El Dios de nuestro pueblo.
Dios es el Dios de nuestro pueblo, el que va con nuestros signos, el que va con nuestras guerras y nuestras luchas, el que va con el pueblo en sus justas reivindicaciones. Este Dios maravilloso es el Dios que los cristianos hemos seguido adoptando. Este es el Dios de la revelación; no necesita grandes abstracciones ni filosofías de Atenas.No es un Dios de los filósofos. Es el Dios que decía Cristo: Padre, te doy gracias porque has revelado estas cosas a los sencillos, a los humildes. ¡El Dios de los humildes! (10 de junio de 1979)
Durante la crisis de la pandemia de la COVID-19 en El Salvador se vio lo siguiente: Los Heraldos del Evangelio, una organización católica muy conservadora, pusieron la imagen de la Virgen de Fátima en un helicóptero para sobrevolar el territorio salvadoreño y transmitieron en directo las imágenes desde el helicóptero, en las que se veía a uno de los Heraldos rezando el rosario. Esto es una manipulación de la devoción mariana de nuestro pueblo. Es una manipulación de lo divino. Dios no se hace presente a través de la imagen de la Virgen en un helicóptero pagado por los heraldos. Hay que recordar que la primera palabra de María en el Evangelio de Juan es «Hagan lo que Él diga». Sobrevolar nuestro territorio no trae «bendición» en esta crisis, no trae curación ni protección contra el contagio. Hacer lo que Jesús nos dice, eso es la bendición divina. Eso es serle fiel a María y hacerle caso. El papa Francisco ha dicho: «Demos gracias a la Virgen María porque ella nos ha traído y nos trae a Jesús». Hagamos lo que Él nos diga.
Lo recuerdo porque, en realidad, hay tanta manipulación de lo divino. Por eso es importante consultar a monseñor Romero, que nos dice: «Dios es el Dios de nuestro pueblo, el que va con nuestros signos, el que va con nuestras guerras y nuestras luchas, el que va con el pueblo en sus justas reivindicaciones». Vivimos en una época en la que los propietarios de grandes empresas despiden a miles de trabajadores. A veces se declaran en quiebra por no obtener suficientes ganancias, otras veces trasladan sus empresas a otros países donde se pagan salarios más bajos o donde hay menos restricciones medioambientales y otras veces son los procesos de inteligencia artificial, robótica y otras nuevas tecnologías los que expulsan el trabajo humano. Ante estas realidades no estamos preparados. Esas empresas hacen más pesadas las cruces de las crisis económicas, de salud y de supervivencia. Es frente a esos monstruos a los que Monseñor Romero nos recuerda que el Dios de Jesús es el Dios de nuestro pueblo, el Dios «que va con el pueblo en sus justas reivindicaciones». En esto no estamos solos. Esto no lo entienden los idólatras del poder y del dinero, ni los empresarios ni los políticos (con sus privilegios e impunidades). Monseñor es consciente de que solo la gente pobre y sencilla entiende y se anima con esa fe en el Dios de los pobres. Nos recuerda las palabras de Jesús: «Es el Dios que decía Cristo: Padre, te doy gracias porque has revelado estas cosas a los sencillos, a los humildes. ¡El Dios de los humildes!».
Por eso, en el Evangelio de Lucas, la humilde mujer, la joven de Nazaret, María, canta acerca del Dios de nuestro pueblo: «Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; sacia de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos. A su pueblo toma de la mano y le demuestra su misericordia». Este es el Dios que camina con nuestro pueblo, que está presente en su angustia y en su esperanza, en su cansancio y en su lucha. «El Dios de los humildes», dice monseñor Romero. Por eso la Virgen María, tan humilde, es tan grande: nos trae a Jesús, que es el camino a seguir, el horizonte de esperanza y la cara visible del Padre.
Para muchos cristianos, este mensaje de María no es de su agrado. Prefieren no escucharlo. En muchas homilías se suaviza su contenido. Por supuesto, el Dios de Jesús es el Dios de todas las personas, pero se puede encontrar, escuchar, sentir y experimentar su presencia liberadora, sobre todo, en la vida de la gente sencilla, entre las personas más pobres y en la mayoría de nuestros pueblos. Los pastores de las iglesias deberían escuchar con el corazón abierto a los pobres de sus comunidades antes de preparar sus prédicas, sermones, homilías y discursos. ¿Cómo entienden los pobres los textos del Evangelio? ¿Cómo habla Dios hoy a todos y todas a partir del grito de los más pobres y vulnerables?
No tengamos miedo de arriesgarnos con el Dios de Jesús, el Dios de los humildes, el Dios de los pobres. El Evangelio es nuestro «norte», nuestro horizonte, nuestra brújula, nuestro hermano mayor que nos guía.
Cita 11 del capítulo I (Dios) en el libro “El Evangelio de Mons. Romero”