La visita del Papa a España ¿un nuevo Pentecostés?
El Papa, en su visita a España, ha de confrontar las diferentes realidades tanto eclesiales como sociales. El punto de partida es que la Iglesia ha de estar al lado de los pobres, (en la comunidad primitiva de Jerusalén no había pobres entre ellos, porque repartían sus bienes), de los necesitados, de los marginados, de los emigrantes (de esas personas que huyen de la pobreza o de la violencia de sus países)
Si para A. Machado “la poesía es palabra esencial en el tiempo”, otro tanto hay que decir del lenguaje pentecostal. Sin duda la experiencia pentecostal es muy llamativa e iluminadora. Unos hombres y mujeres rurales, pescadores, escondidos por “miedo a los judíos”, experimentan una transformación, una metanoia, radical, tanto individual como colectivamente, que les empuja a realizar unas acciones inesperadas y cargadas de admiración. El “miedo a los judíos” es algo pasado y, como consecuencia de esa vivencia espiritual profunda, se lanzan a denunciar la injusticia que se ha cometido con Jesús de Nazaret, un profeta, que pasó haciendo el bien, no un revolucionario político, sino un revolucionario ético, como se recoge en su programa ético de las bienaventuranzas o en la parábola del samaritano o cuando invita a amar a los enemigos.
Los discípulos, después de la fuerte vivencia pentecostal, denuncian sin tapujos que los “judíos colgaron del madero” a Jesús de Nazaret y que ellos son testigos de su resurrección (Hch 4,10). Aquella esperanza del profeta Joel (Jl 2,28): “vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán…, porque Dios derramará su espíritu en aquellos días” se hace patente. Esa actitud pentecostal de denuncia inicia el camino de la esperanza, de la transformación total, pues en su día “el lobo y el cordero habitarán juntos, y comerán juntos el becerro y el león y un niño pequeño los pastoreará” (Is 11, 6). Esa experiencia espiritual de Pentecostés es un magnífico GPS para mostrarnos el camino de la esperanza a seguir con decisión y certeza. La esperanza, pues, ese “todavía no”, como dice E. Bloch, no es un más allá en un horizonte invisible, sino un aquí y ahora con cierta oscuridad, que se otea cercano.
Ahora bien, la vivencia espiritual de Pentecostés, ya sea individual o colectiva, no es sólo un buen y certero GPS, sino también un potente motor para realizar las transformaciones sociales y eclesiales necesarias e inaplazables. La comunidad primitiva de Jerusalén, integrada por apóstoles, discípulos y discípulas, experimentan esa vivencia transformadora del Espíritu Santo y su respuesta no es permanecer en aquella casa, encerrados, pero gozosos y alegres por lo que les ha acontecido, sino que salen a la calle para evidenciar la injustica trágica que se había cometido contra Jesús de Nazaret. Sin duda que para ellos hubiera sido más cómodo permanecer en la casa, donde estaban reunidos, y vivir gozosamente esa experiencia inigualable.
No fue así. Pentecostés añade un nuevo elemento, imprescindible para caminar: fuerza, energía y combustible necesarios para la tarea transformadora de la sociedad y de la propia Iglesia. La primera realidad transformadora es que se constituyen en comunidad, al permanecer “unidos en la oración y en la fracción del pan” (Hch 2,42). Es un salto cualitativo importante el formar una comunidad de iguales, permaneciendo unidos en la oración, la celebración de la eucaristía y en la acción profética de manifestar a los judíos la injusticia que cometieron con Jesús de Nazaret y que el crucificado ha resucitado y que “el nuevo cielo y la nueva tierra”, anunciado por los profetas, se ha iniciado ya. Esta comunidad de creyentes desbroza el camino de la nueva esperanza de una manera inesperada y desconcertante, con una acción transformadora increíble para los judíos y no judíos, como poner en común todos sus bienes (Hch 2, 44-46), hasta el punto de que entre ellos no había pobres. La esperanza no es ya una utopía inalcanzable, es un camino con algunos kilómetros menos de recorrido. La pobreza, ya sea económica, cultural, de los derechos humanos…, obstaculiza considerablemente la andadura y el avance por el camino de la esperanza.
Esta atmósfera pentecostal ha de ser el clima de bienvenida del papa León XIV en su visita a España, pues al parecer y, teniendo en cuenta la entrevista de Jesús Bastante al Presidente de la CEE, la jerarquía episcopal se mueve en una línea de silencio y de no imponer temario a las intervenciones de León XIV. Pero el Papa, a mi modo de ver, desde la perspectiva profética y pentecostal, debe afrontar con claridad los problemas de la Iglesia española, como lo hicieron los Apóstoles después de la experiencia vital de Pentecostés, denunciando sin tapujos lo que los judíos hicieron con Jesús de Nazaret. Los Apóstoles en sus intervenciones públicas no tuvieron en cuenta el silencio de la prudencia, ni la diplomacia, sino la realidad vivida por ellos y por la comunidad de seguidores de Jesús.
No debe olvidar que la Iglesia es sinodal, un caminar juntos, y, por lo tanto, todos los componentes de la Iglesia hemos recibido el mismo bautismo, lo que conlleva la igualdad en derechos, aunque haya diferentes funciones
De ahí que el Papa, en su visita a España, ha de confrontar las diferentes realidades tanto eclesiales como sociales. El punto de partida es que la Iglesia ha de estar al lado de los pobres, (en la comunidad primitiva de Jerusalén no había pobres entre ellos, porque repartían sus bienes), de los necesitados, de los marginados, de los emigrantes (de esas personas que huyen de la pobreza o de la violencia de sus países). No puede existir la aporofobia que se respira en ciertos espacios eclesiásticos y eclesiales. A esta actitud habría que añadir, por una parte, el tratamiento que se viene dando a la pederastia de algunos clérigos. El daño está ahí, pero al menos que se reconozca y se pida públicamente perdón y se repare en lo posible a las víctimas; y con la decisión definitiva de no silenciar, ni enmascarar, ni meter debajo de la alfombra tales delitos y sufrimientos. Y, por otra parte, la atmósfera de guerra existente en muchos países. El “No a la guerra” no está presente, y desgraciadamente ni se le espera, en tales espacios jerárquicos y eclesiales. El Papa echará mano, sin duda, de su encíclica Magnifica humanitas y con la misma valentía de “no tener miedo a los judíos”, como hicieron los Apóstoles.
El Papa, además, no debe olvidar que la Iglesia es sinodal, un caminar juntos, y, por lo tanto, todos los componentes de la Iglesia hemos recibido el mismo bautismo, lo que conlleva la igualdad en derechos, aunque haya diferentes funciones. De ahí el largo camino de erradicar el clericalismo y la misoginia en la Iglesia, y, yo diría que de manera evidente en la Iglesia española. El Papa, como los Apóstoles después de la experiencia profunda y radicalmente transformadora de Pentecostés, no puede callarse o marginar estos asuntos existenciales y vitales en nuestra realidad histórica. Su actitud ha de ser pentecostal; moleste a quien moleste. Así la esperanza, “la pequeña esperanza” de Ch. Péguy, ya no es “un todavía no”, sino un todavía sí que se toca con las manos y que nos lleva a la praxis del verdadero espíritu de Pentecostés.
