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Aquí vivirá León XIV

Good y Pretti muertos, monseñor Barron mudo: la herida moral del catolicismo MAGA

¿Por qué calla el obispo Barron?

"El silencio del obispo Robert Barron ante los homicidios de Renee Good y Jacob Pretti a manos de agentes del ICE no es un descuido: es una elección"

Barron y Trump

Se las da de obispo influencer. No calla ni debajo del agua, para denunciar ese supuesto catolicismo woke de los progres a los que acusa de herejes. El obispo Robert Barron se convirtió, junto a monseñor Strickland y algunos prelados más, en el látigo del difunto y añorado Papa Francisco. Ahora, en cambio, guarda silencio ante los asesinatos del ICE en Minnesota, el Estado al que pertenece su diócesis. ¿Por qué calla el obispo lenguaraz? Con su silencio se retrata.

El silencio del obispo Robert Barron ante los homicidios de Renee Good y Jacob Pretti a manos de agentes del ICE no es un descuido: es una elección. Y esa elección dice mucho más de su proyecto eclesial y político que cualquiera de sus vídeos pulidos, limpios y píos sobre la cultura católica asediada por el progresismo.

Good y Pretti

En un momento en que dos ciudadanos han muerto en circunstancias gravísimas, envueltos en versiones oficiales desmentidas por las imágenes, que un obispo mediático, influyente y alineado con el universo MAGA no tenga una sola palabra pública de duelo, de duda o de denuncia revela una incoherencia evangélica que no es un simple matiz; es un escándalo estructural y de fondo.

Un silencio que no es neutro

Conviene empezar por lo obvio: Barron no es un obispo marginal, abrumado por la agenda y alejado de los focos. Es una de las figuras más visibles del catolicismo estadounidense, con presencia masiva en redes, proyectos mediáticos propios, capacidad de posicionarse en casi cualquier debate cultural. Cuando quiere hablar, habla. Y habla con rapidez sobre películas, filósofos, guerras culturales, “ideología de género” o supuestos ataques a la libertad religiosa.

Por eso, cuando no habla ante la muerte de dos personas abatidas por agentes federales en circunstancias terribles y vergonzosas, su silencio tiene peso. No es el silencio del que no se ha enterado; es el del que ha decidido que no es su guerra, que no quiere incomodar a la base sociopolítica con la que se siente cómodo.

Es, en definitiva, el silencio de quien sabe que una condena clara de los excesos del ICE sería mal vista en los círculos MAGA, donde la narrativa dominante presenta cualquier crítica a las fuerzas del orden como una traición.

Barron

Más aún, en términos evangélicos, el silencio del, prelado estadounidense es el del sacerdote y del levita que “pasan de largo” en la parábola del buen samaritano.

El herido está ahí, la sangre está ahí, el abuso de fuerza está ahí; pero el paso apresurado por el otro lado de la calzada se disfraza de prudencia pastoral, de “esperemos a que se esclarezcan los hechos”, mientras la maquinaria mediática del trumpismo ya ha declarado culpables a las víctimas.

Ideología ultracatólica y MAGA: cuando la bandera tapa el Evangelio

La cuestión de fondo es si esta omisión encaja como anillo al dedo con la ideología ultracatólica y la defensa cerrada del universo MAGA que muchos perciben en Barron y en un sector importante del episcopado estadounidense. La respuesta es incómoda, pero sí, hay que reconocer que encaja demasiado bien. Un catolicismo que ha reducido la agenda pública casi exclusivamente a aborto, sexualidad y libertad religiosa entendida en clave identitaria tiende a callar, cuando el problema es la violencia estatal contra migrantes, pobres o ‘problemáticos’.

En ese esquema ultra e ideologizado, la ley y el orden se convierten en casi sacramentos civiles. Las fuerzas del orden son incuestionables; los muertos, sospechosos por definición. El ICE aparece como garante de una nación amenazada, no como posible fuente de abusos que deben ser nombrados y denunciados.

Además, cualquiera que señale la desproporción en el uso de la fuerza corre el riesgo de ser acusado de “antiamericano”, “progresista” o, peor aún, “enemigo de la civilización cristiana”.

Barron y Trump

La incoherencia es brutal. Se defiende con ardor la vida del no nacido, pero se guarda un silencio atronador cuando dos vidas concretas, con nombre, historia y familia, son segadas en una esquina de Minneapolis por quienes deberían protegerlas.

Se denuncia –con razón– la cultura del descarte de los ancianos y enfermos, pero se tolera que se ‘descarten’ a tiros los cuerpos de quienes interfieren en una operación del ICE. En la práctica, se comunica que hay vidas que importan infinitamente y vidas que, si se cruzan en el camino de la maquinaria represiva, pasan al terreno de lo negociable.

¿Podría León XIV pedirle la renuncia?

La pregunta de si el papa León XIV podría pedir la renuncia de Barron por esta conducta abre otro frente. Técnicamente, un papa puede solicitar la renuncia de un obispo, cuando considera que ya no es apto para su oficio, por razones de doctrina, de gobierno o de escándalo público.

Pero en la práctica, la Santa Sede suele actuar solo cuando hay elementos muy claros y documentados de desorden grave: encubrimientos de abusos, corrupción, herejía abierta o ruptura de la comunión.

Minneapolis reza por Alex Pretti | SIR

El silencio ante estos homicidios, por muy escandaloso que sea en términos de testimonio evangélico, difícilmente será tratado como causa canónica para una destitución. Lo más probable es que no haya medidas directas. Y sin embargo, eso no significa que no le deba pasar factura a monseñorBarron. Debería pasarla al menos en tres niveles:

Que León XIV no vaya a destituir a Barron no exime al resto del Pueblo de Dios de ejercer el discernimiento crítico ante un liderazgo que se muestra valiente para pelear guerras culturales abstractas, pero desaparece cuando la sangre tiñe el asfalto de su propio país.

Un espejo incómodo del episcopado cristofascista

La conducta de Barron –o, mejor dicho, su falta de conducta– lo retrata y ejemplifica a la perfección las incongruencias de un sector del episcopado estadounidense al que se puede describir, sin exagerar, como ultracatólico y cristofascista: obsesionado con el poder, fascinado por líderes autoritarios, dispuesto a bendecir agendas políticas que pisotean a migrantes, pobres y minorías, mientras se envuelve en el lenguaje de la ortodoxia y la defensa de la civilización cristiana.

Obispo Strickland

En ese modelo, el Evangelio se trocea: se eligen unas cuantas causas –las que encajan con la derecha política– y se silencian otras –las que exigirían confrontar a esa misma derecha-. Se habla de ‘ley natural’ para cuestiones de sexualidad, pero se olvida que la misma tradición exige justicia para el extranjero, el pobre y el perseguido. Se cita a santo Tomás, para justificar la legítima defensa, pero se hace mutis cuando la ‘defensa’ se convierte, en la práctica, en ejecución sumaria.

Mientras tanto, el daño a la credibilidad de la Iglesia es enorme. Para quienes ven los vídeos pulcros de Barron sobre la belleza del catolicismo y, al mismo tiempo, comprueban su mudez ante la muerte de Good y Pretti, el mensaje es devastador: la Iglesia habla de amor, pero calla cuando los cuerpos caen; se indigna por libros y películas, pero se acomoda ante la violencia institucional.

Lo que el Evangelio habría exigido

Nadie pide a Barron que se convierta en activista profesional ni que se pronuncie sobre cada caso policial. Pero en una situación así, con pruebas audiovisuales que contradicen versiones oficiales, con un vicepresidente católico justificando la muerte de Renee Good y culpándola de su propia tragedia, lo mínimo evangélico habría sido:

Nada de eso habría sido ‘de izquierdas’. Habría sido simplemente católico. Que Barron no lo haya hecho –y que muchos de sus seguidores lo vean normal– es parte del problema.

Dios es buen samaritano | Hermanos de la Cruz Blanca

Al final, la pregunta no es solo por qué el obispo de Winona guarda silencio y un silencio ominoso. La pregunta es qué dice ese silencio de una Iglesia que ha permitido que el MAGA capture la conciencia de una parte de su episcopado hasta el punto de hacerlos ciegos ante el dolor y la muerte de ciertas víctimas.

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