Palabras de José Mazuelos, obispo de Canarias, en Arguineguín y testimonios

El Papa, en Arguineguín
El Papa, en Arguineguín
11 jun 2026 - 13:22

Santo Padre, 

Hoy le recibimos en este puerto de Arguineguín, un lugar que el mundo ha llegado a conocer no solo por su belleza, sino también por el dolor y la esperanza que aquí se entrelazan. Este muelle, al que muchos han llamado “puerto de la vergüenza”, ha sido testigo de la llegada de miles de personas que huyen del hambre, de la guerra y de la desesperación. Hombres, mujeres y niños que, siguiendo la llamada Ruta Atlántica, una de las más peligrosas del mundo, han llegado en cayucos y pateras principalmente desde Senegal, Mauritania, Gambia, Mali y Marruecos, realizando travesías que pueden superar los 1.600 kilómetros. Las condiciones del viaje, la precariedad de las embarcaciones y la ausencia de medios de rescate en alta mar generan un número elevado de víctimas, muchas de ellas invisibilizadas. Arriesgando todo, buscan simplemente vivir con dignidad. La migración revela heridas profundas del mundo contemporáneo —desigualdad, violencia, pobreza, falta de oportunidades—, pero también abre caminos nuevos de encuentro, solidaridad y fraternidad. Su presencia aquí, Santo Padre, no es un gesto más. Es una luz. Es un recordatorio de que nadie es invisible, de que cada vida cuenta, y de que la indiferencia no puede ser nunca la respuesta. Este lugar, que ha cargado con el peso del sufrimiento, puede también transformarse en símbolo de acogida, de justicia y de humanidad. Y hoy, con su visita, damos un paso hacia esa transformación. 

Cada migrante es un rostro concreto, no un número. La dignidad humana es anterior a cualquier legislación y la vulnerabilidad no disminuye la dignidad, sino que exige mayor protección. Esta perspectiva humanizadora permite a la Iglesia ofrecer una mirada ética que prioriza a la persona sobre cualquier interés y le lleva a reconocer a los que yo llamo “ángeles de la guarda de las personas migrantes”, representados hoy aquí en tantas entidades de las que me gustaría señalar a Salvamento Marítimo, Policía Nacional, Guardia Civil, Cruz Roja, Cáritas y todas las realidades eclesiales que están en primera línea de acogida y atención y, como no, a todos los pescadores canarios, representados en la cofradía de pescadores de Arguineguín.

Le pedimos que nos ayude a mirar con compasión, a actuar con valentía y a construir una sociedad donde ninguna persona sea tratada como un problema, sino como un hermano o una hermana. 

Bienvenido, Santo Padre, a este rincón del mundo donde el dolor y la esperanza conviven, y donde su mensaje puede sembrar futuro. 

Muchas gracias. 

Testimonios

1. Testimonio de Tito Villarmea, capitán de Salvamento Marítimo en la Guardamar Urania 

Su Santidad, 

Soy Tito Villarmea, capitán de Salvamento Marítimo en la Guardamar Urania, un nombre que evoca lo celestial. Así me siento hoy, aunque no he dormido. No he dormido desde que supe de su visita a estas Islas Canarias que tanto quiero. Llevo 18 años en Salvamento Marítimo, un organismo público dedicado a salvar vidas en la mar. Estoy acostumbrado a la tensión: naufragios, noches oscuras, voces que esperan la llegada de nuestras embarcaciones naranjas. Pero hoy el nerviosismo es distinto. Creo que nadie está preparado para hablar ante un Papa. 

Pienso mucho en mis abuelos gallegos. Apenas salieron una vez de su pueblo: viajaron casi 20 horas para ver a Juan Pablo II en Fátima. Yo tenía nueve años y nunca olvidé sus rostros. Hoy estoy aquí convencido de que ellos y mis compañeros de Salvamento Marítimo lo merecen. 

Durante estos años, junto a mi equipo, he rescatado a más de 20.000 personas. Es una cifra que duele y que no se olvida. Todos conocemos la imagen de Canarias de día, pero de noche es otra realidad: mar brava, oscuridad absoluta y embarcaciones frágiles cargadas de vidas. 

Nunca olvidaré a una madre que viajaba en una patera con su hijo, entre heridos y cuerpos sin vida. Ya a salvo a bordo, la mujer se acercó al niño, de unos 14 años, le quitó el gorro y la cazadora y sacó unos pendientes dorados para colocárselos. Era una niña. Lloró ella y lloré yo, porque soy padre de dos adolescentes. Podrían haber sido mis hijas. En cada rescate vemos a una persona cuya vida depende directamente de nosotros. 

La mar forma parte de mi historia familiar. Mi bisabuelo murió en ella; mi padre y mi abuelo, pescadores, tuvieron que ser rescatados mientras faenaban. Yo continúo esa tradición, pero salvando vidas. Hoy mis palabras representan a los más de 1.600 profesionales de Salvamento Marítimo que cuidan la vida en la mar. Yo solo soy uno de ellos. 

Quiero terminar con un mensaje de esperanza. Ojalá nuncamástuviéramos que rescatar a nadie. Trabajemos como sociedad para que este drama disminuya y para construir un mundo más justo. Mientras ese día llega, en Salvamento Marítimo seguiremos dándolo todo por cada vida que necesite nuestra ayuda en la mar.

Testimonios
Testimonios

2. Testimonio de María Fernanda López Meza, voluntaria de Cáritas 

Bienvenido Su Santidad a estas Islas Canarias. 

Todas las personas que hoy estamos aquí guardamos en la memoria las experiencias vividas con la llegada de personas migrantes al muelle de Arguineguín y a otras islas a través de la ruta atlántica. Vuelven a nosotros los rostros, los nombres y las historias de hombres y mujeres a quienes acompañamos desde las Cáritas parroquiales, comenzando por la acogida más básica. 

Ver su llegada por televisión nos interpelaba profundamente. Más allá del cansancio visible en sus cuerpos, nos impactaba la mezcla de incertidumbre y esperanza que traían consigo. Nos dolía su drama humano y sentíamos que no alcanzábamos a comprender toda la magnitud de lo que estaba ocurriendo. 

Cuando empezaron a llegar a las parroquias, la sensación de desbordamiento fue inevitable. La impotencia nos pesaba: los recursos eran escasos, no conocíamos su lengua y, muchas veces, solo podíamos ofrecer galletas, leche y un poco de atención. Esa limitación nos confrontaba y nos hacía cuestionar nuestra capacidad real para acompañar a todas las personas que lo necesitaban. 

Sin embargo, lo que más nos marcó fue la comunión vivida con el voluntariado de la zona, las comunidades parroquiales y el apoyo de los Servicios Generales de Cáritas Diocesana. Compartir nuestra propia desesperanza nos permitió descubrir lo que significa caminar juntos: coordinarnos, compartir lo poco que teníamos y acompañar desde la sencillez y la fragilidad. 

Aprendimos que no se trataba de resolverlo todo, sino de estar presentes. Escuchar, ofrecer gestos de cercanía —unas zapatillas, un abrigo, un café— o ayudar a conseguir la documentación necesaria era ya un modo de acompañar. Descubrimos que los pequeños gestos, una sonrisa o una mirada, pueden transmitir esperanza y hacer que alguien se sienta acogido, incluso sin compartir el idioma. 

testimonio de una migrante
testimonio de una migrante

La ayuda recibida de personas y de otras delegaciones pastorales fue un alivio, pero también nos hizo conscientes de que no siempre había la misma empatía en todos los entornos. Aun así, aprendimos a mirar más allá del miedo y de los discursos de deshumanización, respondiendo desde la fe y la fraternidad. 

Esta experiencia nos transformó profundamente. La esperanza dejó de ser una idea abstracta y tomó rostro, tanto en quien llega como en quien acompaña. Comprendimos que cada persona tiene un valor inmenso y que ser voluntaria es construir esperanza en lo cotidiano, acompañando incluso cuando no tenemos todas las respuestas ni todos los recursos. 

La experiencia de Arguineguín nos confirmó que, incluso en los momentos más difíciles, el Evangelio sigue vivo cuando nos atrevemos a construir fraternidad. Cada persona que llega no es un problema que resolver, sino una historia que abrazar y acompañar. 

3. Testimonio de Blessing, mujer víctima de trata

(Por motivos de seguridad no leerá el testimonio personalmente) 

Santidad, es un honor y una alegría inmensa compartir este testimonio ante usted. Hoy no soy yo quien debería estar aquí. Leeré en su nombre el testimonio de una mujer víctima de trata que por razones de seguridad no puede estar presente. 

Me llamo Blessing. Soy de Nigeria. Vengo de una familia de ocho hermanos, y desde muy pequeña aprendí lo que significa luchar cada día solo para sobrevivir. 

No me fui de mi país porque quisiera. Me fui porque no había otra salida. Alimentarnos era casi imposible. A los 14 años ya estaba sola frente a la vida, buscando cómo seguir adelante. Una lucha que no ha terminado 

Con 22 años tomé la decisión más difícil de mi vida: dejar Nigeria. Dejar a mis dos hijas. Las dejé porque quería darles un futuro mejor. Porque quería que ellas no vivieran lo que yo había vivido. La mafia me llevó a un lugar donde me hicieron un ritual, el "yuyu". Me dijeron que tenía una deuda de 25.000 euros que debía pagar cuando llegara a Europa. Así empezó mi cautiverio.

Esperé seis meses para poder salir. Seis meses sin apenas comer, sin poder bañarme durante semanas, viviendo en condiciones que no desearía a nadie. Y cuando llegó el momento de cruzar el mar, vi cómo las personas que salieron antes que nosotros ese mismo día murieron ahogadas. 

Tuve que elegir. Vivir sufriendo o cruzar y jugármela. Morir intentándolo, o quedarse y no tener nada. Elegí cruzar. 

Gracias a Dios, la patera en la que viajé llegó a la otra orilla. Pero el sufrimiento no terminó ahí. Durante el viaje quedé embarazada de un hombre de la mafia. Al llegar a España me quitaron a mi bebé para obligarme a prostituirme. Me trataron muy mal. Me separaron de mi hijo. Tenía 11 meses cuando la policía detuvo a quienes me tenían presa, y por fin pude tenerle conmigo. 

Desde entonces, con la ayuda de la Iglesia a través de las trabajadoras sociales, la vida ha empezado a cambiar. Poco a poco. No ha sido fácil, y hay días en que la esperanza se hace muy pequeña. Pero he aprendido a creer en mí misma de nuevo. He aprendido que puedo lograrlo. 

Le agradezco a Dios haber encontrado a estas personas que hoy se encuentran aquí porque me tendieron la mano cuando más lo necesitaba. Y quiero agradecer de corazón la oportunidad de contar mi historia hoy, aquí, ante ustedes. 

Rezo para que Dios les bendiga y les dé fuerzas para seguir ayudando a otras mujeres como yo. 

Muchas gracias. 

María Fernanda López
María Fernanda López

4. Testimonio de María Fernanda López Meza, empresaria latinoamericana 

Santo Padre,  

Me llamo María Fernanda López Meza. Tengo 55 años y, cuando miro hacia atrás, veo un camino lleno de dificultades, aprendizajes y oportunidades que jamás imaginé cuando llegué a Las Palmas de Gran Canaria en 1997.  

Llegué con una maleta cargada de sueños, pero también con el peso de haber dejado atrás a mi familia, mis amigos y mi país. Como muchas personas que emigramos, llegué buscando una oportunidad, sin saber realmente lo que me esperaba.  

Esa primera oportunidad llegó en un bazar. Fue un trabajo humilde, pero para mí significó mucho más que un sueldo: fue el comienzo de una nueva etapa. Después, trabajé en un restaurante, donde aprendí disciplina, trato con las personas y la importancia del esfuerzo diario. Cada experiencia me iba formando no solo como trabajadora, sino como persona.  

En 2002 llegó el punto de inflexión en mi vida. Me dieron la oportunidad de trabajar en una empresa de reformas. Allí permanecí durante 20 años. Fueron dos décadas de aprendizaje constante, de observar, de equivocarme y mejorar, de adquirir cada conocimiento que hoy forma parte de lo que soy profesionalmente. En 2014 conocí a mi pareja, Fran, quien desde entonces me ha acompañado y apoyado en cada proyecto, en cada meta y en cada decisión importante. Su apoyo ha sido fundamental en el camino que recorrí hasta poder dar el siguiente gran paso.  

Hace aproximadamente cuatro años, con todo lo aprendido y con mucha ilusión, decidí montar mi propia empresa de reformas y construcción: FERMEZA SOLUCIONES INTEGRALES SL. No fue un salto fácil, pero sí lleno de confianza en lo que sabía hacer.  

Gracias a las personas que confiaron en mí, que me dieron su apoyo y sus primeros proyectos, he podido cumplir un sueño que parecía imposible cuando dormía en la calle. Hoy, junto a Fran, hemos logrado consolidar la empresa que tenemos y seguimos creciendo con esfuerzo y dedicación. Actualmente contamos con un equipo de 6 empleados, lo que representa para mí no solo crecimiento empresarial, sino la satisfacción de poder generar trabajo y oportunidades para otras personas.  

Quiero agradecer profundamente a esta ciudad que me acogió y me permitió crecer. 

También quiero dar esperanza a quienes están pasando por momentos difíciles, especialmente a quienes han tenido que dejar su país y su familia. Sí se puede salir adelante con trabajo, respeto y gratitud hacia el lugar que nos abre las puertas. Y ojalá las gestiones y trámites para quienes llegan sean cada vez más humanos y ágiles.  

Gracias, Gran Canaria, por tanto. 

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