León XIV en España: alzar la mirada, buscar y proclamar la verdad
"Desde la Casa del Señor Santiago, desde esta tierra del finis terrae, confiamos y albergamos la esperanza de que el Santo Padre León XIV pueda visitar Santiago de Compostela durante el Año Santo 2027"
(Archicompostela.org).- Durante los últimos días he tenido la gracia de acompañar al Santo Padre León XIV en su histórico y primer viaje apostólico a España. Han sido jornadas intensas, humanas y profundamente espirituales, de hondo calado para la vivencia y celebración de la fe.
He visto al Papa rezar con los jóvenes, escuchar y acercarse a los pobres, abrazar a los migrantes, dialogar con responsables políticos y culturales, encontrarse con los presos, consolar a quienes sufren y recordar a todos que la Iglesia sigue teniendo una palabra y un gesto que ofrecer al corazón del mundo.
Mientras los ecos de su visita aún resuenan en plazas, templos, estadios y calles, me atrevo a afirmar que España no ha recibido únicamente a un Papa. España ha recibido una invitación. Una invitación a levantar la mirada, a buscar la verdad, a recuperar el encuentro y a redescubrir la dignidad de toda persona humana.
El lema elegido para esta peregrinación apostólica fue sencillo y profundo: «Alzad la mirada«. Y precisamente eso hizo León XIV durante todo el viaje: mirar a España con los ojos de Dios, desde la luz del Evangelio.
Madrid: la verdad frente a la división
La primera gran etapa del viaje tuvo como escenario Madrid, donde desde el primer momento León XIV quiso dirigirse a la conciencia de toda la nación. En el Palacio Real, durante el encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático, pronunció uno de los discursos más relevantes de toda la visita. No habló de estrategias ni de intereses. Habló de verdad. Habló de reconciliación. Habló de la necesidad de superar las narrativas que enfrentan a unos españoles contra otros y de reconstruir la confianza sobre los pilares del diálogo, el respeto y el bien común.
Escuchándolo, comprendí que el Santo Padre identificaba con claridad una de las heridas más profundas de nuestro tiempo: la tendencia a convertir las diferencias legítimas en divisiones irreconciliables. Frente a esa lógica de la confrontación permanente, propuso la cultura del encuentro, convencido de que sólo el diálogo sincero y la búsqueda compartida de la verdad pueden garantizar una convivencia sólida y fecunda.
Pero León XIV no quiso que aquellas palabras quedaran únicamente en el ámbito de los discursos institucionales. Horas después se dirigió al proyecto social CEDIA 24 horas, donde encontró rostros concretos de sufrimiento y esperanza. Allí estaban las historias reales que dan sentido a toda acción política y social: madres que luchan por sacar adelante a sus familias, inmigrantes que buscan una oportunidad, voluntarios que entregan generosamente su tiempo y personas heridas por la vida que han encontrado en la caridad un refugio para volver a empezar. En aquel encuentro el Papa nos recordó que ninguna sociedad será verdaderamente humana mientras no sea capaz de hacer suyo el dolor de los más vulnerables. La alegría y el sufrimiento de cada persona, nos dijo con su cercanía y sus gestos, deben convertirse en la alegría y la esperanza de todos.
Madrid fue también la ciudad de los jóvenes. En la Plaza de Lima miles de ellos escucharon una llamada directa y valiente: “No tengáis miedo”. No tengáis miedo de la vocación, del matrimonio, de la entrega, de la verdad. En una época dominada por el ruido permanente, León XIV les pidió redescubrir el silencio para escuchar la voz de Dios y discernir entre las muchas voces que intentan ocupar el corazón humano.
Todavía resuena en mi memoria una de sus frases más contundentes: “Buscad siempre la verdad”. No era una simple exhortación moral. Era una respuesta al desconcierto de una generación que a menudo encuentra más información que sabiduría, más opiniones que certezas.
La culminación de aquellos días en Madrid llegó con la celebración de la Santa Misa en la Plaza de Cibeles, en la solemnidad del Corpus Christi. Allí León XIV nos recordó que Jesucristo no permanece encerrado en los templos, sino que sale al encuentro de las personas y habita los lugares concretos de nuestra vida cotidiana. Fue una imagen poderosa: el Señor caminando por las calles de una gran capital moderna para recordar que ninguna sociedad puede construir su futuro olvidando el alma que la sostiene. En el corazón de Madrid, ante una multitud congregada para celebrar la fe, el Papa mostró que la Eucaristía no es una realidad aislada, sino una presencia viva que impulsa a los cristianos a salir al encuentro del mundo y a transformar la realidad desde la caridad.
Tras aquella celebración, uno de los momentos intelectualmente más profundos del viaje tuvo lugar en el encuentro «Tejer redes con el mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte«, celebrado en el Movistar Arena. Allí León XIV dirigió su mirada a quienes tienen una responsabilidad especial en la construcción de la sociedad: creadores, investigadores, empresarios, deportistas, artistas y representantes de distintos ámbitos de la vida pública.
El Santo Padre formuló una reflexión que considero esencial para comprender el horizonte de su pontificado. Reconoció que vivimos en una sociedad extraordinariamente capaz de producir, innovar y comunicar, pero advirtió que todavía necesitamos aprender a custodiar el alma de aquello que generamos. No basta con preguntarnos qué podemos hacer; es igualmente necesario preguntarnos para qué lo hacemos, al servicio de quién ponemos nuestros conocimientos y qué tipo de humanidad estamos ayudando a construir.
Aquellas palabras remitían directamente a algunas de las preocupaciones que atraviesan su encíclica Magnifica humanitas, especialmente ante los desafíos que plantean la inteligencia artificial, la revolución tecnológica y los profundos cambios culturales de nuestro tiempo. La cuestión central no es únicamente el progreso técnico, sino el sentido humano de ese progreso. Recuerdo el silencio que se produjo cuando el Santo Padre lanzó una pregunta que resonó en todo el auditorio: “¿Qué significa ser verdaderamente humano?”. Era una cuestión dirigida no sólo a los creyentes, sino a toda la sociedad.
Al día siguiente, esa misma preocupación por la dignidad de la persona estuvo presente en el encuentro con los miembros del Parlamento español, en el Congreso de los Diputados. Ante los representantes de la soberanía nacional, León XIV volvió a situar al ser humano en el centro de toda reflexión política. Más allá de ideologías o intereses partidistas, invitó a preguntarse qué lugar ocupa realmente la persona en las decisiones que afectan al presente y al futuro de la nación.
Fue una intervención serena, pero profundamente exigente, en la que recordó que la política alcanza su verdadera nobleza cuando se convierte en servicio al bien común. Una política que no pierda de vista a quienes sufren, a los más vulnerables y a quienes corren el riesgo de quedar olvidados en los márgenes de la sociedad. En continuidad con sus palabras del día anterior, el Papa recordó que toda construcción social necesita estar sostenida por una visión integral del ser humano.
Especialmente emotivo fue también el encuentro con los obispos españoles en la sede de la Conferencia Episcopal Española. Allí el Papa nos habló con la cercanía de un pastor que se dirige a sus hermanos en el episcopado. Nos animó, haciendo mención expresa a los peregrinos del Camino de Santiago, a caminar unidos, a no dejarnos vencer por el desaliento y a mantener viva la pasión evangelizadora en una sociedad cada vez más necesitada de esperanza.
No fueron palabras de estrategia pastoral, sino de profunda fraternidad eclesial. Percibí en ellas la preocupación de un padre que conoce los desafíos de la Iglesia actual y que invita a afrontarlos con confianza, humildad y fidelidad al Evangelio. León XIV nos recordó que la misión de la Iglesia nace siempre del encuentro con Cristo y se concreta en una cercanía renovada con las personas y con sus búsquedas más profundas.
Al día siguiente, antes de concluir su etapa madrileña, León XIV quiso encontrarse con los voluntarios en IFEMA. Allí aparecieron de nuevo los rostros concretos de la entrega silenciosa: personas que ofrecen su tiempo, sus capacidades y su cercanía para hacer posible que otros puedan ser acogidos y acompañados. El Papa quiso agradecer esa generosidad cotidiana y recordó que una sociedad verdaderamente humana se construye también desde esos gestos discretos de servicio.
Barcelona: la fe que abraza las heridas
Si Madrid fue la ciudad del diálogo con la sociedad, Barcelona fue la ciudad de los grandes interrogantes del corazón humano.
Acompañando al Santo Padre por las calles de la Ciudad Condal percibí una constante: su deseo de encontrarse con las heridas reales de las personas.
Lo vimos en el Estadio Olímpico de Montjuïc donde León XIV dejó algunas de las palabras más conmovedoras de todo el viaje. Las preguntas de dos jóvenes sobre el sufrimiento, las heridas personales y la posibilidad del perdón llevaron al Papa a abordar una realidad que afecta a tantas personas de nuestro tiempo.
Me impresionó especialmente que no recurriera a respuestas fáciles. No intentó espiritualizar el dolor ni minimizar el peso de las heridas humanas. Reconoció que existen sufrimientos que dejan huellas profundas y que el camino hacia la reconciliación requiere tiempo, verdad y acompañamiento. El perdón, explicó, no significa justificar el mal ni olvidar lo ocurrido, sino impedir que el odio tenga la última palabra sobre nuestra vida.
Aquella noche comprendí que miles de jóvenes no estaban escuchando únicamente a un Papa. Escuchaban a un pastor que conocía el lenguaje de las heridas y que se atrevía a hablar de esperanza sin ignorar el sufrimiento.
Esta cercanía con las heridas humanas se manifestó también al día siguiente en la visita al centro penitenciario de Brians, donde recordó que nadie puede ser reducido a sus errores y donde reivindicó la esperanza como camino de verdadera reinserción con estas palabras: “A cada uno os digo: ¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor!”
Del mismo modo, en Montserrat, la oración ante la Moreneta evocó las raíces espirituales de un pueblo que ha aprendido a buscar a Dios entre montañas y silencios.
Pero fue en la Basílica de la Sagrada Familia donde aquella reflexión alcanzó una dimensión especial. Allí, rodeados por la obra inmortal de Antoni Gaudí, León XIV habló de la cruz de Jesucristo como estandarte de caridad y de una fe capaz de transformar la piedra en luz.
Observándolo celebrar la Eucaristía bajo aquellas bóvedas que parecen elevarse hacia el cielo, comprendí que el Papa veía en la belleza no un lujo cultural, sino un camino privilegiado hacia Dios. La belleza auténtica no distrae de la verdad, la revela.
Canarias: el Evangelio en las fronteras geográficas y humanas
La última etapa del viaje nos condujo a las Islas Canarias. Allí encontré a un León XIV especialmente conmovido.
Canarias representa hoy una de las fronteras humanas más visibles de Europa. Miles de migrantes llegan a sus costas buscando futuro, seguridad y dignidad. El Papa quiso mirar de frente esa realidad.
Visitó centros de acogida, escuchó testimonios de sufrimiento y esperanza y compartió momentos de oración con quienes han dejado atrás sus hogares para emprender travesías inciertas.
Lejos de cualquier simplificación ideológica, León XIV recordó que el fenómeno migratorio exige respuestas responsables y coordinadas. Pero también insistió en una verdad esencial: antes que estadísticas o debates políticos, estamos hablando de personas.
En el puerto de Arguineguín y posteriormente en Tenerife, el Santo Padre insistió en que la solidaridad nace del reconocimiento de la dignidad humana. Aquellas palabras encontraron una enorme resonancia entre quienes trabajan diariamente en la acogida de migrantes.
Quizás fue precisamente en Canarias donde apareció con mayor claridad el corazón del viaje. Allí el Papa habló de una humanidad llamada a intercambiar dones, a encontrarse desde la fraternidad y a construir una auténtica civilización del amor.
Mientras observaba aquellos encuentros, pensé que León XIV estaba proponiendo una visión profundamente cristiana y profundamente humana de nuestro tiempo: nadie puede salvarse solo; todos necesitamos caminar juntos: “La gracia más grande es que nos dejemos evangelizar por aquellos a quienes socorremos.”
Un viaje que deja una semilla
Al concluir esta visita apostólica, me llevo la profunda experiencia de haber acompañado a un pastor cercano, atento a las inquietudes del mundo actual y capaz de responder a ellas con valentía evangélica.
- León XIV no vino a España para alimentar debates pasajeros. Vino para recordar aquello que permanece.
- Nos habló de la verdad en una época de confusión.
- Nos habló de la dignidad humana en una época de descarte.
- Nos habló del encuentro en una época de polarización.
- Nos habló de esperanza en una época tentada por el desencanto.
He visto multitudes recibirlo con afecto sincero. He visto jóvenes emocionados. He visto lágrimas discretas en quienes se sintieron escuchados. He visto una Iglesia viva y un pueblo que, a pesar de todas sus dificultades, sigue conservando una profunda sed espiritual.
Por eso creo que la gran herencia de este viaje no será una fotografía ni un titular. Será una semilla.
- La semilla de una España llamada a levantar la mirada.
- La semilla de una Iglesia llamada a salir al encuentro.
- La semilla de una humanidad que todavía puede reconocerse como una única familia.
Una invitación desde Santiago de Compostela
Quisiera concluir estas líneas con una llamada, nacida del corazón de Galicia y desde la ciudad y Catedral que custodian y veneran los restos y la memoria del Apóstol Santiago el Mayor. Es la invitación que le hace Santiago el Zebedeo a su amigo Pedro (hoy León XIV), compañeros en las faenas de pesca a orillas del lago de Galilea y en la llamada que Jesús les hizo a ser “pescadores de hombres”.
En 2027 celebraremos un nuevo Año Santo Compostelano. Miles de peregrinos volverán a recorrer los caminos de Europa y del mundo para llegar a Santiago de Compostela, buscando sentido, esperanza y verdad hacia un horizonte de trascendencia en el que Cristo es Camino y Meta.
Como no evocar las palabras de Dante en la Divina Comedia (Paraíso, Cántico XXV), cuando refiriéndose a Santiago, tanto a la memoria del Apóstol como a la Catedral que alberga sus restos, exclama: “Mira, mira; he aquí el varón por el cual, allá abajo, se visita a Galicia… Alma gloriosa, por quien la generosidad de nuestra basílica fue exaltada: haz resonar la esperanza en esta altura”.
Por ello, desde la Casa del Señor Santiago, desde esta tierra del “finis terrae” confiamos y albergamos la esperanza de que el Santo Padre León XIV pueda visitar Santiago de Compostela durante el Año Santo 2027.
