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El sí de las promesas de Dios

25 abr 2026 - 11:00

“¡Qué hermoso nombre para Cristo! El sí de las promesas de Dios. El sí en que Dios, que ha prometido cosas tan inauditas como una salvación nueva, un perdón de los pecados, un llamamiento de todos los pueblos a formar un solo pueblo, un solo amor, no se arrepiente de sus promesas, sino que en Cristo las cumple, aun cuando ese Hijo de sus amores sea llevado a ser clavado en una cruz…. En Cristo se hacen amén las esperanzas de todos los pueblos, porque en Cristo se hacen sí las promesas de Dios. Cristo es la zona donde el hombre necesitado, los pueblos pecadores, las sociedades ennegrecidas, sin esperanza, miran la esperanza de un Dios que todavía nos ama.” (18 de febrero de 1979)

Aunque nos llamamos cristianos, tengo cada día más la impresión de que no creemos lo que monseñor Romero nos dice en esta cita: «Cristo es el sí de las promesas de Dios».Es decir, Jesús es el cumplimiento del amor de Dios por la humanidad, la verdadera cercanía de Dios con su pueblo, el acompañamiento y cuidado de la humanidad, que siempre comienza por los más débiles. Jesús es el «amén» de las esperanzas de todos los pueblos. Jesús es la encarnación del Dios Padre-Madre que nos ama, a pesar de nuestra tibieza, nuestra falta de respuesta en la construcción del Reino y nuestros errores y traiciones. 

En tiempos de crisis (como la sanitaria, la social, la económica y la política) o de desastres naturales (como sequías o tormentas tropicales), las iglesias y sus ministros invitan a pedirle a Dios (ya sea a través de monseñor Romero, la Virgen María, san José o quien corresponda) que intervenga, que salve, que cure, que pare la enfermedad, que construya democracia, que nos proteja, que cuide, que nos acompañe, que nos dé fortaleza, etc. 

Me pregunto si ese tipo de oración y rogativa no es más bien expresión de la falta de fe, si no es una muestra de no creer en la presencia real de Cristo, de su Espíritu, de Dios acompañando, curando, salvando, animando, consolando, ayudando... ¿Un niño o una niña debe rogarle a su madre y a su padre que lo cuide, que lo salve, que lo anime, que lo eduque, que lo alimente, que le dé un hogar, que le dé esperanza y motivación para crecer y asumir responsabilidades? ¿No será que el problema somos nosotros y no Dios, ni Jesús, ni el Espíritu Santo? El domingo de Pentecostés se canta: «Ven, ven, ven Espíritu Santo». ¿Dudamos de la presencia real del Espíritu Santo? ¿No seremos nosotros el obstáculo para que se realice el Reino de Dios, para que la fuerza del Espíritu pueda dar frutos en nosotros, para que la vida, muerte y resurrección de Jesús se realice en nosotros como testigos y verdaderos seguidores?

Monseñor Romero decía: «Cristo es la zona donde el hombre necesitado, los pueblos pecadores, las sociedades ennegrecidas y sin esperanza miran la esperanza de un Dios que todavía nos ama».  Si lo creemos de verdad, ¿no deberíamos pedir, rogar, suplicar y rezar para que Cristo sea la esperanza de Dios que nos ama desde el vientre de nuestra madre?Nosotros creemos que Dios está presente en nuestro pueblo como fuerza liberadora, salvadora, sanadora y animadora, tal y como lo vimos y oímos en la vida de Jesús, incluso más allá de la cruz. ¿No recordamos que Jesús nos dijo que nuestro Padre sabe lo que necesitamos?

Nos parece que tendríamos que cambiar radicalmente la dimensión de nuestra oración personal y comunitaria. (1) En primer lugar, debemos expresar nuestro profundo agradecimiento por la presencia esperanzadora de Dios en nuestras vidas.Así como un hijo expresa su agradecimiento por el amor que recibe de su madre y de su padre. (2) Pedir que podamos abrirnos de verdad a la luz del Evangelio, a la fuerza del Espíritu y a hacer lo que María dijo: «Hagan lo que Él les diga». Pedir en oración que nazca en nosotros la solidaridad, la fraternidad, la rebeldía contra el sistema injusto y la capacidad de ser co-constructores del Reino. Y tomar decisiones. (3) Expresar nuevamente nuestro profundo agradecimiento al Padre por habernos dado a Jesús como ejemplo y modelo de vida y como plena esperanza.Vivamos profundamente agradecidos por haber sido llamados a servir. No tengamos miedo.

Cita 10 del capítulo II (Jesús de Nazaret)  en el libro “El Evangelio de Mons. Romero”

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