Última hora:
Crisis de Ceuta

El pueblo pobre cristiano el más perseguido.

Si esto se ha hecho con los representantes más visibles de la Iglesia, comprenderán lo que ha ocurrido con el pueblo sencillo cristiano, a los campesinos, sus catequistas y delegados de la Palabra, a las comunidades eclesiales de base. Ahí los amenazados, torturados y asesinados se cuentan por centenares y miles. Como siempre, también en la persecución ha sido el pueblo pobre cristiano el más perseguido. Es, pues, un hecho claro que nuestra Iglesia ha sido perseguida en los tres últimos años.” (2 de febrero de 1980)

Reflexionamos a partir de una cita del discurso de investidura como doctor honoris causa de monseñor Romero en la Universidad de Lovaina (Bélgica). A veces se ha dicho que se trata de una síntesis de su pensamiento y su actuación como pastor de la arquidiócesis de San Salvador.

Una vez más, Monseñor pone en el centro de su discurso al pueblo cristiano pobre y perseguido. «Es, pues, un hecho claro que nuestra Iglesia ha sido perseguida en los tres últimos años».Es necesario tomar en serio la importancia que Monseñor da a los cristianos pobres y perseguidos: «los amenazados, torturados y asesinados». La Iglesia se identifica como perseguida porque se trata del pueblo crucificado. El padre Ellacuría diría después que, con monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador.Y es cierto, no solo por la palabra profética y jesuánica de Monseñor, sino porque el pueblo salvadoreño (en su mayoría pobre y cristiano) vivió la historización y la actualización del Viacrucis de Jesús hasta su asesinato en la cruz: un pueblo crucificado.

Monseñor conocía bien el texto de la primera carta de Pablo a la comunidad cristiana de Corinto (1 Co 1, 23): «Nosotros proclamamos a un Mesías (Cristo) crucificado». Del mismo modo, monseñor proclamaba y daba a conocer al mundo que su pueblo estaba crucificado, que su pueblo vivía el vía crucis de Jesús. Hoy decimos que el pueblo crucificado de El Salvador ha sido la presencia de Jesús. No basta con recordar a Pablo cuando escribió a los Colosenses (Col 1, 24): «Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo». En El Salvador hemos experimentado que Dios pasó por El Salvador en la cruz de Jesús. También aquí miles de familias han sentido lo que Jesús expresó en la cruz: «Padre, ¿por qué me has abandonado?». Nuestro pueblo pobre y cristiano se reconoció en el sufrimiento, la persecución y el asesinato de Jesús. Ya no se trataba de un reconocimiento simbólico o litúrgico, como en las procesiones (viacrucis, procesión del santo entierro), sino de la vida real e histórica.

El viacrucis del pueblo salvadoreño no terminó con los acuerdos de fin de guerra al inicio de 1992.A partir de ese momento nació y creció lo que algunos llamaron una guerra social, con asesinatos, desapariciones, extorsiones, violencia de género, control de territorios, etc. El pueblo pobre siguió cargando con la cruz más pesada. Según algunos analistas, durante esa guerra social murieron más salvadoreños que durante los doce años de guerra civil. Al mismo tiempo, creció una generación que vivía atemorizada por la violencia de las maras. Pero también miles de familias (muchas de ellas pobres) se acostumbraron a vivir de los beneficios del robo y la extorsión. Miles de jóvenes se vieron atrapados en la espiral monstruosa de la violencia.  De nuevo, las víctimas eran sobre todo familias pobres.

Otros pueblos que no han vivido recientemente una guerra civil también se enfrentan a la espiral de violencia social, que siempre tiene raíces en las estructuras y dinámicas económicas de exclusión y empobrecimiento de muchos y enriquecimiento de pocos. Esa espiral lleva a los pueblos a vivir el silencio de la cruz, el silencio de los cadáveres y de los desaparecidos, el silencio del miedo. Con demasiada frecuencia, los intentos institucionales (policiales o militares) de frenar esa espiral generan nuevos procesos violentos.

El pueblo salvadoreño (y muchos otros pueblos del mundo) y, en él, también la Iglesia, han sido crucificados. En tiempos de persecución, Dios no ha dejado de visitar a su pueblo. Pero muchos no lo han reconocido. (Lc 19, 44). Animémonos para que no desaparezca la esperanza. Escuchemos a monseñor Romero.

Cita 11 del capítulo VIII (Los mártires) en el libro “El Evangelio de Mons. Romero”

También te puede interesar

Lo último

stats