La Iglesia se predica desde los pobres.
“La Iglesia se predica desde los pobres y no nos avergonzamos nunca de decir: la Iglesia de los pobres, porque entre los pobres quiso poner Cristo su cátedra de redención.” (24 de diciembre de 1978)
Al convocar el Concilio, el papa Juan XXIII expresó su visión de que «la Iglesia se presente como es y cómo quiere ser: una Iglesia de todos, en particular una Iglesia de los pobres». Con estas palabras proféticas, el papa invitaba a los cristianos, y sobre todo a sus «hermanos obispos», a llevar una vida de pobreza y a ser una «Iglesia sierva y pobre». Sin embargo, los «padres conciliares» no retomaron la fuerza de esa visión evangélica de Juan XXIII. Años después, el papa Francisco habló en muchas homilías y escritos sobre su deseo de tener una «Iglesia pobre y para los pobres».
Sin embargo, la expresión «Iglesia de los pobres» ha recibido muchas críticas de personas e instituciones que se relacionan sobre todo con gente no pobre. Según ellos, la Iglesia no puede posicionarse a favor de los pobres ni descuidar a quienes no lo son. A las autoridades eclesiásticas en general tampoco les gusta esta expresión y en más de una ocasión prohíben su uso. Sin embargo, jamás se preguntan cómo han llegado a dejar de ser pobres.
Nos parece que es una pregunta que no se puede eludir o negar. Por supuesto, hay personas que han logrado salir de la miseria, la pobreza y la supervivencia para alcanzar un mayor nivel de bienestar social y económico.Muchas veces contaron con apoyos (gracias a los sacrificios de sus padres, becas de estudio, fondos iniciales para pequeñas empresas, etc.) y, sobre todo, hicieron enormes esfuerzos y trabajaron incansablemente. Sin embargo, la gran riqueza de unos pocos es el resultado de la explotación económica de quienes trabajan a su servicio, el resultado de herencias familiares, el resultado de la manipulación de leyes que facilitan la compra barata de terrenos o el resultado de muchos años en puestos políticos en los que se han aprovechado estructuras de corrupción. La acumulación exagerada de riqueza por parte de las personas más ricas del mundo es un verdadero escándalo humanitario que no puede justificarse de ninguna manera.En enero de 2026, Oxfam[1] informó que «la riqueza conjunta de los milmillonarios aumentó el año pasado en 2,5 billones de dólares, una cifra que prácticamente equivale a la riqueza total en manos de la mitad más pobre de la humanidad, es decir, 4100 millones de personas». Con los 2,5 billones de dólares de incremento de la riqueza combinada de los milmillonarios este último año, se podría erradicar la pobreza extrema 26 veces».
Monseñor Romero sitúa a la comunidad de creyentes en Jesús de Nazaret junto a los pobres de la historia, junto a quienes tienen hambre y sed. Esta expresión hace referencia a todas las necesidades básicas insatisfechas en alimentación, vivienda, salud, educación, cultura, oportunidades, etc. La gran mayoría de las familias que viven en la miseria o en pobreza son víctimas de explotación económica; es decir, deben vender su fuerza de trabajo y su capacidad productiva a valores mucho más bajos que la rentabilidad de las empresas. Con su trabajo enriquecen a los propietarios de los medios de producción y de servicios. Esto ocurre en la agricultura, el comercio, la industria, los servicios, etc. No existe ninguna relación justa entre la riqueza creciente de los propietarios de las empresas y los ingresos de sus trabajadores. Millones de otros pobres ni logran tener trabajo, a penas sobreviven, o llegan a morir de hambre.
Monseñor Romero recuerda que «entre los pobres quiso poner Cristo su cátedra de redención». Jesús realizó su misión entre los que sufrían hambre y sed, los enfermos (y por eso excluidos). Su misión era ser buena nueva (de parte de Dios) para ellos.Desde ahí, llamó a la conversión a todos los demás: a los encargados de la religión, a los que tenían poder y riquezas acumuladas. Por eso, monseñor Romero puede decir que «no nos avergonzamos nunca de decir: la Iglesia de los pobres». Él estaba convencido de que solo una Iglesia de los pobres podría ser fermento del Evangelio en la historia del pueblo.
En ciertos sectores de la ciudad y en algunos pueblos, hay gente muy pobre que se acerca constantemente a la iglesia porque es religiosa y, muchas veces, vive su tradición religioso-cultural. Ser «Iglesia de los pobres» exige a la institución eclesial y al personal pastoral una clara opción liberadora en su camino con la gente. No basta con administrar los sacramentos, organizar las fiestas patronales y las distintas procesiones y rezos. También «nuestra cátedra» debe estar entre los pobres; es decir, nuestra predicación, nuestra catequesis y toda la formación constante deben partir de la realidad histórica de los pobres. Son ellos y ellas quienes viven la desesperanza y la cruz, y por eso son los primeros que pueden entender las buenas nuevas de salvación, liberación y nuevos horizontes para salir de la pobreza y desarrollar todas sus capacidades humanas y creyentes. Son los que con más realismo pueden discernir la realidad histórica (de pecado) que vivimos, porque son sus víctimas. A menudo, son los mejores intérpretes del espíritu de los textos bíblicos. El mismo Jesús dio gracias al Padre por haber revelado esas cosas (las buenas nuevas del Reino) a los pobres y excluidos.En la Iglesia de los pobres aprendemos a escuchar la voz de Dios en la voz y el testimonio de los pobres. Esto exige cercanía, apertura y voluntad de compartir la dura realidad de la privación constante de lo necesario para vivir.
Las riquezas que las iglesias muestran en sus catedrales y demás templos, en sus ceremonias y ritos (y, por supuesto, también las acumuladas desde hace muchos siglos y presentes en muchos museos) chocan radicalmente con la llamada de Jesús, de Juan XXIII, de Francisco, de monseñor Romero y de muchos otros profetas y pastores auténticos para ser «iglesia de los pobres». ¿Qué diría Jesús al ver la cantidad de millones que cuestan los viajes de los sucesores de Pedro al visitar a nuestros pueblos?
¿Podemos creer que los múltiples problemas de la Iglesia nunca tendrán una solución verdadera y duradera si la institución eclesiástica, a todos los niveles y en todas sus dimensiones, no se convierte primero en «Iglesia de los pobres»?
Cita 13 del capítulo III (Iglesia) en el libro “El Evangelio de Mons. Romero”
[1]https://www.oxfam.org/es/letters-and-statements/la-riqueza-de-los-milmillonarios-crece-tres-veces-mas-rapido-en-2025-y