El Buen Pastor frente al poder de la impunidad: memoria profética de Juan José Gerardi Conedera
Dos días después de presentar un informe que documentaba miles de víctimas y señalaba responsabilidades estructurales en la violencia contra comunidades indígenas y campesinas, un obispo fue asesinado en pleno corazón del poder político. La muerte de Mons. Juan Gerardi no fue un hecho aislado: fue un golpe contra la verdad, un mensaje de intimidación y la evidencia de un sistema atravesado por la impunidad. A la luz de los textos bíblicos del Cuarto Domingo de Pascua, Domingo del Buen Pastor, su vida y su martirio revelan el conflicto entre una Iglesia que acompaña al pueblo y estructuras que han intentado silenciar su voz. En esta reflexión intento revisar aquel execrable crimen, mantener la denuncia profética e interpelar el presente de Guatemala y de toda América Latina.
La imagen del Buen Pastor como clave para leer la historia
Este domingo 26 de abril se cumplen 28 años del vil asesinato de Mons. Juan Gerardi, obispo de Guatemala. Por tal motivo encuadro su memoria en la liturgia del Cuarto Domingo de Pascua que nos propone una imagen decisiva: el pastor que conoce a sus ovejas y da la vida por ellas. El evangelio según san Juan contrasta al verdadero pastor con los “ladrones y bandidos” que roban, matan y destruyen. Esta oposición no es espiritualista ni abstracta; describe dos modelos de poder. Uno se sostiene en el servicio y genera vida; el otro se impone mediante el miedo y produce muerte.
Leída desde América Latina, esta imagen del Buen Pastor adquiere densidad histórica. El pastor auténtico no es un líder distante, sino quien acompaña al pueblo, escucha su clamor y se compromete con su dignidad. En Guatemala, esta imagen evangélica se encarna con fuerza en la vida de Mons. Gerardi, cuya memoria ilumina el ministerio pastoral en contextos marcados por la violencia, la desigualdad y la impunidad.
El discurso de Pedro en el libro de los Hechos de los Apóstoles muestra que la proclamación de la verdad “traspasa el corazón”. La palabra que anuncia la resurrección no es neutra; interpela la historia y provoca conversión. De la misma manera, el ministerio pastoral que se compromete con la verdad incómoda a quienes prefieren el silencio. Mons. Gerardi asumió esta dimensión profética al impulsar la recuperación de la memoria histórica de las víctimas. Su acción pastoral fue profundamente evangélica: devolver la voz a quienes habían sido silenciados.
El REMHI: verdad evangélica que desafió estructuras de poder
El asesinato de Mons. Gerardi ocurrió apenas dos días después de la presentación del Informe de Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI). Este documento recogía miles de testimonios de comunidades indígenas y campesinas que habían sufrido violencia sistemática de parte del Estado. El informe señalaba con claridad la responsabilidad del aparato militar en la mayoría de las atrocidades documentadas, atribuyendo aproximadamente el 92% de las masacres a fuerzas vinculadas al ejército.
La cercanía temporal entre la presentación del Informe y el asesinato revela la gravedad del contexto. El REMHI desmontaba narrativas oficiales y cuestionaba estructuras de poder históricas y sistémicas de orden social, económico y político. La memoria histórica se convertía así en una herramienta de dignificación y también en una denuncia profética. El pastor que acompaña al pueblo no sólo consuela; también ilumina la historia con la verdad e impulsa la transformaion de la realidad configurada con antivalores del anti Reino. Mons. Gerardi asumió esta misión con valentía.
El evangelio afirma que el pastor verdadero camina delante del rebaño. Eso significa asumir riesgos. La defensa de la memoria y la denuncia de la violencia estructural colocaron a Mons. Gerardi en el centro de tensiones profundas. Su muerte no puede separarse de este compromiso con la verdad para la dignificación de las víctimas del Conflicto Armado Interno y de la estructura social que por 200 años ha sostenido un régimen desigual, racista y discriminador .
Un crimen en zona bajo control estatal
El asesinato ocurrió a escasas cuadras de la Casa Presidencial durante el gobierno de Álvaro Arzú Irigoyen. Se trataba de un área bajo vigilancia del Estado Mayor Presidencial. Este dato es crucial. No se trataba de una zona periférica sin control institucional, sino de un espacio altamente custodiado.
La pregunta es inevitable: ¿cómo pudo ejecutarse un crimen de esta magnitud en un área bajo control directo del aparato estatal? La respuesta remite a la responsabilidad estructural y del Estado. El asesinato no sólo fue un acto violento contra una persona, sino un golpe contra el proceso de memoria y reconciliación. La impunidad se manifestaba no sólo en la violencia, sino también en la incapacidad —o falta de voluntad— para garantizar la seguridad de quienes defendían la verdad y luchaban por una Guatemala distinta y mejor para todos.
El Salmo 23 de este domingo cuarto de Pascua habla de caminar por “cañadas oscuras”. Guatemala atravesaba una de esas cañadas. El pastor que acompañaba al pueblo se convirtió en víctima de la misma violencia que denunciaba. Sin embargo, su memoria transformó el miedo en esperanza y la persecución en oportunidad para ser coherente con los valores del Reino.
La doctrina del “enemigo interno”
El REMHI documentó cómo “La Doctrina de Seguridad Nacional” convirtió a amplios sectores de la población civil en el “enemigo interno”. Comunidades indígenas, campesinos, catequistas y líderes sociales fueron considerados sospechosos. Esta lógica deshumanizante generó una cultura de violencia sistemática y selectiva.
Cuando un Estado llama enemigo a su propio pueblo, el pastor que defiende a las victimas se convierten inevitablemente en objetivo
El pastor que se coloca del lado de las víctimas también se vuelve incómodo. Mons. Gerardi acompañó a comunidades que habían sufrido esta estigmatización. Su acción pastoral desafiaba una visión que negaba la dignidad de los pobres. El evangelio del Buen Pastor se opone radicalmente a esta lógica. Jesús conoce a cada oveja por su nombre; no las reduce a categorías ni las convierte en amenazas.
La violencia contra Mons. Gerardi simboliza el choque entre dos proyectos: uno, basado en el control para oprimir y matar, y el otro, en la vida digna y abundante. La doctrina del enemigo interno produjo miedo, discriminación y muerte; la misión pastoral buscaba reconciliación basada en la verdad, la paz en la justicia y el bienestar en el desarrollo humano e integral.
El papel del ejército y la denuncia necesaria
El informe REMHI señaló con contundencia la responsabilidad del aparato militar en la mayoría de las masacres. Esta afirmación colocó al ejército en el centro del debate nacional porque se puso del lado de la oligarquía y en contra de su mismo Pueblo. La memoria histórica no buscaba venganza, sino verdad; no se movía por intereses ideológicos de izquierda sino por fidelidad al Evangelio y a la conducta histórica de Jesús. Sin embargo, la verdad resultaba incómoda para estructuras acostumbradas al silencio y al servicio de las élites.
El asesinato de Mons. Gerardi, en este contexto, adquiere una dimensión política y ética. No se trató sólo de eliminar a una persona, sino de enviar un mensaje intimidatorio. La violencia pretendía frenar la exigencia de justicia. La imagen del Buen Pastor ilumina esta realidad: el pastor que da la vida se enfrenta a quienes destruyen.
El crimen no ocurrió en la periferia del olvido, sino a pasos del centro del poder, donde la impunidad mostró su rostro más descarnado
La denuncia no puede ser tibia. El contexto muestra la responsabilidad estructural del aparato militar, la persistencia de redes de poder y la dificultad para desmontar la impunidad. La memoria de Mons. Gerardi exige nombrar estas realidades con claridad.
Un sistema judicial atrapado en la impunidad
El proceso penal posterior estuvo marcado por obstáculos, retrasos y contradicciones. La investigación avanzó lentamente en un contexto de presiones y de amenazas. La dificultad para esclarecer los hechos evidenció la fragilidad institucional, el cáncer de la corrupción en todo el sistema de justicia y la solidez del muro de la impunidad- Por que la impunidad no es sólo ausencia de castigo; es un sistema que desalienta la verdad, humilla a las víctimas y empodera a los victimarios.
El caso Gerardi mostró cómo la justicia puede convertirse en un camino arduo. La perseverancia de organizaciones sociales y eclesiales fue decisiva para mantener viva la exigencia de la verdad, la búsqueda de la reconciliación y la construcción de la paz.
El evangelio del Buen Pastor habla de vida abundante, pero esta vida requiere justicia. Sin verdad, la reconciliación es frágil. El proceso judicial reveló que la paz no puede construirse sobre el silencio.
Complicidad de sectores económicos
La defensa de la memoria histórica también cuestionaba intereses económicos. Algunos sectores privilegiados guardaron silencio o minimizaron el impacto del asesinato. Esta actitud contribuyó a mantener la impunidad.
El silencio de las élites frente a la violencia desatada por el Estado revela una distancia profunda respecto al sufrimiento del pueblo. La memoria de Mons. Gerardi interpela también a estos sectores. El Evangelio no permite neutralidad frente a la injusticia. La opción por la vida implica denunciar la complicidad.
Impacto nacional y regional
La muerte de Mons. Gerardi conmocionó a Guatemala. La Iglesia, los movimientos sociales y amplios sectores ciudadanos reaccionaron con indignación. El asesinato evidenció la fragilidad del Estado de derecho y la persistencia de estructuras violentas incrustdas en toda la institucionalidad del Estado.
A nivel regional, su figura se integró a la memoria de pastores que han dado la vida por el Evangelio. América Latina reconoció en su testimonio una expresión de la Iglesia profética. Su muerte reforzó la convicción de que la defensa de los derechos humanos forma parte esencial de la misión eclesial.
Consecuencias para los movimientos sociales
Las organizaciones de derechos humanos se vieron fortalecidas, pero también expuestas. La memoria de Mons. Gerardi se convirtió en inspiración. Sin embargo, el contexto generó amenazas y campañas de desprestigio.
El Buen Pastor da la vida por sus ovejas. Esta imagen se convirtió en horizonte para quienes continuaron la lucha por la dignidad. La sociedad civil asumió la tarea de sostener la memoria y exigir justicia.
Un pastor que sigue denunciando hoy
La memoria de Mons. Gerardi permanece como desafío. La exégesis del Buen Pastor ilumina su vida: conoció a su pueblo, caminó con él y entregó su vida. Su asesinato pretendió silenciar la verdad, pero la hizo más fuerte.
Mataron al pastor para silenciar la verdad, pero su sangre convirtió la memoria en una denuncia que todavia incomoda al poder
Hoy, recordar su testimonio implica asumir un compromiso con la justicia. La Iglesia está llamada a ser voz profética. El pastor verdadero no busca privilegios; acompaña, denuncia y construye esperanza.
Guatemala sigue enfrentando desafíos estructurales. La impunidad, la desigualdad y la violencia continúan marcando la realidad. La memoria de Mons. Gerardi invita a construir una cultura de la verdad, de la justicia y de la reparación digna.
El Buen Pastor sigue llamando a caminar hacia la vida abundante. Mons. Gerardi respondió a esa llamada hasta el final. Su vida permanece como faro para Guatemala y para América Latina. Recordarlo no es sólo un acto de memoria; es una tarea ética y espiritual: defender la dignidad humana, sostener la esperanza y construir justicia.