León XIV, satisfecho por el acuerdo entre EEUU e Irán
El balance del Papa tras su viaje a España: "He sido acogido en todas partes con entusiasmo y apertura a la escucha"
Algunos viajes se consumen en el vértigo de la actualidad; otros trascienden la crónica para instalarse en la Historia —con mayúscula— de una época. La visita apostólica de León XIV a España (6-12 de junio) pertenece inequívocamente a estos últimos. No ha consistido únicamente en una agenda de actos pastorales, sino en una intervención intelectual y espiritual en el debate de nuestro tiempo. Su recorrido por Madrid, Barcelona y Canarias ha adquirido la densidad de aquellos acontecimientos que trascienden la coyuntura para devolvernos a las preguntas esenciales de toda civilización: qué significa ser humano, qué dignidad posee toda persona al margen de cualquier circunstancia y qué responsabilidades contraemos unos con otros por el simple hecho de compartir una misma humanidad.
León XIV ha hablado a España y, a través de ella, a una Europa que disfruta de una prosperidad material sin precedentes, pero que muestra síntomas cada vez más visibles de cansancio moral y espiritual. Una Europa que corre el peligro de observar el sufrimiento ajeno a través del filtro de las estadísticas, los informes técnicos y los cálculos administrativos, convirtiendo poco a poco el drama humano en una abstracción. Frente a esa tentación de reducir las personas a categorías y los rostros a números, el Papa ha devuelto centralidad a una convicción fundamental: detrás de cada migrante existe una historia irrepetible, detrás de cada historia una dignidad inviolable y detrás de cada dignidad una llamada ineludible a la responsabilidad.
Desde Madrid hasta Barcelona, y desde Barcelona hasta Canarias, León XIV ha dibujado una geografía espiritual cuyos nombres son unidad, belleza y caridad. Pero bajo esa cartografía visible discurre una cuestión más honda, silenciosa y decisiva: la comprensión misma de lo humano en una época tentada de medir el valor de las personas por su utilidad y de contemplar el sufrimiento ajeno sin conmoverse. Por eso, además de pronunciarse sobre un fenómeno migratorio, el Papa ha invitado a volver la mirada hacia el corazón mismo de nuestra civilización, allí donde se decide el lugar que ocupa la dignidad humana y las responsabilidades que nacen del reconocimiento de una humanidad compartida.
La migración constituye mucho más que un fenómeno demográfico o un desafío político. Representa el espejo en el que Europa contempla su propia imagen y el examen moral al que se somete su conciencia. El drama de quienes atraviesan el Atlántico o el Mediterráneo no remite únicamente a una cuestión fronteriza; ilumina la calidad humana de una civilización y la verdad de los valores que dice defender. Cada patera que llega a nuestras costas transporta seres humanos, pero también preguntas, muchas de ellas incómodas que ninguna política puede silenciar ni ninguna ideología resolver completamente. ¿Qué lugar ocupa la persona en nuestras sociedades? ¿Qué valor concedemos a una vida humana cuando deja de resultarnos útil? ¿Qué queda de una cultura cuando se acostumbra a convivir con la tragedia sin conmoverse?
No fue casual que León XIV eligiera Canarias como el último escenario de su visita a España. El archipiélago se ha convertido en uno de esos lugares donde la historia adquiere una densidad moral extraordinaria, una frontera en la que no sólo confluyen continentes, sino también algunas de las grandes tensiones de nuestro tiempo: la esperanza y el miedo, la hospitalidad y el rechazo, la compasión y la indiferencia. Allí, frente a la inmensidad del Atlántico, se dirime silenciosamente una parte del alma de Europa. Porque las aguas que separan las costas africanas de las canarias no transportan únicamente embarcaciones precarias; transportan también el anhelo irreductible de hombres y mujeres que buscan aquello que toda persona considera legítimo esperar: seguridad, futuro y dignidad. Y en el modo en que respondemos a ese anhelo se mide, en buena medida, la calidad humana de nuestra civilización.
Arguineguín (Gran Canaria) ocupa un lugar singular dentro de esa geografía de la conciencia. Durante años, su muelle ha concentrado algunos de los grandes dramas de nuestro tiempo: el desarraigo, la pobreza, el miedo, la incertidumbre y la búsqueda obstinada de una vida digna. Allí desembocan no sólo algunas de las rutas migratorias más peligrosas del planeta, sino también las contradicciones de una Europa que proclama la universalidad de los derechos humanos mientras corre el riesgo de acostumbrarse al sufrimiento de quienes llaman a sus puertas. Sin embargo, durante unas horas, aquel enclave fronterizo dejó de representar únicamente una emergencia humanitaria para convertirse en una auténtica escuela de humanidad y de sabiduría moral. Desde ese lugar cargado de dolor, memoria y esperanza, León XIV recordó una verdad tan sencilla como decisiva: ninguna necesidad económica, ningún interés político y ninguna lógica geoestratégica poseen legitimidad suficiente para reducir una vida humana a la condición de mercancía. Porque antes que migrante, extranjero o refugiado, existe siempre una persona; y allí donde la dignidad humana queda subordinada al cálculo o a la utilidad, no sólo fracasan las políticas, sino que se resiente el fundamento moral mismo de una civilización.
El Papa denunció con firmeza a quienes han hecho de la desesperación humana un negocio: mafias que comercian con el miedo, tratantes que reducen personas a mercancía y redes criminales que obtienen beneficios allí donde otros encuentran dolor, sufrimiento y muerte. Sin embargo, la mirada de León XIV fue más lejos. Como los grandes profetas bíblicos, no se limitó a señalar a los responsables inmediatos del mal, sino que descendió hasta las raíces espirituales que lo alimentan. Allí identificó una amenaza menos visible que las mafias, pero quizá más peligrosa para el futuro de nuestras sociedades: la indiferencia.
Porque las redes criminales explotan la miseria, pero la indiferencia la hace soportable a los ojos de quienes la contemplan; aquellas trafican con la desesperación, mientras esta aprende a convivir con ella sin sobresalto. No mata con sus propias manos ni arroja a nadie al mar, pero tolera que otros mueran; no organiza la injusticia, pero se acostumbra a su presencia; no provoca directamente la tragedia, pero termina convirtiéndola en paisaje. Su poder devastador no reside en la violencia, sino en la anestesia moral. Poco a poco transforma el sufrimiento en rutina, el escándalo en costumbre y la compasión en un sentimiento cada vez más débil y esporádico.
Por eso León XIV identificó en la indiferencia uno de los grandes males espirituales de nuestro tiempo. Allí donde se instala, no sólo quedan abandonadas las víctimas; también se degrada la conciencia de quienes permanecen impasibles. Cuando una sociedad deja de estremecerse ante el dolor de los inocentes, cuando los muertos dejan de interpelar a los vivos y el clamor de los pobres deja de perturbar las conciencias, comienza un lento proceso de erosión moral que ninguna prosperidad económica, ningún progreso tecnológico y ningún poder político logran ocultar. Las civilizaciones no empiezan a declinar cuando afrontan dificultades, sino cuando pierden la capacidad de compadecerse, de llorar con quienes sufren y de reconocerse en la suerte de los más vulnerables. Es entonces cuando empiezan a vaciarse de la humanidad que da sentido a sus leyes, legitimidad a sus instituciones y nobleza a su historia.
Desde esa convicción deben leerse las palabras que el Papa agustino pronunció en Canarias y que resonaron mucho más allá del ámbito religioso: «¿Qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?». No se trataba únicamente de una denuncia de las tragedias migratorias ni de una crítica a determinadas políticas. Aquella interpelación alcanzaba el corazón mismo de nuestra civilización. Porque detrás de cada naufragio, de cada patera y de cada vida truncada no comparecen únicamente desafíos jurídicos, económicos o administrativos. Comparece una cuestión más radical y decisiva: la idea de ser humano sobre la que edificamos nuestras instituciones, nuestras leyes y nuestra convivencia. La migración revela así algo más profundo que una cuestión de fronteras. Se convierte en el lugar donde una civilización confronta la verdad de sí misma, verifica la solidez de sus principios y mide la profundidad de su compromiso con la dignidad humana.
La respuesta de León XIV se sitúa en el corazón del Evangelio y, precisamente por ello, adquiere una fuerza profundamente contracultural. En una época que tiende a valorar a las personas por lo que producen, consumen o aportan, el Papa recuerda que el ser humano vale infinitamente más que su utilidad. Ninguna existencia pierde dignidad por carecer de riqueza, de poder o de reconocimiento. Ninguna vida resulta menos valiosa por nacer al otro lado de una frontera. La dignidad humana no depende de documentos, estadísticas ni categorías administrativas; descansa sobre una verdad anterior a todas ellas: cada persona ha sido llamada a la existencia por amor y conserva un valor que ninguna circunstancia puede disminuir. Por eso ningún pasaporte añade humanidad y ninguna frontera puede abolirla. Allí donde el mundo ve números, flujos migratorios o expedientes, León XIV invita a redescubrir rostros, historias y personas.
La experiencia del extranjero recorre la Escritura como un hilo de oro que se entreteje en toda la historia de la salvación. Abraham escucha la voz de Dios cuando abandona su tierra; Israel madura como pueblo en el exilio; la Sagrada Familia conoce la condición del refugiado; y los discípulos de Cristo aprenden que la fe no consiste en instalarse, sino en caminar. La Biblia, en el fondo, narra la aventura espiritual de hombres y mujeres que descubren a Dios mientras avanzan por la incertidumbre de los caminos. Por eso el desarraigo está presente en toda la memoria bíblica no como una desgracia accidental, sino como una condición que revela una verdad profunda sobre el ser humano. Ninguna tierra, ningún poder y ninguna riqueza logran satisfacer plenamente su anhelo de plenitud. El hombre habita el mundo como peregrino, siempre en camino hacia una promesa que supera cualquier horizonte puramente terreno.
Por ello, el Evangelio no admite neutralidades cómodas, señala León XIV. «Fui forastero y me acogisteis» (Mt 25,35) encierra una de las intuiciones más transformadoras de la tradición cristiana. En ella, Cristo se identifica con el extranjero, con el pobre y con el desamparado, derribando las barreras que separan el «nosotros» del «ellos». La cuestión fundamental deja entonces de centrarse en quién merece nuestra acogida para desplazarse hacia nuestra capacidad de reconocer, en cada ser humano, una dignidad que antecede a cualquier frontera, condición o circunstancia. Bajo esta luz, el verdadero examen de una civilización no pasa por la magnitud de su riqueza ni por la sofisticación de su tecnología, sino por el lugar que concede a los más vulnerables y por la humanidad con que responde a su sufrimiento.
A su vez, León XIV rechaza una comprensión meramente emocional de la acogida. La caridad cristiana no equivale a un impulso pasajero de compasión ni a una forma sofisticada de asistencia social. Brota de una convicción más profunda: el reconocimiento de una dignidad compartida que convierte al otro en prójimo y hermano. Desde esta perspectiva, la acogida no representa la meta, sino el punto de partida. Acoger protege; integrar vincula; fraternizar transforma. La primera responde a una necesidad urgente; la segunda construye pertenencia; la tercera configura una auténtica comunidad de destino. En ello se juega una de las grandes intuiciones del Evangelio: superar la mera coexistencia para abrir paso a una convivencia fundada en el reconocimiento mutuo, donde nadie quede relegado a la condición permanente de extraño.
En esta perspectiva, León XIV propone mucho más que una política de acogida; propone una cultura del encuentro, la concordia y la unidad frente a la creciente fragmentación que aqueja las democracias occidentales. No basta con gestionar la convivencia entre grupos que habitan un mismo territorio sin llegar a reconocerse mutuamente. Tampoco resulta suficiente tolerar la diferencia mientras se levantan fronteras invisibles de recelo, indiferencia o exclusión. El verdadero desafío consiste en construir una sociedad donde las diferencias no degeneren en muros y donde la diversidad no fracture el vínculo humano fundamental que nos une. Integrar exige responsabilidades compartidas; generosidad y apertura por parte de quienes reciben; voluntad de pertenencia, participación y compromiso por parte de quienes llegan.
Sin embargo, el horizonte de León XIV desborda ampliamente la cuestión migratoria. Bajo sus palabras late una reflexión mucho más profunda sobre la condición humana y sobre la crisis espiritual que se cierne sobre Occidente. El problema de nuestro tiempo no radica únicamente en la dificultad para integrar a quienes llegan, sino en la creciente incapacidad para reconocernos mutuamente como miembros de una misma familia humana. La cultura contemporánea ha exaltado hasta tal punto la autonomía individual que corre el riesgo de olvidar una verdad elemental: nadie se basta a sí mismo. Toda vida humana nace de otros, crece gracias a otros y sólo alcanza su plenitud en relación con otros.
León XIV contrapone a la exaltación de la autonomía individual la realidad de una interdependencia que marca toda existencia humana. Recuerda, además, que bajo la apariencia de autosuficiencia permanece una fragilidad compartida que hermana a todos los hombres. Y en una época fascinada por el éxito, el rendimiento y el poder, vuelve a situar la humildad en el centro de la vida personal y de la convivencia social. En este punto aflora con nitidez la herencia agustiniana del Pontífice. San Agustín comprendió que las grandes fracturas de la historia no hunden sus raíces únicamente en los conflictos económicos o políticos, sino en una herida más profunda alojada en el corazón humano: el orgullo, esa vieja tentación de vivir como si no necesitáramos a Dios ni a los demás.
Cuando el hombre se repliega sobre sí mismo, el prójimo deja de aparecer como hermano y comienza a percibirse como amenaza, competidor o instrumento. Entonces la convivencia se degrada en coexistencia, la solidaridad cede terreno al cálculo y la fraternidad se convierte en una palabra vacía. Por el contrario, allí donde florece la humildad nace también la capacidad de reconocer la dignidad del otro, de compartir su carga y de asumir su destino como parte del propio. Quizá por eso León XIV insiste en que la cuestión decisiva de nuestro tiempo no pasa únicamente por las fronteras que separan los territorios, sino por las fronteras invisibles que endurecen los corazones. Porque ninguna muralla resulta tan peligrosa para una civilización como aquella que impide reconocer en el rostro del otro el reflejo de nuestra común humanidad.
Por eso León XIV vuelve una y otra vez a una convicción presente en toda la tradición cristiana: ninguna civilización digna de ese nombre puede sostenerse sobre el orgullo, la autosuficiencia o el desprecio del débil. Sólo la humildad abre espacio para la caridad; sólo la caridad hace posible la paz; y sólo allí donde florece la paz puede arraigar una convivencia verdaderamente humana. No se trata de una exhortación piadosa ni de una fórmula retórica. En ello se juega la salud moral de los pueblos y el futuro mismo de nuestras sociedades.
Bajo esta luz, la cuestión planteada por León XIV desborda ampliamente los límites del debate migratorio. Lo que está en juego no concierne únicamente a las fronteras, a las políticas de acogida o a la gestión de los flujos migratorios. Lo que está en juego afecta a la imagen del hombre sobre la que Europa desea construir su porvenir. En el fondo, cada decisión sobre los más vulnerables encierra una respuesta implícita a una pregunta mucho más profunda: qué valor atribuimos a la vida humana y qué lugar concedemos a la dignidad en el orden de nuestras prioridades.
Precisamente por ello, las palabras pronunciadas por el Papa en Canarias adquieran la gravedad de las antiguas advertencias proféticas. No hablan únicamente de migrantes; hablan de nosotros. Hablan de una Europa que corre el riesgo de acostumbrarse al sufrimiento ajeno, de contemplar la tragedia desde la distancia de las estadísticas y de sustituir la compasión por la indiferencia. Hablan de una civilización llamada a decidir entre la fidelidad a su mejor herencia humanista o la resignación ante una cultura del descarte cada vez más normalizada.
Por eso su llamada resuena con especial urgencia: que el Mediterráneo y el Atlántico no terminen convertidos en inmensos cementerios sin lápidas; que la repetición de los naufragios no adormezca nuestra conciencia; que el legítimo deber de regular las fronteras nunca desemboque en la renuncia a la humanidad; que el miedo no ocupe el lugar reservado a la compasión. Porque cada vez que una patera alcanza las costas de Europa no arriba únicamente un migrante. Llega también una pregunta que interpela nuestra conciencia colectiva, pone a prueba nuestros valores y examina la verdad de nuestras convicciones más profundas. Una pregunta que no reclama únicamente respuestas políticas o administrativas, sino también respuestas humanas, morales y espirituales. Y es precisamente ahí donde la fuerza del mensaje de León XIV encuentra su expresión más elocuente.
Su enseñanza no descansa únicamente en las palabras pronunciadas durante esta visita, sino también en los testimonios que las hacen visibles y creíbles, en los voluntarios que acompañan a los migrantes, en las comunidades cristianas que abren sus puertas, en las familias que comparten lo poco que poseen, en los hombres y mujeres que se resisten a aceptar el sufrimiento ajeno como una fatalidad inevitable. Frente a la tentación de «especular con la desesperación», el Papa ha reivindicado el valor de las historias concretas, de los rostros y de los nombres, recordando que ningún ser humano constituye una isla y que todos hemos nacido para el encuentro. Allí donde la cultura dominante exalta la autosuficiencia, León XIV recuerda una verdad tan sencilla como revolucionaria: «hay vida cuando se da vida». Quizá por eso invita también a descubrir la riqueza de los pobres, esa fecunda paradoja que revela cómo quienes poseen menos bienes materiales conservan, con frecuencia, una extraordinaria capacidad para compartir, acoger y esperar.
A lo largo de toda la visita resuena una pregunta que permanece abierta: ¿qué busca realmente el ser humano? ¿Seguridad y bienestar, o una existencia capaz de abrirse al amor, al encuentro y a la fraternidad? Las palabras y los gestos del Pontífice apuntan siempre en la misma dirección. La vocación más profunda de toda persona y de todo pueblo no consiste en levantar barreras, sino en construir puentes; no en protegerse del otro, sino en reconocerlo como hermano. De ahí que su mensaje interpele de manera particular a la Iglesia española, al conjunto de los católicos, a los responsables políticos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Canarias, situada en una de las fronteras más dramáticas de nuestro tiempo, se convierte así en símbolo de una misión universal: transformar los mares del miedo, de la indiferencia y del rechazo en un auténtico mar de amor.
Por eso la exhortación final de León XIV trasciende las fronteras de España para dirigirse al corazón de Europa y del mundo entero: «Alzad la mirada». Alzadla hacia Dios para aprender a mirar a los hombres y las mujeres con sus mismos ojos; alzadla por encima de los límites estrechos de nuestros intereses para reconocer la dignidad que resplandece en cada persona; alzadla para que la compasión derrote a la indiferencia, la esperanza venza al miedo y la fraternidad vuelva a ocupar el lugar que le corresponde en la historia. Porque el futuro de Europa no dependerá, en último término, de su riqueza, de su poder ni de la solidez de sus fronteras, sino de su capacidad para seguir reconociendo en cada ser humano una dignidad sagrada y en cada rostro el reflejo de una misma humanidad compartida.
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