León XIV, en el Congreso: "El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca"
"Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio" reclama el Papa en un histórico discurso ante las autoridades políticas
"Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio". León XIV 'bajó al barro' en su esperado, e histórico, discurso en el Congreso de los Diputados. Un discurso largo, bien trazado, en el que el Papa reivindicó la memoria, la dignidad de toda persona humana más allá de las 'prioridades nacionales', pero también la defensa rotunda de la vida, desde su gestación hasta su momento último ("Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona", apuntó), recordó a las parlamentarios su "responsabilidad" para bajar el tono y defendió "que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional" ante un mundo que "atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural".
La búsqueda de la paz, el diálogo y el entender que trabajar para el futuro es tarea de todos, fueron otros de los ejes de las palabras del pontífice. "La paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral", incidió el Papa, quien añadió que la paz "reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia".
Tanto en España como en en "el plano internacional", donde "la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo".
Un gesto de cercanía a España
"Mi presencia entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana", apuntó el pontífice, quien resaltó que, "cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar". Mirando a los asistentes, el Papa reconoció que "en este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social".
"Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes", trazó el pontífice, quien reivindicó la historia de España, "en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente".
"España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa", incidió León XIV, con citas de Cervantes y Santa Teresa, y referencias a la Escuela de Salamanca, desde donde nacieron, en buena medida, los derechos humanos, pese a todo. Porque, señaló el Papa, "hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana".
La Escuela de Salamanca y la dignidad de todo ser humano
"La Escuela de Salamanca (...) contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional", añadió Prevost, quien quiso actualizar esta herencia en la vida de hoy.
"Ese legado vive también en estas Cortes", recalcó el Papa, quien insistió en que "el progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías". Todo, desde una única óptica: "toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana", que le pertenece "por el hecho mismo de existir", advirtió, aterrizando sobre la cuestión de la defensa de la vida, tan polarizada en España.
"Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?"
"Me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco", arrancó. "Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?", se preguntó León XIV, quien incidió, con radicalidad, que "la defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización".
"Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad", afirmó. Al tiempo, destacó la "particular importancia la familia" o las instituciones educativas, antes de entrar en otro de los grandes temas, el de la migración.
El trágico drama migratorio
"El trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional", sostuvo el Papa, quien añadió que "esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos".
"La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos", subrayó Prevost, quien alertó de las rutas migratorias, "cada vez más peligrosas", que "han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral".
"Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana", recalcó el pontífice, antes de entrar en el último tramo de su intervención, en la parte más 'política' de la misma.
La paz, una exigencia moral
"El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca", apuntó. En este contexto, añadió, "la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral". "Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia".
En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional
No solo en nuestras fronteras, sino especialmente "en el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional". En un nada escondido dardo a las políticas de Trump, el Papa recalcó que "toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera".
De ahí su preocupación por que el mundo, y especialmente Europa, "vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional". "La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza", sostuvo.
Pluralidad, respeto y cultura de la reciprocidad
Junto a ello, "es urgente construir una cultura de la reciprocidad", porque "la pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario". "En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos", propuso el Papa, quien recordó que "la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación".
La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación
Y también se protege a través del lenguaje. "Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje». La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación", fue el 'mandato' del Papa a los políticos.
Respeto. Y, junto a él, "el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios". Y una "cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas". Porque "la libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe".
Libertad religiosa de conciencia
Por eso, "toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida", clamó el Papa, en una cerrada defensa de la libertad religiosa. "La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública", recordó, reivindicando la vigencia del sigilo sacramental de la confesión, en riesgo en algunos países, como Francia.
Toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír
Finalmente, y contemplando el 'cielo' de la Cámara, el Papa advirtió una pintura del muro principal, con la recepción del Evangelio y elDecálogo. "Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana". León miró al cielo del hemiciclo, e invitó a los políticos a "alzar la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír".
"Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral", clamó.
"España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa", finalizó el pontífice, rogando "que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio". Un discurso para aplaudir, reflexionar y pensar. Y para trabajarlo.
