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El cáncer también acecha a los Papas de Roma

"Según la antropología, la condición humana es corporal, surgiendo en el catolicismo especialmente otra contradicción: una religión con base en la encarnación del mismo Dios, la cual, a veces, parece olvidarse del cuerpo"

El cáncer del Papa

Se impone esta consideración obvia (“Es el fin, viene el fin”). No es sabia la ceguera ante este destino indefectible, ante la desastrosa ruina que comporta, ante la misteriosa metamorfosis que está para realizarse en mi ser, ante lo que se avecina. Soy un siervo inútil (“Servus inútilis sum”).Amen. El Señor viene. Amén.  (Meditación de Pablo VI pocos días antes de su muerte en 1978).

Juan XXIII

No se puede decir que el cáncer, enfermedad real y mítica, fuente de terrores, se haya ensañado con los papas, los nuestros contemporáneos desde Juan XXIII, que fue el único que falleció por esa enfermedad, allá en el lejano año de 1963, lo cual da idea de cierta mesura en una enfermedad tan desmesurada. Pudiera que el futuro sea mucho peor, y que lo de la “juventud “de los papas se relativice, dando igual ser jóvenes o ancianos, pues todos serán atacados. 

 Un cáncer, como el sufrido por el papa Giovanni, que fue agresivo y doloroso, tanto en lo primario (estómago) como en sus mutaciones y derivaciones. Unas células, las cancerosas, que engordan y abultan allí donde surgen, y que, enloquecidas por exceso de vida, sin frenos, emigran, más volando que corriendo, a destinos nuevos, produciendo ahí la muerte, que es también un suicidio, pues se matan también ellas. Y no olvidemos que la muerte, para todos -papas incluidos- es un normal fenómeno fisiológico; un cáncer que no lo puede vencer el más potente sentido de sobrevivencia.     

En el libro de monseñor Loris F. Capovilla, que fue fiel secretario particular de Juan XXIII desde 1953 (año de su nombramiento de Patriarca (Venecia), atractivamente titulado Juan XXIII, anécdotas de una vida, se escribe sobre el buen papa Juan: “Su agonía fue prolongada y dolorosa, pero soportada con ejemplar fortaleza. El cáncer que le llevó a la tumba le fue diagnosticado en el otoño de 1962, pero alcanzó su periodo de dolor más intenso en abril-mayo del año siguiente”. 

Cuenta, además, Capovilla, que informó al papa de la muerte inminente: “Nos encontramos, Santidad, ya ante el fin. El tumor ha hecho su obra. Se ha producido una peritonitis que ha superado su resistencia. El papa respondió in artículo mortis: “Ayudadme a morir como conviene a un obispo, a un papa, y por el Concilio, por la Iglesia, por la paz”. 

Pablo VI

Susto morrocotudo fue lo de la próstata de Pablo VI en el otoño de 1967, con trastornos urinarios, poniéndose todo el mundo en lo peor: un cáncer prostático, teniendo en cuenta que Pablo VI fue siempre un Papa triste, al que llamaron gafe y dijeron que era hijo de padres aburridos, por ser terciarios franciscanos, como Cervantes, que nunca fue triste. Un papa acaso depresivo como Benedicto XVI, que renunció voluntariamente como suelen hacen los depresivos. Fue el papa, Pablo VI quien dijo:” Por alguna grieta el humo de Satán está en el templo de Dios” y en viaje a Colombia, sin optimismo, añadió:” Desde lo alto de la barca mística de la Iglesia, NOS, sentimos que la tempestad nos acosa”.  

Aunque supimos después que el aumento de la próstata papal era de tipo benigno, nunca supimos si lo que hicieron los cirujanos urólogos, lo hicieron bien o dejaron molestias al papa, como precisar pañales absorbentes por incontinencias urinarias. No se sabe y hubo dudas. Hasta se trasladó la sala de operaciones quirúrgicas al Palacio Apostólico, pues era problemática la estancia papal en un centro sanitario por aquel entonces (en aquel tiempo se decía que los papas primero morían y luego enfermaban). El caso es que san Pablo VI murió el 6 de agosto de 1978, día caluroso y de La Transfiguración a consecuencia de problemas cardíacos. 

El destacado y muy visible apéndice nasal de algunos papas, como Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI y León XIV, hace suponer que otros apéndices interiores, menos visibles, caso de la próstata, sean también de tamaño considerable. Que no parezca frívolo decir que cuesta admitir que se tenga hiperplasia en el apéndice prostático y ser chato de narices. Y la magnitud de lo nasal, las narices, hace muy complicado el embalsamamiento según los especialistas, pues la putrefacción cadavérica empieza por el apéndice nasal. Lo de Pío XII y Pablo VI fue terrible, y pasó lo que pasó, que no lo escribo ahora por ser largo de contar. 

Y en estas estábamos --en ablativo absoluto-- cuando rezando el ángelus en la mañana del pasado 11 de octubre último, el mismo Papa se refirió a su nódulo pulmonar; al día siguiente, después de su extirpación, los médicos afirmaron el carácter maligno de la lesión pulmonar. A partir de ese momento en corros de sacristías se buscaron huellas de la enfermedad en los numerosos actos presididos por el Papa en Francia y hasta en España. Hubo quien dijo, acaso exageradamente, que se vio al Papa muy fatigado o consumido en la misa dominical del 27 de septiembre último en la Prairie del Santuario de Nuestra Señora de Lourdes. 

León XIV en Newsweek

Confieso mi pena, pues este papa, fraile de convento, misionero y mendicante, me gusta casi tanto como Francisco, o sea, mucho. Y rezo a Dios por su restablecimiento. León XIV era el cardenal preferido por Francisco, que no era fraile sino reverendo padre Jesuita, tal como escribí en mi artículo publicado, aquí en Religión Digital, que titulé Catorce meses desde la elección de León XIV, un fraile conventual y misionero.

Detestando a Trump, al que mucho detesto, la semana pasada tuve que darle la razón, pues dijo una verdad: “A Prevost lo elegí yo”. Y es que papa Prevost, además de patrocinado por Francisco, los cardenales conclavistas aplaudieron que a ese patrocinio se uniera la condición de norteamericano, estando ahora las cuentas vaticanas y/o las finanzas, antes muy deficitarias, ya casi ordenadas. Y es que Trump es un loco, pero no de remate. Un fraile, León XIV, muy de la sinodalidad, y no como otros frailes que viven creyendo que los tiempos de ahora son los del Concilio de Trento o del Vaticano I. 

Mi única discrepancia con León XIV está –sea dicho incidentalmente- en lo que dijo en el discurso en el Palacio Real de Madrid, el 6 de junio último, ante los Reyes y las dos Infantas isabelinas, en referencia al apóstol Santiago el Mayor. No señaló su patronato de España y de la Orden Militar de su nombre, conocido por “el matamoros”, siendo de mucho debate que la presencia del islam en la Península ibérica, según dijera el papa, fuese “no solo tiempo de confrontación, sino también de conversación y diálogo”. ¡Si Quevedo levantara la cabeza…! Seguro que la Santina de Covadonga y Pelayo, el astur, tendrían mucho que apuntillar.   

Al papa, nuestro papá o papa, lo llamamos Santidad (“Santo Padre o Padre Santo”); la Teología del Primado Petrino es muy cuidadosa en la atribución al sucesor de Pedro de características propias de lo sacrum, que, siendo neutral de gramática, no es neutral en lo demás. Francisco trató de desacralizar al papado llevando pantalones y zapatones negros a diferencia del dandi y pulchrum Benedicto XVI, discípulo del teólogo suizo, también muy de lo pulchrum, y exjesuita, Von Balhtasar. Contradicción entre la pretensión de la curia vaticana, por ejemplo, de funerales con mucho boato y la voluntad de sencillez manifestada y repetida por los papas en sus testamentos, que sirven, en general, para muy poco, pues parece propio no respetarlos. Casi siempre, con los testamentos pasa eso…

Lo indiscutible es que el cuerpo de los papas, es como el de los humanos restantes, sano y enfermo. Dicen que una noche, en Turín, Nietzsche gritó en italiano: “Io sono una malattia”. Cuerpo con circunvoluciones casi infinitas que son como norias en el cerebro y que, estropeándose alguna, provocan ictus mortales; con redes infinitas de venas y arterias con fáciles patologías cardíacas; y con meandros intestinales, un poco más arriba y un poco más abajo de los intestinos, donde tanto gusta esconderse lo peor de lo peor. Y es que, según la antropología, la condición humana es corporal, surgiendo en el catolicismo especialmente otra contradicción: una religión con base en la encarnación del mismo Dios, la cual, a veces, parece olvidarse del cuerpo. 

Papa Francisco

Todo parece contribuir a que se facilite el culto a la personalidad del Papa --lo que se llama papolatria-- que es una modalidad de idolatría inter vivos y de necrolatría mortis causa. Lo que resulta es natural si el papa es todo lo que dicen que es: jefe del Colegio de Obispos, Vicario de Cristo, pastor de la Iglesia universal, sucesor del príncipe de los apóstoles, soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano y soberano pontífice de la Iglesia Universal. Y también lo de la plenitudo potestatis y sacer de Giorgio Agamben, y lo de la Biblia en verso. 

Resulta ahora que al carisma pontifical por todo lo anterior, se suman las exageraciones de los medios de comunicación y lo de los apoteósicos viajes papales, con toques del Papa a niños y enfermos como si fuera un jefe mágico de tribu. Más aún, el Vaticano es como una corte de Bizancio, aunque sin emperatrices, con rituales de todo tipo y colores, de bellísimas coreografías, incluidos las de Hollywood. Por todo lo expuesto, parece natural la idolatría papal y con novedades en la necrolatría: lo de ¡santo súbito! y el traslado de los cuerpos muertos de los papas de un lado al otro de la Basílica vaticana, en la busca de cuerpos papales incorruptos.

La muerte por cáncer de Juan XXIII se llevó con gran secretismo y serenidad, acaso en ello influyera la celebración del Concilio Vaticano II que tanto tapó y destapó. Pudiera ser que ahora, una muerte papal por causa de un agresivo cáncer, los atributos papales, los que verdaderamente son y los añadidos, como ocurrió con el Parkinson de san Juan Pablo II, sirvan para hacer normal lo que es una normalidad: la enfermedad y la muerte; esa alternancia que va del nacimiento a la muerte, con seguridad de reloj de pared.  

En enero de 2025, meses antes de morir el papa Francisco (murió en abril del mismo año), renovó en el cargo de decano del Colegio Cardenalicio al cardenal Re por haber cumplido el primer ciclo de 5 años de mandato, renovable eventualmente (según lo dispuesto en la Carta Apostólica en forma Motu Proprio sobre el cargo de decano del Colegio Cardenalicio, de fecha 21 de diciembre de 2019), ya hubo voces que trataron de ver en esa renovación una significación ante el Cónclave que parecía cercano, y la tuvo para frenar a Parolín en sus aspiraciones.   

Omito los interesantes rompecabezas relacionados con el Decano Sodano, que están en la base de ese Motu Proprio de 2019 y relación conflictiva que fue constante en el pontificado de Francisco hasta el año 2019, año de la renuncia de Sodano. 

Entierro de Sodano

Ahora mismo, al declarar el papa la enfermedad pulmonar, hace unos días tan solo, también se levantaron voces sobre si existía relación entre esa enfermedad y la elección del nuevo decano del Colegio Cardenalicio, cardenal Tagle, previa renuncia del cardenal Re, que se encontraba en el ejercicio legítimo de su cargo, y elección aquélla entre los miembros de la orden de cardenales obispos, tal como dispone el canon 352.2 del Codex.  

Lo que me parece de interés, más que el nombramiento del cardenal filipino, que fue el que colocó al Papa, su amigo, el anillo de Pescador en la solemne misa de inauguración del Pontificado de León XIV, el 18 de mayo de 2025, es la renuncia previa del cardenal Re, ¿fue voluntaria o fue impuesta?, y ello, teniendo en cuenta las reticencias de la gerontocracia vaticana a dejar los cargos voluntariamente, aunque se tenga más de noventa años. No contradice la resistencia a la renuncia, lo del papa Benedicto XVI, pues su renuncia al papado fue por circunstancias psicológicas ya muy analizadas, resultándole insoportable continuar su tarea.  

También Sodano tuvo que renunciar, como ya escribimos, en 2019 al cargo de decano, no pareciendo muy contento, a pesar de ser, en teoría, una renuncia “voluntaria”, y eso que era un hombre “eclesiásticamente disciplinado”, según el mismo papa Francisco. Por si acaso, delante del Papa, siempre oraba Sodano: “Ubi Petrus, ibi Ecclesia”.  

Santiago

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