El León que se hizo Magno en España

El Papa y los Reyes en el palacio real
El Papa y los Reyes en el palacio real

Llegó a España tras un año de ejercicio del papado (un oficio de los más complicados del mundo y que hay que ir aprendiendo poco a poco) con una imagen pública de Papa humilde, sereno, tranquilo y que escucha. Pero España le transformó y, en España, pasó de León XIV a León Magno.

En tan sólo una semanita, el Papa de la ternura consiguió toda una apoteosis triunfal en Madrid, Barcelona y Canarias, contando con el hándicap de que las dos primeras figuran entre las urbes más secularizadas de Europa.

Misa en Cibeles
Misa en Cibeles | Ep

¿Cuáles son las razones de este rotundo éxito papal? Es evidente que se esperaba una acogida general franca y cordial. Una acogida total por parte de los creyentes, que sienten la necesidad de percibirse como tales en las calles y plazas del país, cuando hasta no hace nada proclamarse públicamente católico era algo vergonzante.

Pero la acogida fue brutal e inesperada también a nivel laico y social, no solo de las grandes masas, sino de los dirigentes sociales y políticos de todo el espectro parlamentario, que puestos en pie le dedicaron una ovación de siete minutos.

¿Qué pudo haber provocado el éxito del Papa tranquilo en España?

La gente está harta y hastiada de tanta confrontación, tanta corrupción y tanta falta de valores. Y buscó en el Papa al ícono moral global, al referente mundial, al hombre de la esperanza, al que encarna la sabiduría bimilenaria de la Iglesia, al jefe de la institución que, a pesar de sus sombras, sigue dando sentido y esperanza a más de mil trescientos millones de personas en el mundo.

También ha enamorado a los españoles la ternura y la delicadeza de un Papa que se le ve buena persona y que, quizás por eso, atrae a le gente más humilde, que lo ve como uno de los suyos. Derrocha autenticidad.

Además, León atrae a más gente, porque provoca menos rechazo que Francisco. Hemos pasado de un Papa profético y rompedor a un Papa obsesionado por la unidad de la Iglesia y, por lo tanto, mucho menos radical. El caso es que se le percibe como más moderado, más centrado y menos rompedor.

La gente le ha visto como un ser de luz, en medio de tantas oscuridades, guerras, enfrentamientos y amenazas. En medio de un clima de polarización creciente y de unos líderes políticos que sólo se hablan para insultarse. Se ha visto también al Papa como el portador de la ética del sentido común, que tanta falta hace.

La gente le ha percibido, por otra parte, como el Papa de la empatía y de la inteligencia emocional. No apabulla con su presencia, pero hace sentir en confianza. Es decir, León XIV presenta una forma diferente de ser líder y de ejercer el liderazgo.

Aunque no lo ha buscado ni lo quiere, la gente le ha colocado en el papel de liderazgo global anti Trump. El único que puede hacer frente a su matonismo desde la peana de su autoridad moral mundial.

A Donald Trump no le gusta el Papa
A Donald Trump no le gusta el Papa

Con su encíclica Magnifica Humanitas se ha convertido, asimismo, en una especie de abogado defensor de la humanidad ante el temor y el peligro que representa la IA y los tecnócratas que la dirigen, y que nos están arrastrando hacia un mundo donde manda y reina el algoritmo por encima de la persona humana y de su dignidad sagrada.

León XIV tiene que hacer frente a los tecnócratas del algoritmo y al Maga de Trump y, para eso, necesita buscar aliados potentes. Para defender el humanismo contra el posthumanismo, León XIV intentó que España, con su cultura católica tan potente todavía y su capacidad de influencia en toda Latinoamérica (con países mayoritariamente católicos), sea su aliada en esta 'cruzada' o, mejor, llamarle batalla socio-cultural-religiosa. Y España ha respondido afirmativamente a su llamada. Al menos por los millones de personas que han salido a la calle. ¿Lo entenderán también los políticos y los propios obispos?

En Cataluña, León XIV vino a demostrar que la Iglesia ha sido y sigue siendo la máxima productora de arte en la historia de la humanidad. La Sagrada Familia es de una belleza tal que cumple con la máxima eclesial de 'por la belleza hacia Dios'. Además, allí se valoraron todas sus virtudes y una más: su capacidad de adaptación, su cintura, para leer los discursos antes de pronunciarlos e introducir abundantes morcillas en catalán, consciente, como misionero que fue, de que la lengua es el alma de la cultura y del pueblo catalán, más allá de cualquier tipo de nacionalismo.

En su brillantísimo recorrido por suelo español, solo se le pueden poner dos pegas, una muy seria y la otra menor, pero simbólica. La seria fue el tratamiento a las víctimas. Nadie entiende que, con lo fácil que lo tenía, el cardenal Cobo se complicase tanto la vida invitando al encuentro con el Papa solo a algunas de las víctimas más afines y controladas, dejando fuera a las asociaciones más beligerantes. Con lo fácil que sería haber invitado a Juan Cuatrecasas y a Miguel Hurtado, los aglutinadores de las asociaciones de víctimas. El miedo y la prudencia excesiva siempre son malos consejeros.

El borrón menor, pero con fuerte carga simbólica, fue la ausencia del papamóvil por las calles del Lucero, donde llegó en el BMW blindado. ¿Un barrio popular y periférico es menos seguro para el Papa que la Castellana o el barrio de Salamanca?

El Papa en la Sagrada Familia
El Papa en la Sagrada Familia

Salvo esos dos fallos y en medio de un engranaje logístico casi perfecto, el papa provocó el efecto León, que lo convirtió en el Papa Magno, que, allá por donde pasó, fue haciendo milagros

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