, jóvenes, estáis llamados a dar una nueva dirección a la sociedad, convirtiéndoos en protagonistas del cambio a partir de vuestros vínculos cotidianos, aquello que vivís en la familia, en la universidad y en el trabajo. Viéndoos, queridos jóvenes, llenos de este entusiasmo motivado por la fe, me ilusiona pensar en la capacidad que tenéis de testimoniar a Cristo en el mundo, incluida la realidad digital, para comunicar los valores y la belleza del Evangelio (cf. Christus vivit, 105; Saludo en el Jubileo de los misioneros digitales, 29 julio 2025). 

Os invito, por tanto, a todos, a ser juntos sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13). Para vivir así, es necesario ante todo interpretar la sociedad presente, viviendo con sabiduría, para poder después transformarla como testigos del Evangelio. El joven cristiano, en efecto, se vuelve luminoso tanto en la alegría como en la prueba, dando sabor a la realidad porque la habita como una persona que disfruta de la vida en su interior, sin esperar que el gusto se lo den la riqueza, el placer o el poder. Esta es nuestra libertad, que tiene su fuente en la fe, que es capaz de dar luz y buen sabor a toda sociedad, a toda experiencia humana. En cambio, cuando la vida no sabe a nada, es como si nos fuera arrebatada: ya no la sentimos nuestra. Ante el vacío de la indiferencia y del conformismo, ante la violencia de la guerra y de la mentira, sed vosotros mismos chispa de una humanidad nueva. 

La misión que os confío es precisamente ésta: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque gustosamente hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo. Cultivando este compromiso, mirad a los Apóstoles, a los primeros cristianos, habitantes de un mundo pagano. Siguiendo su ejemplo, sed misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad (cf. Ga 5,6). Ésta, queridos jóvenes, es la virtud que cambia la historia más que ninguna otra. Muchas gracias. 

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