El Papa viste de blanco (por dentro y por fuera)
"Hay, además, una coincidencia casi poética en que ese blanco del Papa dialogue con el blanco del Real Madrid, uno de los símbolos más reconocibles del deporte contemporáneo. Y en el Bernabeu. Y con un Papa madridista"
En la simbología bimilenaria de la Iglesia católica el color blanco, a veces, dice más que un discurso. En la sotana del Papa, ese blanco no es solo una elección estética o un signo de protocolo, si no una declaración espiritual. El Papa viste de blanco, que no de Prada. Y en esa blancura austera cabe toda una teología de la luz, de la pureza, de la Pascua y de la victoria de la vida sobre la muerte.
Porque el blanco es un color que no presume, pero ilumina. Un color que no grita, pero señala; que no busca deslumbrar, pero termina siendo inconfundible. En tiempos de ruido algorítmico, el blanco de la sotana y de la esclavina papales sigue siendo una de las imágenes más elocuentes del catolicismo.
El Papa no podría vestir más que de blanco, aunque, en las ceremonias, se revista de otros colores y, a veces, use la muceta o la estola rojas, que realzan todavía más el blanco inmaculado de su indumentaria básica.
Hay, además, una coincidencia casi poética en que ese blanco del Papa dialogue con el blanco del Real Madrid, uno de los símbolos más reconocibles del deporte contemporáneo. Y en el Bernabeu. Y con un Papa madridista.
"Eso es fácil", replicó el Papa a la pregunta de la reportera estadounidense Elise Ann Allen en el avión que le trajo a España. "El Papa es de todos los equipos", dijo León XIV, para luego admitir que "Prevost -su apellido- es del Real Madrid". Y justo después ha añadido "y del Atleti".
Por otro lado, está claro que, en el imaginario popular, el blanco madridista remite a triunfo, grandeza, historia y una cierta idea de excelencia. En el catolicismo, en cambio, el blanco habla también de victoria, pero de la victoria de Cristo resucitado, la de la luz sobre las tinieblas, la del perdón sobre el pecado. Son dos mundos distintos, pero ambos entienden el blanco como emblema de plenitud.
El blanco madridista celebra títulos; el católico celebra la Pascua. Uno llena el Bernabeu, una de las catedrales futbolísticas mundiales; el otro llena iglesias y ciudades, como acaba de hacer en el corazón de Madrid por dos veces consecutivas, primero en la Plaza de Lima y, después, en Cibeles.
En la tradición cristiana, el blanco es el color de la fiesta y del misterio. Es el color del bautismo, de la resurrección, de los altares en los días grandes, de las vestiduras que anuncian que la muerte no tiene la última palabra.
Y el Papa viste de blanco para recordar a todos que el corazón de la fe no está en el poder, sino en la luz recibida de lo Alto. El blanco papal no es la blancura de la distancia, sino la del servicio y, en él, resuena la paradoja cristiana de vaciarse de uno mismo para convertirse en signo. De hecho, la mayoría de los que sirven en la sociedad llevan uniformes blancos.
Tal vez por eso la sotana blanca provoca una fascinación que va más allá de la religión. Y la figura del Papa vestido de blanco es un icono planetario, más poderoso que el negro chiita o el azafrán budista. Quizás al Islam, para convertirse en la religión con más fieles del mundo, le falte la figura de un Papa de blanco, autoridad serena y limpieza simbólica, reconocible incluso para los alejados de cualquier religión.
Además, el blanco del Papa recuerda que la historia no se agota en lo negro, en la corrupción ni en la violencia, que el pecado no es destino y que la oscuridad no tiene derecho a ocuparlo todo. En un tiempo tan fatigado por el cinismo, ver al Papa de blanco sigue siendo una forma de recordar que todavía es posible creer en la claridad, en la misericordia, en la alegría y en la luz. Un blanco que no excluye el barro del camino, pero tampoco se resigna a él.
En ese sentido, mirar la sotana blanca del Papa es mirar una síntesis admirable de belleza, humildad, memoria y promesa. No es casual que el catolicismo haya conservado ese signo durante siglos. En él se condensa una convicción elemental y poderosa que clama que la luz existe, la gracia existe, la resurrección existe.
Y aunque el mundo cambie, aunque cambien los estilos y los códigos, el Papa seguirá vistiendo de blanco, para recordar que la fe no es una coordenada más en la historia, sino una llamada a habitarla con claridad. ¡Viva el blanco del Papa…y del Madrid!
