Se cumplen cuarenta años de la visita relámpago del pontífice en medio del conflicto Malvinas: La historia detrás del viaje fugaz de Juan Pablo II a la Argentina

Argentinos rezan por la paz en Palermo
Argentinos rezan por la paz en Palermo

Las 36 horas de la visita del pontífice a Buenos Aires en medio del triunfalismo de la dictadura que gobernaba el país y el clamor del pueblo reunido en una misa multitudinaria: "¡Queremos la paz!"

¿Qué motivó aquel viaje relámpago del Papa?

La historia de unn viaje comprometido en el que la astucia del cardenal Casarolli fue clave

La dictadura decía: “¡Vamos ganando!”, pero la derrota era inminente. Una multitud estimada en dos millones de personas apiñada en derredor del Monumento a los Españoles, en los bosques de Palermo, clamaba el 12 de junio de 1982 por el fin de la guerra de Malvinas: “¡Queremos la paz! ¡Queremos la paz!”, coreaba. En un imponente altar, Juan Pablo II estaba terminando una visita relámpago al país de 36 horas para acompañar a los argentinos en el doloroso trance. No faltaron, sin embargo, quienes consideraron que el pontífice había venido para presionar una rendición de la Argentina y de crear en la población un clima favorable a la claudicación.

Juan Pablo II en Argentina

Lo cierto es que la historia de este viaje papal constituyó un hecho inédito en la diplomacia vaticana. Una historia que comienza en 1980 con la decisión de Juan Pablo II de visitar Gran Bretaña, viaje que la Santa Sede fijaría entre el 28 de mayo y el 2 de junio de 1982. Pero dos meses antes se produjo un hecho inesperado: el desembarco argentino en las islas. La circunstancia puso en aprietos al Vaticano. ¿Debía el Papa ir igual a Gran Bretaña y correr el riesgo de que ello se interpretara como un favoritismo hacia los ingleses? ¿Y en desmedro del la décima nación en cantidad de católicos y, por entonces, parte en una crucial mediación papal por un conflicto limítrofe con Chile?

La suspensión del viaje a Gran Bretaña conllevaba dos problemas: uno político otro ecuménico: por un lado, un incidente con el gobierno británico y, por el otro, con la Iglesia anglicana -separada de Roma hace casi 500 años- y con la cual Juan Pablo II estaba intentando un acercamiento. De hecho, las autoridades eclesiásticas católicas y anglicanas del Reino Unido le pidieron al Vaticano que no se suspendiera la visita, alertados de que había sectores antibelicistas que estaban presionando para que no fuera. Paralelamente, los obispos argentinos habían comenzado a enviar mensajes a Roma en el sentido de que si iba a Gran Bretaña debía también visitar la Argentina.

"La astucia de Casarolli fue clave"



Frente al dilema, un cardenal jugó un papel clave: Agostino Casaroli, un brillante diplomático que se desempeñaba como secretario de Estado del Vaticano, apuntalado por otro, el presidente del Episcopado argentino, Raúl Primatesta, quienes trataron de convencer a Juan Pablo II de que también viajara a la Argentina. Esto implicaba organizar un viaje en pocos días cuando lo habitual es que la Santa Sede se tome un año. Pero la idea era mostrar que el pontífice estaba cerca de los dos pueblos. Finalmente, lo lograron. Según le dijo a Télam el periodista Luis Badilla, del experimentado sitio en cuestiones vaticanas El Sismógrafo y quien acompañó a Juan Pablo II al país en aquel histórico viaje, “la astucia de Casarolli fue clave”.

Por lo pronto, en vísperas de su partida a Londres, el Papa tuvo un gesto hacia la Argentina que reveló el cuidado que estaba poniendo en el vínculo la diplomacia vaticana. Con motivo de la celebra eón del 25 de Mayo le envió una carta a “los fieles argentinos”. Allí les explicaba que “la cancelación del viaje (a Gran Bretaña) sería una desilusión no solo para los católicos, sino también para muchísimos no católicos que lo consideran importante también por su significado ecuménico, en alusión a los anglicanos. Tras destacar que la visita era “estrictamente pastoral y en ningún modo política”, se manifestaba “hondamente preocupado por la causa de la paz”.

Al día siguiente se anunció su visita a la Argentina, que incluiría una misa en el santuario de la Virgen de Luján, más la otra junto al Monumento de los Españoles. También tendría una breve reunión con el presidente de facto, Leopoldo Galtieri. En una entrevista que el periodista y escritor Juan Bautista Yofre le realizó dos meses después de terminada la guerra, Galtieri dijo que el Papa no le habló de Malvinas, pero sí de acelerar una respuesta a la propuesta papal para una solución al diferendo limítrofe con Chile que recién se resolvería con la vuelta a la democracia.



Galtieri también afirmó que el viaje papal perjudicó a la Argentina en su conflagración con el Reino Unido. “Es evidente que su presencia, en los momentos trascendentales nos perjudicó”, señaló. Pero no explicó ni cómo ni por qué. Y consideró que el pontífice debió suspender su viaje a Londres. En cambio, reconocióque el cardenal Raúl Primatesta -a quien Juan Pablo II escuchaba mucho-, llevó a Roma la inquietud de la Iglesia argentina en el sentido de que el Papa no podía aparecer avalando con su presencia en Gran Bretaña la posición británica y que entonces decidió venir.

En aquellos días el diario vaticano L’Osservatore Romano, tratando de despejar cualquier especulación política, escribió: “La visita relámpago del Papa a Buenos Aires es un viaje de paz”. Mientras que Juan Pablo II dijo a poco de dejar el país: “No se dude en buscar soluciones que salven la honorabilidad de ambas partes y restablezcan la paz”.

Más allá de su anhelo, si el Papa no hubiera ido a Gran Bretaña quince días antes, no habría venido al país en ese momento. Hubiera cumplido con la tradicional “visita pastoral” a todos los países, que aquí finalmente realizó en 1987.

Juan Pablo II

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