León XIV visitará la iglesia de Sant Agustí y sacude el día a día del Raval
Comerciantes, vecinos y la comunidad agustina llevan semanas conviviendo con preparativos y movimientos de seguridad en la plaza de Sant Agustí
En la plaza de Sant Agustí de Barcelona, en pleno corazón del Raval, hacía días que todo el mundo hablaba en voz baja. Nadie confirmaba nada, pero tampoco nadie lo desmentía. Operarios entrando y saliendo del templo, movimientos de seguridad, visitas discretas y preguntas a los comerciantes habían alimentado durante semanas un rumor persistente. Ahora, con el programa oficial del viaje apostólico hecho público por la Santa Sede, ya es una certeza: el papa León XIV visitará la parroquia de Sant Agustí durante su estancia en Barcelona el próximo mes de junio.
La visita será una de las imágenes más singulares del paso del pontífice por Cataluña. En poco más de 36 horas, León XIV participará en actos en Montserrat, la Sagrada Familia y Montjuïc, antes de bajar al Raval para reunirse con la comunidad agustina y conocer algunos proyectos sociales del barrio. La parada tiene también una evidente carga simbólica: el Papa ha querido tener un contacto directo con la vida parroquial y migrante de uno de los barrios más diversos de Barcelona.
Una plaza pendiente de los preparativos
Muy cerca del templo, en el bar Limbo, Víctor vive estos días entre la curiosidad y la resignación. Llegó de Perú hace veinte años y explica que la noticia ha entusiasmado especialmente a su madre, Susana, que todavía vive allí con su marido. “Ella está encantada de que yo pueda tener al Papa tan cerca de mi lugar de trabajo”, dice. “Yo no soy tan creyente como ella, pero igualmente me hace ilusión”, continúa.
El vínculo peruano de León XIV —que pasó años en el país sudamericano antes de ser elegido Papa— se comenta a menudo entre los clientes y trabajadores de la zona. “Estaré en primera fila, lo grabaré y se lo enviaré a mi madre”, añade Víctor mientras señala la fachada de la iglesia desde la terraza. A su alrededor, los trabajadores del local son de Venezuela, Filipinas o Pakistán, una mezcla que define bien el día a día del Raval.
Durante las últimas semanas, los movimientos de seguridad habían hecho crecer las sospechas. “Entraron policías del Vaticano en el negocio, nos hicieron preguntas, observaban toda la plaza y hablaron con mi jefe”, relata. El joven también asegura que en el barrio se comenta la posibilidad de obras o actuaciones urbanísticas antes de la visita, aunque todavía no hay ninguna confirmación oficial.
La expectación convive, sin embargo, con la preocupación por los efectos económicos de los dispositivos de seguridad. “Creo que la visita perjudicará al negocio: prácticamente no podremos vender”, lamenta, mientras teme que las restricciones afecten tanto al día de la visita como a las jornadas previas. “No será solo un día; seguramente también nos afectará antes”, añade.
El reencuentro más esperado
A pocos metros del Limbo, en la terraza de La Morera, Ricardo también ha seguido los movimientos de los últimos días. Venezolano y trabajador de un establecimiento con propietarios chinos y latinoamericanos, resume el ambiente con una frase breve: “Habíamos visto policías, pero no nos habían dicho nada”. Ahora, con el anuncio oficial, el barrio ya da por hecho que la plaza cambiará completamente de aspecto durante unas horas.
Mientras tanto, en el interior de la parroquia, los preparativos continúan a contrarreloj. Operarios contratados por el Arzobispado entran y salen revisando espacios, moviendo bancos y acondicionando dependencias. El rector, Faustino Mlelwa, ayuda a ordenar mobiliario y supervisa discretamente los trabajos. No quiere hacer declaraciones, pero quienes lo conocen aseguran que vive estos días con una emoción muy especial.
Mlelwa, religioso agustino de origen tanzano, conoce personalmente a León XIV desde hace más de dos décadas. Cuando Robert Prevost era superior general de los agustinos y visitó Tanzania, Faustino le hizo de chófer durante parte del viaje. Ahora espera poder recordarle aquella anécdota en pleno centro del Raval, en una escena que hace solo unos meses habría parecido impensable.
En la plaza de Sant Agustí, la confirmación oficial de la visita se vive con una mezcla de orgullo e incredulidad. Entre terrazas, bolsas de la Boqueria y turistas que atraviesan el barrio sin saber muy bien qué ocurre, los vecinos ya se preparan para ver cómo, durante unas horas, uno de los rincones más populares y mestizos de Barcelona se convierte en epicentro mundial de la Iglesia católica.