Primera misa de un Papa en Canarias: "Les invito a rezar por los hermanos y hermanas que han perdido la vida en el mar"
"Nuestra caridad no debe ser mero asistencialismo, sino integrar a las personas, para su plena realización —espiritual, intelectual y física— y su inserción digna y constructiva en la comunidad", cuestiona en una abarrotada misa en Gran Canaria
"Les invito a rezar por los hermanos y hermanas que han perdido la vida en el mar". Bajo la presidencia de la Virgen del Pino y el Cristo de Telde, el Papa León presidió la primera misa de un pontífice en las islas Canarias. Ocurrió en el estadio de Gran Canaria (los play off hubieran obligado a que Las Palmas jugara ayer su partido de vuelta, pero se cambió el orden y el encuentro de ida se disputó el 7 de junio), ante 40.000 personas que esperaban, con expectación y orgullo, la llegada de Robert Francisco Prevost, quien confió a la intercesión del Señor de la isla "el compromiso de todos, y al mismo tiempo, los sufrimientos de los que esta tierra es testigo".
"Encendidos por la caridad de su Corazón, seamos portadores de su misericordia y de su paz, para que en el mundo cesen las guerras y crezca a nuestro alrededor una nueva humanidad, reconciliada en el amor", pidió durante su homilía. En la víspera del Sagrado Corazón de Jesús, el Papa recordó que "toda España está consagrada" a esta denominación, a la que pidió "los mismos sentimientos de humanidad, misericordia y compasión del Corazón del Salvador". Reflexionando sobre las lecturas del día, León XIV abordó las raíces de la vocación al amor cristiano, "que no está fundada en el cálculo, ni en el mero sentimiento, ni es reducible a simple filantropía, sino que invade todo nuestro ser: fuego para el alma, luz para la mente, impulso irresistible para la libertad, paz y al mismo tiempo tormento para el corazón, que late en sintonía con otros corazones, involucrando a toda la persona".
"Porque amar es connatural al hombre, más aún, es condición de plenitud de su misma existencia", recordó, señalando la necesidad de "devolver amor por amor”, con generosidad, "especialmente en aquellos más necesitados, indefensos, incapaces de devolver algo a cambio". Igual que ocurre "en esta isla, en la acogida, en el compartir, en el don desinteresado", a la hora de "ayudar a cada uno no sólo a sobrevivir, sino también a recuperar la confianza y retomar el camino, para crecer y florecer plenamente en su unicidad, por el bien de todos".
Al tiempo, el Papa destacó "la invitación a abrazar maternalmente al que sufre, pero al mismo tiempo a preparar y alentar al que está herido para que se levante y vuelva a ponerse en marcha, para una vida libre y digna". Y es que, señaló Prevost, "nuestra caridad no debe ser mero asistencialismo, sino integrar a las personas, para su plena realización —espiritual, intelectual y física— y su inserción digna y constructiva en la comunidad".
Semillas de esperanza para un futuro mejor
"Sólo así nuestros encuentros, aun frente a acontecimientos difíciles y dolorosos, se convertirán en ocasión para esparcir semillas de esperanza en el camino de la humanidad hacia un futuro mejor", añadió, subrayando también la virtud de la humildad. "El Corazón de Jesús es humilde, y por eso no sienten sus latidos los “doctos” y los “sapientes”, es decir, aquellos que tienen la presunción de bastarse a sí mismos, de saberlo todo, de no necesitar ni a Dios ni a los demás. A estos, en efecto, aturdidos por los estruendos de un “yo” ampuloso, omnipresente y agitado, les falta el silencio necesario para escuchar en sí y en los hermanos el palpitar escondido del amor".
Jesús, en cambio, enseña que "para gustar la verdadera alegría de la vida, que reside en el amor, es necesario bajar de los pedestales de la arrogancia que divide, para encontrarnos en la humildad que nos hermana". Y es que, "donde hay auténtica humildad hay amor, y donde hay amor hay paz, porque sólo en la humildad conocemos realmente quiénes somos y, por tanto, podemos amarnos, encontrarnos, entregarnos y perdonarnos en la verdad".
"Nosotros somos la presencia viva del Señor en el mundo", concluyó Prevost. "Por eso, mirémonos unos a otros, no sólo en esta jornada, sino siempre, con respeto y confianza, y renovemos, en esta conciencia, el compromiso de realizar en nosotros, en la caridad, lo que falta a los sufrimientos de Cristo, por el bien de la Iglesia".
