León clama contra la violencia contra las mujeres y la soledad en una multitudinaria vigilia en Montjuic
Vibrante vigilia ante más de 40.000 jóvenes en los que el Papa reclama una sanidad pública de calidad, clama contra la soledad y reivindica el poder del perdón: "Somos pecadores perdonados, estamos en paz y somos capaces de perdonar. Capaces de ser portadores de paz”
La capacidad de sorpresa de León no tiene límites. Después de que nos enterásemos (sin confirmación oficial, eso sí) de que Bud Bunny había sido recibido por el Papa, y a la espera de una posible actuación de Rosalía, Prevost volvió a manejar indistintamente el catalán y el castellano, ahogando polémicas estériles en alguien que apuesta por la universalidad, y asistió, emocionado y convencido, a una magnífica vigilia de oración, testimonios y arte en el Estadi Olìmpic (Lluís Companys, para los ultras).
Antes, en un emocionante acto, el Papa bendijo 31 ambulancias del proyecto de la Fundació Santa Claro, que esta misma noche partirán con destino Ucrania. La misión, liderada por sor Lucía Caram, bien merecía que León XIV descendiera a los bajos del estadio para acompañar a aquellos que acompañan a los más débiles. Habrá crónica, emocionada, sobre ello. Con Aprendiz de Gaudí incluido.
Ya en el estadio, acompañado por el cardenal Omella (si Madrid ha sido la ‘coronación’ de Cobo, Barcelona será la culminación de un pontificado fecundo, mal que pese a algunos, del arzobispo de Cretas), Prevost respondió a varias preguntas-testimonio, alternando el catalán y el castellano. Antes, se paseó entre los más de 40.000 fieles que poblaban el estadio, y asistió a una torre de castellers. Y comprobó el amor y la devoción que los barceloneses tienen a su cultura, sus tradiciones, su idioma, y a 'su' Gaudí, cuya obra magnífica, la Sagrada Familia, conocerá mañana.
La idolatría del beneficio y el rendimiento
El primero de ellos, de un joven recién convertido, sirvió para que el Papa, además de felicitar al nuevo catecúmeno, reflexionara sobre el descubrimiento de la fe, y la necesidad de “ensanchar espacios de vida”, sin olvidar que “necesitamos otra agua para saciarnos más profundamente”.
“Nuestro deseo de verdad y de felicidad necesita un horizonte más grande. Y esta inquietud es un don que Dios mismo nos ha dado: estamos hechos a medida del infinito y por eso, todo horizonte finito, todo paso, toda conquista, mientras nos satisface al mismo tiempo nos impulsa hacia adelante y nos invita a seguir buscando, a buscar avanzando, pero, sobre todo, a buscar “descendiendo interiormente”, es decir, yendo a lo profundo”, subrayó el Papa.
De nuevo en catalán, León XIV denunció cómo “la idolatría del beneficio y del rendimiento, el afán de tener que producir siempre y ser vencedores, así como el culto a la propia imagen, no son más que anestésicos para adormentar nuestra conciencia y adaptarla a una cierta idea de sociedad”.
La inquietud da miedo
En cambio, “cuando las personas aprenden a detenerse, a dar valor a las cosas importantes, a apreciar el tiempo de modo nuevo y a pensar en la propia vida dejándose iluminar por el Evangelio, desarrollan también un pensamiento crítico respecto a un sistema social que no pone a la persona en el centro y provoca situaciones de injusticia y de pobreza existenciales a diversos niveles”. “Es por eso que la inquietud da miedo, así como el descubrimiento de la interioridad, de la espiritualidad y aún más del Evangelio”, finalizó.
La segunda idea giró en torno a la necesidad de trabajar “en este mundo”. “Es dentro de esta sociedad que tú y tantos otros habéis descubierto el valor de una vida más humana, más plena, abierta al encuentro con Dios y a la alegría de la fe”, lo que supone que, “a pesar de las dificultades, el lugar en el que Dios se hace presente y donde debemos encontrar sus huellas es siempre en la realidad donde nos encontramos”.
Así, animó a “cultivar esta inquietud y hacerle espacio”, sin “dejarnos abrumar por los ritmos y las seducciones externas, cultivando espacios de silencio, deteniéndonos quizá algunos minutos al día para leer el Evangelio y hablar con Dios, y también tratando de hacer este camino interior junto con otros”.
"La enfermedad silenciosa" de la depresión, y el suicidio
El segundo testimonio abordó la depresión, la oscuridad, los intentos de suicidio. Y una pregunta: ¿Dónde podemos ver a Dios cuando la oscuridad es absoluta y ya no podemos más? ¿Cómo podemos confiar en Dios, cuando parece que nada, ni uno mismo, vale la pena?”.
El Papa admitió estar conmovido ante las palabras de la joven y su “fuerza” para narrarlas. “Te has levantado y has retomado el camino y este es un milagro maravilloso”, subrayó el Papa, quien hizo hincapié en la “enfermedad silenciosa” que supone la depresión. “Es importante tomar conciencia de cómo la salud mental se ve cada vez más amenazada en el contexto de sociedades que se consideran avanzadas”.
“Es importante tomar conciencia de cómo la salud mental se ve cada vez más amenazada en el contexto de sociedades que se consideran avanzadas”
“Es una señal de que hay algo profundamente erróneo en una cierta idea de crecimiento que somete a las personas a presiones, expectativas y tensiones que comprometen equilibrios fundamentales”, glosó el Papa. “Por eso se necesita un sistema sanitario que incluya entre sus prioridades este malestar invisible y generalizado, que afecta también a los jóvenes”, añadió.
“ Tus palabras, sin embargo, también nos han mostrado que el dolor pone a prueba la fe y el sentido que le damos a la vida. Esto es cierto para todos, no sólo para quienes en algún momento atraviesan la prueba de la enfermedad”, culminó. “Hay momentos de oscuridad y de sufrimiento que nuestra sociedad hace callar, porque precisamente algunos modelos culturales nos quieren siempre vencedores y perfectos y, por eso, el límite, la fragilidad y el dolor deben ser eliminados, confinados al silencio ensordecedor de la soledad o incluso de la vergüenza”, reflexionó, admitiendo que “podemos pensar instintivamente que también Dios nos haya abandonado. Pero la cruz de Jesús nos dice que Dios no nos abandona, que Él sigue crucificado con nosotros en el momento del dolor y de la soledad extrema, que Él recoge no sólo nuestras lágrimas, sino el grito de nuestro sufrimiento que otros no escuchan”.
"No debemos espiritualizar el dolor"
Cuando Dios parece ausente, clamó, “queremos confiarle las cargas que llevamos en el corazón, incluso gritándole a Él, incluso protestando como Job”, pero “no podemos hacerlo solos”.
“En las horas de dolor, al menos en cuanto sea posible, debemos abrirnos a alguien que nos ayude a expresar una oración sencilla, que nos acompañe con discreción sin la prisa de explicarnos ese dolor, que nos tome de la mano y nos haga salir de ese grito”, pidió, con un mensaje claro: “No debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la “voluntad de Dios” o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas”. Porque “Dios no quiere el sufrimiento”.
¿Cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre?
El tercer testimonio, de violencia intrafamiliar, de reconstrucción, de salvación y de la dificultad del perdón, hizo vibrar al Papa. “¿Cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre? ¿Cómo puedo reconciliarme de verdad con Dios?”
Prevost agradeció al joven “la valentía de preguntar cómo es posible perdonar a quien nos ha hecho mal”, denunciando el “clima envenenado en las relaciones familiares de abusos y opresiones, y en particular de violencia contra las mujeres, que a menudo desembocan lamentablemente también en feminicidios”.
“Esta realidad dramática estamos llamados a abordarla todos, sea personalmente, sea como sociedad, porque a nosotros nos corresponde afrontarla en todas sus dimensiones”, clamó. “Si existe la violencia, si triunfa el egoísmo, si incluso el amor entre familiares se transforma en odio, debemos hacernos algunas preguntas a nosotros mismos, a las dinámicas de nuestra sociedad, a la cultura del individualismo, a la tentación de la violencia, y no a Dios”, reflexionó.
Pese a todo, añadió, “debemos aprender a mirar el perdón, poderosa medicina contra el mal que sana nuestras heridas interiores, como algo que forma parte de un proceso, de un camino”.
“El mismo Evangelio, si lo leemos como un libro de indicaciones, de mandamientos y de deberes, corre el riesgo de causarnos mucho desánimo y frustración, porque Jesús nos invita al perdón y nosotros experimentamos que no somos capaces”, admitió. Sin embargo, el Papa advirtió que el perdón “es un camino largo, es un proceso que requiere mucha paciencia, es un trabajo que debemos hacer con nosotros mismos, tanto personalmente como por medio de otros itinerarios de acompañamiento y reconciliación interior. Y es necesario no desanimarse: en el perdón se avanza con pequeños pasos”.
Porque ”la reconciliación con la historia es gradual y, sobre todo, no debemos pensar que el perdón equivalga siempre y en todos los casos a volver a la situación anterior”, especialmente “cuando el hecho ha sido marcado también por la violencia”.
“Se puede permanecer en la buena disposición del corazón hacia la persona, rechazar toda forma de odio o de venganza, esforzarse por reparar la relación en la medida de lo posible y, quizá, rezar por él o por ella” propuso León. “Todo esto nos ayuda a entrar cada vez más en la dinámica del perdón y a reconciliarnos con Dios y con los demás. Somos pecadores perdonados, estamos en paz y somos capaces de perdonar. Capaces de ser portadores de paz”.
Finalmente, la homilía (ver AQUÍ), en la que el Papa invitó a "no juzgar las “noches”; ni las noches de nuestra vida, ni las de la Iglesia, ni las de la sociedad que nos rodea". "En la noche, debemos en cambio ponernos en camino como hace Nicodemo, seguir interpelando al Señor, abrirnos al viento del Espíritu para acoger la noche ya no como el signo de un fracaso sino como el inicio de una nueva vida. Y pensando en nuestro camino personal, pero también en las noches de nuestro camino eclesial y de España, de sus ciudades, de sus antiguas y nuevas pobrezas, de su sociedad y cultura, podemos entonces preguntarnos: ¿cuáles son las noches que atravesamos? ¿Qué nos sugieren? Entrando en ellas y mirando con humildad y sin prejuicios la realidad de lo que somos, ¿qué estamos llamados a cambiar?, ¿dónde debemos renovarnos, en qué dirección queremos ir, qué sociedad queremos construir?"
