Un histórica homilía para la Iglesia en Perú: "Venimos a pedirles perdón y a comprometernos a renovar la Iglesia"
De rodillas y pidiendo perdón por los graves errores cometidos por un «grupo que deshonró a la Iglesia». Con estas palabras, el cardenal Carlos Castillo, acompañado del Cardenal Barreto, Monseñor Jordi Bertomeu, y los obispos de Trujillo, Piura y Chulucanas, celebraron este sábado una emotiva misa en solidaridad con las familias de la comunidad campesina San Juan Bautista de Catacaos, víctimas del Sodalicio. Religión Digital ofrece, por su trascendencia, íntegra la histórica homilía del cardenal arzobispo de Lima, Carlos Castillo.
(Arzobispado de Lima).- Muy queridos hermanos y hermanas: Estoy agradecido por esta invitación que me da mucho ánimo y mucha esperanza. Venimos desde Lima para unirnos a la comunidad cristiana de Piura y, especialmente, a todos los hermanos de Catacaos; especialmente al pueblo Tallán, todos los campesinos, campesinas y a todas las personas de bien que han sido golpeadas terriblemente por la tragedia que empezó un grupo de la Iglesia que, desgraciadamente, deshonra a la Iglesia. Y nosotros, hoy día, quisiéramos superar esa deshonra a través de una conversión que ya se ha iniciado desde la elección del Papa Francisco y, luego, del Papa León XIV.
Por eso venimos solidariamente con ustedes, disponiéndonos no solamente a pedirles perdón a nombre de la Iglesia, porque un grupo de Iglesia ha sido el que ha creado el problema que ustedes viven hasta hoy, sino también a comprometernos a renovar la Iglesia y a seguir adelante en el camino de renovación que los dos santos padres últimos, unidos a los anteriores, están procurando en la Iglesia, para que tengamos un signo auténtico de esperanza para la humanidad.
Hoy día celebramos por adelantado la Fiesta del Espíritu Santo, y nos ayuda mucho el saber que los discípulos, cuando reciben el Espíritu, están encerrados por miedo a los judíos; o encerrados porque no pueden soportar lo duro que significa el haber perdido a Jesús del modo como murió en la cruz y lo mataron. Han pasado más de 15 años de la terrible experiencia que ustedes vivieron y no se puede olvidar… y no debemos olvidar, pero debemos saber recordar para corregir. Y no solamente para corregir en nosotros, porque todos somos pecadores, sino para ayudar a corregir a personas que se creen incorregibles, se creen dioses. Y no somos dioses, somos seres humanos pecadores que podemos y debemos cambiar y mejorar.
En la primera lectura hay un eco de la creación: hay un trueno, un sonido fuerte, como ráfaga de viento fuerte, relámpagos y truenos, como fue la primera creación. Cuando empieza el mundo hay como una eclosión, un viento huracanado. Eso se dice “ruaj” (que es un viento fuerte). Y se han dado cuenta de que, si leen la Biblia en el Génesis, cuando Dios crea al ser humano no hay un “ruaj”, sino un apolo de Dios, un “nefesh”, o sea, un vientecito, un airecito, como la brisa de la tarde, suave. Qué interesante, porque eso mismo se repite en el texto de Hechos de los Apóstoles: hay un viento huracanado, un ruido terrible, y luego hay unas llamas como lenguas de fuego. Pero luego se va depositando sobre las cabezas de los discípulos y luego se ponen a hablar. O sea, de la fuerza se pasa a la sencillez y a la finura, a la delicadeza. Y los discípulos hablan en todas las lenguas, a pesar de que hablan la suya. Todo el mundo les entiende.
Dios tiene la capacidad de penetrar en lo más profundo de las personas, el problema ocurre cuando algunas personas no quieren aceptarlo, se encierran y se creen dioses. Pero no son dioses. Son, como dice Violeta Parra, unos “tristes funcionarios”. Y, por eso, cuando somos atravesados por una tormenta terrible como la que ustedes han vivido, con el tiempo vamos comprendiendo nuestra misión, nuestra tarea.
Esta misa es para que recordemos a nuestros hermanos que nos han dejado producto de una vileza, pero también para poder juntos descubrir que, a través de ese dolor, como lo sufrieron los apóstoles, el Señor nos transmite su Espíritu
Jesús, cuando se aparece a sus apóstoles, sopla sobre ellos finamente, delicadamente, sencillamente, los recrea, y suscita en ellos una misión: “Como el Padre me envió, así los envío yo”. Esta misa es para que recordemos a nuestros hermanos que nos han dejado producto de una vileza, pero también para poder juntos descubrir que, a través de ese dolor, como lo sufrieron los apóstoles, el Señor nos transmite su Espíritu y el espíritu de nuestros mismos hermanos fallecidos, para llenarnos de fuerza y de ánimo, para poder seguir anunciando esa salvación que el Señor nos trae, que es la de volvernos realmente humanos.
El Papa León XIV ha dicho claramente que debemos buscar la paz desarmada y desarmante, pero no con las armas que mataron a nuestros hermanos. La paz viene a consecuencia de la comunicación de la Palabra, del gesto, y en donde un pueblo sencillo está llamado a ser sujeto de esa historia y a ir generando, juntos, como sucede con todos los movimientos populares del mundo, que están escondidos, pero que van despertando y van haciéndonos convencer a todos de que necesitamos regenerar la humanidad. Jesús genera una nueva misión.
Por eso, hoy día es una misa en donde recordamos, pedimos perdón y, simultáneamente, llamamos a resucitar a nuestro pueblo para que esas cosas no ocurran, como siguen ocurriendo ahora que acaban de matar a un alcalde en Piura. Eso sucede porque sigue existiendo el pensamiento de que sin los otros estamos mejor. Y no es cierto. Sin los otros nos estamos hundiendo más.
El Papa León XIV ha tenido la maravilla de decir que la paz se construye siempre con la paz, con el diálogo, con el reconocimiento de las personas y el valor que cada uno tenemos. Si se construye así esa paz, la paz es duradera; pero si no, entramos en un infierno que no acaba nunca. Y hoy día, no solamente en nuestro país sino en el mundo, hay una desesperación por el dinero tal que lo único que se piensa es con qué guerra vamos a apoderarnos de las cosas de los demás.
Por eso, hoy día quisiera decirles que quienes han hecho tan grande daño a ustedes tienen aquello que ya en los inicios del descubrimiento de América, el gran padre Bartolomé de las Casas, señaló: “quien destruye, quien mata, quien expropia lo que no es suyo, tiene deber de restitución infinita”. “Restitución infinita” significa que puede ser que, leguleyamente, tenga ahora su estatus y ya se hayan apoderado de todo, pero moralmente, éticamente, cristianamente, todavía queda una deuda tienen que pagar. Y solo se paga restituyendo, recomponiendo, recuperando. Por lo tanto, haciendo posible que aquello que se cometió, por lo menos, se subsane con un reconocimiento y restituyendo a las víctimas.
Nosotros hemos hecho un gesto que es un signo, un símbolo de lo que debemos hacer todos, pero nos queda la tarea de cómo vamos a recomponer. Y eso sigue siendo un deber permanente hasta que no se restituya
Nosotros hemos hecho un gesto que es un signo, un símbolo de lo que debemos hacer todos, pero nos queda la tarea de cómo vamos a recomponer. Y eso sigue siendo un deber permanente hasta que no se restituya.
La salvación, hermanos, es la capacidad de acoger el amor de Dios y de vivirlo realmente. Cuando se acoge y, luego, uno se endiosa, se aleja de Dios. Y por eso es que Dios nos sigue amando a nosotros y a todas las personas que han hecho daño. Pero las personas se pueden autodestruir. Yo me autoexcluyo cuando no restituyo, cuando vivo indiferente y creo que ya pasó todo; pero el deber de restitución infinita sigue. Y si eso no se colma, no se hace esa restitución, puede ser que estén siglos así. Pero no es que el Señor no quiera que se salven, ellos mismos se autocondenan. Están en situación de autocondena. Y esa es una de las terribles, que nos invita a hacer una de las cosas más lindas que tiene el texto de hoy día: perdonen.
“A quienes perdonen sus pecados, serán perdonados”. Pero también dice: “y a quienes se los retengan les queda retenidos”. “Retener” no es “no perdonar”; “retener” es hacer recordar que lo que se ha hecho tiene que corregirse. Es el anuncio profético que no puede permitir que se trate de tapar los errores con un “borrón y cuenta nueva”, sino que recuerda permanentemente, siempre quiere la conversión de todos.
“Retener”, entonces, es esa capacidad nuestra que estamos viviendo en este momento, de recordar y de decir: “No es ese el camino para vivir”. Rectifiquen, restituyan. Termino con una cosita que le gustaba mucho al Papa Francisco, que los adoraba a ustedes. Ustedes escucharon su grabación, los quería muchísimo. Pude entregarle su botella de miel, pero a los dos días entró a la clínica y ya no volvió. Pero los quería mucho. Y quería decirles que Francisco tenía un especial recuerdo de que las personas que trabajan sufren muchísimo, pero no deben perder nunca la esperanza de que todos los que sufren podemos unirnos para regenerar este mundo. Y por eso él dialogaba con los “movimientos populares”.
Papa Francisco: “Sí, pues, Carlos, pero son germinales, son como la semilla, y están por todas partes. Lo que pasa es que están escondidos, pero se van a revelar”
En la última conversación yo le digo: “Santidad, usted habla de los movimientos populares, pero son movimientos pequeños, insiginificantes”. - “Sí, pues, Carlos, pero son germinales, son como la semilla, y están por todas partes. Lo que pasa es que están escondidos, pero se van a revelar”. Y eso es muy importante porque en la Biblia, Isaías dice de Dios: “Tú eres un Dios escondido”. Es decir, Dios está escondido en la historia, en los problemas de la gente. Dios está en medio de nosotros, trabajándonos para restituir y recomponer esa sociedad y este mundo tan difícil. No perdamos, por eso, la esperanza. Y en vez de una venganza, lo que buscamos es reparación, restitución, regeneración de la vida humana. Y eso ustedes saben muy bien cómo es, cómo es la verdadera humanidad. Y esta misa, por eso, es para un llamado en donde todos nos convirtamos a seguir ese camino de anuncio de la esperanza porque hoy día es más urgente que nunca.
Nos ha tocado la gran tarea de parar a los “grandazos” de este mundo que quieren destruir el mundo para quedarse con el resto. Y el ejemplo de ustedes es diferente a ese modo como los grandes están tratando de hacerlo: eliminando y dominando. Pero el mundo es de Dios y es de todos. Y, por lo tanto, hagamos lo que dice el Evangelio de hoy: perdonando, reconocemos el valor del Otro. Que esta vez nosotros acojamos ese Espíritu para dinamizarnos, para organizarnos con sabiduría, a pesar de todo el dolor que tenemos, porque ese dolor es un dolor solidario, invita a la solidaridad y a la generación nueva del mundo que vivimos y de la Piura que queremos. Que Dios los bendiga, hermanos de Catacaos, hermanos y hermanas Tallanes. Mil gracias por habernos invitado.
