¿Qué sabe León XIV de España? Clave pastoral (IV)

"Lo que reconoce no es tanto el declive de una forma de Iglesia como el surgimiento de otra manera de vivir la fe"

Fieles de la diócesis de San Sebastián con el obispo en el viacrucis de Aranzazu
Fieles de la diócesis de San Sebastián con el obispo en el viacrucis de Aranzazu
Rafael Lazcano
02 jun 2026 - 11:09

León XIV contempla España con una mirada que no es nostálgica ni alarmista, sino profundamente pastoral y teologal. No observa un territorio perdido, sino un espacio en transición. Lo que reconoce no es tanto el declive de una forma de Iglesia como el surgimiento —todavía incipiente, a veces ambiguo— de otra manera de vivir la fe.

Sabe que la vida pastoral en España sigue teniendo un anclaje muy concreto: parroquias insertas en ciudades, pueblos y barrios, comunidades pequeñas, grupos que sostienen la vida ordinaria de la fe. No son estructuras abstractas, sino espacios donde la Iglesia se hace cotidiana, en un bautizo celebrado con más tradición que conciencia, en un funeral donde aún resuena la necesidad de sentido, en una fiesta patronal que mezcla fe, cultura y pertenencia. León XIV percibe que estos ritmos sacramentales, aunque a veces vividos de forma cultural, siguen siendo una puerta real de acceso a la experiencia religiosa.

Pero también ve con claridad la tensión que atraviesa muchas de estas comunidades. Ya no sostienen una cristiandad sociológica —ese tiempo en que la fe era el marco compartido—, pero tampoco han terminado de configurarse como comunidades misioneras conscientes. Es un momento intermedio, frágil, donde conviven inercias del pasado con intuiciones del futuro. Y sin embargo, en medio de esa tensión silenciosa, identifica algo decisivo: allí donde hay cercanía real, escucha sin juicio y cuidado concreto, la parroquia sigue siendo significativa. No por su estructura, sino por su calidad humana y evangélica.

Una joven rezando
Una joven rezando | Ben White

En relación con los jóvenes de España, su diagnóstico evita tanto el pesimismo como la idealización. Sabe que no están masivamente presentes en las parroquias, pero también que no están ausentes de la búsqueda espiritual. Aprecia en ellos una sensibilidad aguda hacia la autenticidad, una fuerte preocupación por la justicia y una cierta desconfianza hacia lo institucional cuando se percibe rígido o autorreferencial. Pero, al mismo tiempo, reconoce su apertura a experiencias intensas: retiros, espacios de silencio, voluntariado, encuentros donde la fe se vive más que se explica.

Desde ahí, León XIV intuye una clave pastoral fundamental: no se trata de recuperar a los jóvenes mediante estrategias de atracción, sino de traducir la fe a un lenguaje significativo para su experiencia vital. Esto implica un desplazamiento importante; de la transmisión doctrinal como punto de partida a la experiencia como lugar de encuentro; de exigir pertenencias claras desde el inicio a acompañar procesos abiertos, a veces largos, siempre personales. En su comprensión teológica, esto no es una rebaja, sino una vuelta a lo esencial. En las fronteras, la fe se despoja de lo accesorio y se expresa en gestos concretos —escucha, cuidado, dignidad— que hacen visible el Evangelio antes de nombrarlo.

El desafío es evitar una convivencia superficial donde los migrantes sean meros usuarios de servicios religiosos sin verdadera integración en la vida comunitaria

También sabe que la Iglesia en España ya no es culturalmente homogénea. La presencia de fieles provenientes de América Latina, África, Asia y otras partes de Europa está transformando el rostro eclesial. No se trata solo de diversidad sociológica, sino de una verdadera interculturalidad en gestación. León XIV reconoce aquí tanto un desafío como una oportunidad. El desafío es evitar una convivencia superficial donde los migrantes sean meros usuarios de servicios religiosos sin verdadera integración en la vida comunitaria. La oportunidad, mucho más profunda, es dejarse renovar por estas comunidades, que a menudo traen una vivencia de la fe más expresiva, más comunitaria y más vital.

En cuanto a los procesos eclesiales, el papa es consciente de los esfuerzos realizados: planes diocesanos, itinerarios, dinámicas sinodales. Valora estos intentos como signos de una Iglesia que quiere responder a su tiempo. Pero también identifica un riesgo claro: multiplicar estructuras, documentos y programas sin que haya una verdadera conversión pastoral. Su discernimiento es nítido: no se trata de hacer más cosas, sino de hacerlas desde otro espíritu. Un espíritu menos centrado en la autoconservación y más abierto a la misión, menos preocupado por la eficacia organizativa y más atento a la fecundidad evangélica.

En síntesis, lo que León XIV sabe de España no es una colección de datos, sino una imagen pastoral. Una Iglesia que ha dejado de ser “casa común” para convertirse en “tienda en camino”. Una Iglesia más pequeña, ciertamente, pero también con la posibilidad de ser más consciente, más libre, más evangélica. Una Iglesia menos influyente socialmente, pero más capaz de ofrecer sentido desde su propia fragilidad. Y ahí se sitúa su convicción pastoral más profunda: España no es un problema que resolver, sino un proceso que acompañar. Porque la fe no ha desaparecido; está mutando. Late en parroquias discretas, en jóvenes que buscan sin etiquetas claras, en migrantes que rezan con otros acentos, en periferias donde el Evangelio se traduce en servicio. Lo decisivo, para León XIV, no es reconstruir lo que fue, sino reconocer, cuidar y proponer de nuevo lo que ya está naciendo.

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