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Sólo ante Dios y un niño hay que ponerse de rodillas. El mantra que, desde hace décadas, viene repitiendo ese apóstol de la solidaridad que es el padre Ángel García, fue universalizado este domingo, ante más de un millón de fieles (1,2 millones, según la organización), en la madrileña plaza de Cibeles. En una histórica ceremonia del Corpus (es la primera vez que un pontífice celebra una de las mayores fiestas de la fe en la capital de España), León XIV pidió a los fieles de "la España de hoy y de mañana" una lección tan sencilla como sublime: "arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano".
"Una escuela de la fe de la que beber también hoy", apuntó el Papa en su homilía, reivindicando el pasado, y el presente, de la religiosidad en España. "Una escuela que nos enseña la gratuidad del amor que se hace don, para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de todo egoísmo; una escuela de la que aprendemos que Dios es presencia real y que también nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común", insistió.
Después de recorrer las calles de Madrid desde el Ramiro de Maetzu por Serrano, bajando hasta una repleta plaza de Colón, hasta el palacio de Cibeles (convertido en una improvisada y gigantesca sacristía, donde varios miles de sacerdotes se revistierion, y de donde salieron decenas de miles de patenas para la comunión), Prevost -siempre acompañado por el cardenal Cobo- admitió presidiri la misa del Corpus "con el corazón colmado de alegría" en este su segundo día en España.
La Familia Real al completo, a la izquierda del presbiterio, le aguardaban. También Isabel Díaz Ayuso o la ministra de Educación, Milagros Tolón, el ex presidente Aznar o Feijóo se encontraban entre los invitados. El alcalde Madrid, José Luis Martínez Almeida, entregó al pontífice las llaves de la ciudad.
"Estamos reunidos en torno a la Eucaristía, el don de la presencia viva de Cristo en medio de nosotros. Él, que quiso ofrecernos su vida para hacernos entrar en la comunión del Padre y convertirnos en hijos suyos, está aquí, como Pan vivo bajado del cielo, que nos alimenta con la misma vida de Dios, con un amor más fuerte que la muerte", comenzó León XIV su homilía, subrayando que "el Corpus Christi no es una fiesta más del calendario litúrgico, sino un volver a las raíces de la fe para renovar el amor y la fidelidad a Dios".
"Las solemnes procesiones de este día han plasmado durante siglos la piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo español y, todavía hoy, expresan y manifiestan el sentimiento espiritual de este país también a través de la belleza y la elegancia de las alfombras florales, de los altares en las calles, del cuidado de las custodias y de los expositores, de los cantos y de los ornamentos", subrayó (en las calles de Madrid había varias alfombras de flores), apuntando que "no se trata de una manifestación exterior, de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético: aquí se trata de la fe en la presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en medio de nosotros, que se hace pan para nuestra hambre de vida y visita los rincones de nuestro corazón y de nuestra historia, también los más oscuros".
Porque en la Eucaristía "Cristo se entrega como alimento", y en la procesión demuestra que "Él no permanece encerrado en el templo, sino que sale a nuestro encuentro". Porque, afirmó el Papa, "Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana".
"Él es el Dios cercano que camina con su pueblo, el Señor de la historia, consuelo de los débiles, luz para las familias, esperanza para los enfermos, paz para quien sufre. El Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados. No es casual que aquí, en España, la Iglesia haya unido durante años la solemnidad del Corpus Christi con el Día de la Caridad", recalcó León XIV, quien insistió en que "no se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar la mirada, a acoger su presencia que nos transforma y nos hace constructores de un mundo nuevo".
"Se trata de “recordar” precisamente para no olvidar quién es el Señor, para no caer en la tentación de confiar en otros ídolos y alimentarse de un pan que no sacia". En este sentido, el Papa recordó a san Manuel González, el obispo de los sagrarios abandonados, pidiendo volver a Dios "con amor sincero". "Abrámonos al encuentro con Él, dejemos que hidrate las sequedades de nuestro corazón, para salir después a los caminos de la vida y de la historia y llevar entre la gente esta corriente de agua fresca, corriente de amor, de paz, de justicia y de alegría. Bebamos de nuevo de esta fuente eucarística, que no nos encierra en una devoción privada, sino que nos envía a regar a los hermanos, a las familias, a los pobres, a quienes sufren, a quienes han perdido la esperanza".
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