Rehacer la teología, recrear la comunión: Reflexiones ante el viaje de León XIV a España
"Celebro que, en el desolado panorama mundial que vivimos, la palabra del papa León, haciendo eco a la del papa Francisco, resuene con ese tono y reivindique con esa fuerza la justicia y la paz planetarias"
Dentro de unos días, el papa León XIV viajará a España, bajo el lema: “Alzad la mirada”. Lógicamente, ignoro lo que dirá en sus numerosas intervenciones, pero el lema es hermoso, y los gestos dicen a menudo más que todas las palabras. En este caso, el gesto lo constituyen algunas de las visitas que figuran en el programa, y ellas son, creo, lo más intencionado y revelador de este viaje papal, mucho más que la recepción por los reyes, los encuentros con obispos, con representantes políticos, con jóvenes católicos afines; y que la misa multitudinaria, la procesión del Corpus, la Adoración Eucarística. A esas visitas y a las implicaciones teológicas que conllevan me referiré en estas líneas que escribo a petición del director de RELIGIÓN DIGITAL.
El papa visitará el centro del Albergue Cedia para personas sin hogar que Cáritas atiende en Carabanchel (Madrid), el Centro Penitenciario “Brians 1” (Barcelona), el puerto de Arguineguín (isla de Gran Canaria), punto de llegada de inmigrantes supervivientes a bordo de pateras o cayucos para de allí seguir rumbo a un largo calvario de incierto desenlace, y el Centro Las Raíces (isla de Tenerife), un espacio de acogida temporal de inmigrantes. He ahí lo esencial de este viaje. He ahí el criterio de lo humano o de lo divino: “Fui extranjero y me acogisteis”, “Estuve en la cárcel y fuisteis a verme”, “Tuve hambre y me disteis de comer”, “No tuve casa y me hospedasteis”. Hacerse prójimo es la prioridad ciudadana universal, como para el buen samaritano (mirado por el sistema oficial judío como extranjero o como hereje) en la parábola de Jesús: vio al herido del camino, sintió compasión, se acercó a él, le vendó las heridas, lo montó en su cabalgadura, lo llevó a un albergue, cuidó de él. Todo está hecho, todo está dicho.
No dudo de que León XIV acertará a acompañar tales visitas con su tono templado y su palabra enérgica. Como sucedió hace poco con ocasión de su viaje a África: “El mar y el desierto son, desde hace milenios, lugares de enriquecimiento mutuo entre pueblos y culturas. ¡Ay de nosotros si los convertimos en cementerios donde muere también la esperanza!”, dijo en Argelia. En Camerún proclamó: “El mundo está siendo devastado por un puñado de tiranos”. Y también: “Los señores de la guerra fingen no saber que basta un instante para destruir, mientras que a menudo no alcanza toda una vida para reconstruir. Hacen la vista gorda ante el hecho de que se gastan miles de millones de dólares en matar y devastar, mientras que los recursos necesarios para sanar, educar y reconstruir no aparecen por ningún lado”. En Guinea Ecuatorial denunció la “colonización” de los minerales de África.
Celebro que, en el desolado panorama mundial que vivimos, la palabra del papa León, haciendo eco a la del papa Francisco, resuene con ese tono y reivindique con esa fuerza la justicia y la paz planetarias. Celebro que el mensaje socio-político y ecológico ocupen el centro de su predicación. Y que siga siendo, como su predecesor, una de las voces proféticas más reconocidas de hoy a nivel internacional.
Con todo, no puedo dejar de formular una vez más algunas reflexiones que me parecen fundamentales en esta época de profundas e inquietantes transformaciones civilizacionales. Pueden parecer simples cuestiones de índole “teológica” intraeclesial, pero sostengo que ninguna cuestión teológica, eclesial o religiosa es ajena a la política y, a la inversa, ninguna cuestión socio-política es ajena a la teología, a la Iglesia, a la religión en general. Ante la visita del papa a España, me pregunto, pues: ¿su lenguaje teológico –en discursos o en ruedas de prensa– será coherente con la transformación política que él reclama, que todos deseamos? No puedo saberlo, pero me parece divisar alguna pista en su reciente viaje a África.
De regreso al Vaticano, a bordo del avión, preguntado sobre la decisión del cardenal alemán Reinhard Marx, arzobispo de Múnich y Freising, de autorizar la bendición de parejas del mismo sexo en su arquidiócesis, con su semblante sereno y natural de siempre respondió: “La Santa Sede ha dejado claro que no estamos de acuerdo con la bendición formalizada de parejas, en este caso, de parejas homosexuales”. No sé cómo entender ese “no estamos de acuerdo”: ¿querrá decir que, aun sin estar de acuerdo, el papa no lo prohibirá? Lo que queda meridianamente claro es que el papa –o el papado– no reconoce el amor de una pareja homosexual como sacramento del Amor, y no lo puedo entender en boca de alguien que se dice vicario de quien dijo: “Lo que yo os mando es esto: Amaos los unos a los otros” (Jn 15,17). Y esto otro: “Dejáis a un lado el mandamiento de Dios y os aferráis a la tradición [o a los prejuicios] de los hombres” (Mc 7,8). O simplemente: “Tratad a los demás como queráis que los demás os traten, porque en esto consiste la ley y los profetas [o la teología y la moral enteras]” (Mt 7,12).
Y me pregunto: ¿Es creíble en este mundo desorientado de 2026 un discurso político subversivo en boca de una Iglesia institucional aferrada a prejuicios homófobo en nombre de Jesús? ¿Bastará con que los obispos alemanes y cualquier obispo puedan autorizar a sus sacerdotes –un término éste ajeno a Jesús– para que bendigan por igual a todas las parejas que lo deseen, sean homosexuales u heterosexuales? Algo sería, pero faltaría lo esencial. Sería necesario invertir, subvertir, el arcaico modelo eclesial jerárquico, clerical, machista. Sería necesario que toda comunidad eligiera a una persona –hombre o mujer por igual– y le confiriera, para un tiempo acordado, el poder de absolver y de bendecir, en nombre de Jesús, el pan de la Eucaristía y el amor de una pareja, sea cual fuere su identidad de género y su orientación sexual, sin depender para ello de un “orden sagrado” o de un poder especial recibido de un obispo elegido por un papa elegido por unos cardenales elegidos por el papa anterior. De otro modo, no sería la Iglesia de Jesús.
Pero volvamos al avión de regreso de África, a la rueda de prensa. Inmediatamente después de las palabras que acabo de mencionar, con la misma naturalidad añadió el papa: “La unidad o división de la Iglesia no debería girar en torno a asuntos sexuales”. Esto sí es claro y es impecable. Pero también aquí me brotan dudas sobre el alcance real de tales palabras: ¿quiso decir que en la Iglesia Católica ya no habrá conflictos de comunión con Roma –ni censuras ni condenas ni excomuniones– porque un teólogo o una comunidad católica cualquiera no secunde la doctrina o los cánones vaticanos en cuestiones relativas a la sexualidad? Me alegraría si así fuera. Pero, de nuevo, no puedo menos de preguntarme: ¿tampoco habrá conflictos de comunión eclesial –ni censuras ni condenas– cuando una persona o una comunidad católica sostenga en otros campos doctrinas teológicas que la Santa Sede desaprueba? Si no fuera así, veo un problema.
¿Ytiene algo que ver todo esto con el próximo viaje del papa a España? Creo que sí. Desde el inicio de estas líneas –y desde el inicio del anterior pontificado con el papa Francisco– he planteado una cuestión que, sin ser la más importante, no deja de ser crucial: la irrenunciable necesidad de coherencia por parte de la institución católica entre el discurso político ad extra (dirigido a la sociedad planetaria en general) y el discurso religioso-teológico ad intra (dirigido a la comunidad católica). Y esta coherencia necesaria la refiero a dos planos íntimamente ligados: el del lenguaje teológico y el de la comunión eclesial. No se juega ahí, lo sé, ninguno de los asuntos esenciales de nuestro tiempo, pero se juega en parte la credibilidad actual de la Iglesia Católica y su futuro, y su transmisión de la inspiración que movió a Jesús, y, por lo tanto, de su posible contribución a la justicia y a la paz planetarias.
En primer lugar, me parece urgente la actualización del lenguaje teológico por parte de la institución católica: que, con siglos de retraso, reinvente las viejas doctrinas, los viejos cánones, las viejas rúbricas. No que imponga una nueva ortodoxia universalmente vinculante, no, sino que afirme y abra una nueva posibilidad: la posibilidad de que, quien así lo crea necesario para ser discípulo de Jesús y afirmarse cristiano y católica pueda libremente, responsablemente, recrear toda la teología, todos los dogmas, todas las instituciones. Que honre y restaure el término Dios como el nombre del Misterio indecible y como Aliento y Presencia de todo en todo. Que reinvente la institución católica y todas sus instituciones imperiales y medievales. Que derogue el modelo del orden piramidal sagrado, el clericalismo y el machismo que le es inherente. Que devuelva al Evangelio vivo de Jesús su alma inspirada, su fuerza inspiradora. Que así colabore en resucitar la esperanza, es decir, la motivación y el impulso y el gusto por entregarse a la causa de una nueva humanidad fraterna y sororal con la hermana madre Tierra y todos los vivientes.
En segundo lugar, me parece también urgente que el Vaticano revise radicalmente los fundamentos de la comunión eclesial. Que pierda miedo a la diversidad, la diferencia, el pluralismo. Que Roma deje de considerarse como “principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad” de los cristianos, a no ser en el sentido de que el obispo de Roma fuera considerado, entre las Iglesias que lo quieran, como responsable de garantizar el reconocimiento y el respeto de la diversidad. Que extienda a la teología en general aquella afirmación del papa León en el avión de regreso de África: “La unidad o división de la Iglesia no debería girar en torno a asuntos sexuales”. Que tome conciencia de que ninguna idea o creencia dogmática es esencial a la fe viviente ni a la comunión real profunda entre los cristianos, y de que es la imposición de doctrinas –siempre relativas y discutibles– lo que rompe la comunión verdadera. Que nadie sea excluido de la mesa común de Jesús por lo que “cree” o deja de “creer”.
Me permito, al respecto, traer a colación el caso de tres obispos de Roma que se llamaron León y que, con su empeño por imponer su poder y su doctrina única sobre toda la Iglesia, la rompieron: en el siglo V, León Magno (o León I) quiso ejercer el primado sobre todas las Iglesias y persiguió a los maniqueos e impuso el dogma de Calcedonia (Jesús como una persona con dos naturalezas, una divina y otra humana, ambas enteras “sin mezcla ni división”), y condenó a muchas Iglesias que no podían entender ni aceptar tal dogma. Quinientos años después, en 1054, León IX quiso imponer su poder romano a todas las Iglesias y excomulgó al patriarca de Constantinopla, y así provocó la división entre las Iglesias de Oriente y Occidente. Y quinientos años después, en 1521, en el umbral de la Edad Moderna, León X excomulgó a Lutero y provocó la ruptura entre católicos y protestantes. Conclusio patet: No es la negación de una doctrina o de un dogma literal o de un canon, sino su absolutización, endurecimiento e imposición lo que rompe la comunión. Cualquier opinión teológica es menos importante que la discriminación por cuestiones de sexo o de género, a no ser que se trate de una opinión teológica que lleva al dominio o a la discriminación.
Alzad la mirada, despertad. El espino y la vid ya están en flor. ¿Volverán a respirar los manuales y los rígidos cánones aquel aliento fresco que inspiró a Jesús, el profeta palestino, para que en la tierra florezcan la justicia y la paz que solo juntos pueden florecer?
