El Imperio de la hipocresía en la “Edad de Oro” de Trump

Seguridad para los poderosos, guerra para los pobres y teología del conflicto permanente

Trump preside la reunión de la Board of Peace
Trump preside la reunión de la Board of Peace | EFE
Víctor M. Ruano P. Prbo. Diócesis de Jutiapa, Guatemala
02 mar 2026 - 21:44

La proclamada “Edad de Oro” anunciada por Donald Trump en su discurso del Estado de la Unión, el pasado martes 26 de febrero, no representa un renacimiento moral ni una prosperidad compartida. Es, más bien, la consolidación de un modelo imperial que combina supremacismo racial en el discurso y supremacismo económico en la estructura, “securitización” del migrante o la transformación del migrante en enemigo público y la protección estructural del complejo financiero-armamentístico. Bajo la retórica de ley y orden, se esconde una arquitectura de poder que administra el caos global mientras criminaliza a sus víctimas consolidando la militarización del fenómeno migratorio y se llega a un nivel de lo más bajo y deshumanizante, que es, cuando el pobre deja de ser prójimo y se convierte en amenaza.

La “Edad de Oro”: un mito político con vocación imperial

Toda edad de oro es un relato. No es un dato histórico, sino una construcción simbólica. Cuando Trump proclama una nueva “Edad de Oro”, no describe una realidad verificable; activa un mito restaurador. Apela a la nostalgia de una nación supuestamente pura, fuerte y homogénea, amenazada por enemigos externos e internos.

Ese relato no es inocente. Es el lenguaje clásico del nacionalismo autoritario: decadencia, invasión, traición, restauración. La promesa de grandeza se sostiene sobre la construcción de un adversario. El migrante es presentado como amenaza; el comercio internacional como saqueo; la prensa crítica como enemiga; los organismos multilaterales como conspiración.

Pero aquí emerge la primera gran hipocresía: mientras se denuncia la “invasión” de pobres, se normaliza la expansión global del capital financiero y militar estadounidense. Se condena la movilidad humana, pero se defiende sin límites la movilidad del dinero y de las armas.

Imperio no es solo una metáfora. Es una estructura de dominación económica, militar y normativa que define reglas para el mundo mientras se declara víctima. Esa es la paradoja central de esta “Edad de Oro”: un imperio que se presenta como sitiado.

La hipocresía “securitaria”: guerra contra el migrante, protección al capital narco

El discurso de seguridad es el eje de esta narrativa, en el que convierten un tema social y humano en un problema de seguridad nacional. Fentanilo, cárteles, terrorismo, invasión: el lenguaje es bélico. Sin embargo, la retórica de guerra cumple una función política clara: desplazar responsabilidades estructurales hacia enemigos externos.

Diversos estudios han documentado que el narcotráfico no es solo un fenómeno transnacional, sino también un circuito financiero profundamente integrado en el sistema económico estadounidense. El dinero de la droga no desaparece en la frontera: atraviesa bancos, inversiones inmobiliarias y mercados financieros. En América latina aceita la actividad política partidista.

Aquí se revela la hipocresía “securitaria”: el Estado que proclama “mano dura” contra el crimen organizado protege, al mismo tiempo, un sistema financiero que históricamente ha sido señalado por deficiencias graves en el control del lavado de dinero. Se criminaliza al migrante pobre mientras se otorga inmunidad práctica a los grandes actores financieros.

La crisis del fentanilo no puede entenderse sin el contexto de un sistema sanitario mercantilizado, donde la lógica de la rentabilidad farmacéutica precedió durante años a la ética del cuidado. Culpar exclusivamente a factores externos evita interrogar el modelo interno que generó vulnerabilidad social y adicción masiva.

Desde una perspectiva teológica, esta dinámica revela una inversión moral: se castiga al herido y se absuelve al sistema que lo enfermó. Es la parábola del samaritano invertida. En lugar de inclinarse sobre el caído, se le acusa de su caída.

La hipocresía de la libertad: la Segunda Enmienda y el negocio global de la violencia

Otro pilar del discurso es la defensa irrestricta de la Segunda Enmienda como símbolo de libertad. Sin embargo, la libertad que se protege es la del mercado de armas, no la del derecho a la vida de quienes sufren su circulación descontrolada.

Autoridades latinoamericanas han denunciado durante años el flujo constante de armas desde territorio estadounidense hacia el crimen organizado. Más allá de cifras puntuales, el problema es estructural: la convergencia entre industria armamentista, poder político y defensa corporativa de inmunidades legales.

El llamado complejo militar-industrial no es una teoría conspirativa, sino una realidad histórica reconocida incluso por presidentes estadounidenses. Su lógica es simple: la seguridad se convierte en mercado; el conflicto en oportunidad económica; la guerra en inversión rentable.

Se configura así un ciclo perverso: armas que alimentan violencia; violencia que produce migración; migración que justifica más “securitización” y más presupuesto militar. Es una economía del miedo.

Teológicamente, esta lógica contradice el núcleo del mensaje cristiano. Bienaventurados los que trabajan por la paz, no los que capitalizan la guerra. Cuando la acumulación depende del conflicto permanente, la “Edad de Oro” se transforma en edad de hierro. Cuando la seguridad se convierte en negocio, la guerra deja de ser excepción y se transforma en herramienta estructural de política exterior.

La “Edad de Oro” y la tentación de la guerra permanente

La llamada “Edad de Oro” no se limita al terreno económico o migratorio. También se proyecta en la política exterior como una reafirmación agresiva de supremacía geopolítica. Las amenazas constantes contra Irán que se concretaron este sábado 28 de febrero con su secuela de muertes particularmente de niños, la alineación incondicional con la estrategia militar de Israel en Medio Oriente, así como la presión extrema —mediante sanciones, bloqueos y retórica de cambio de régimen— contra países como Venezuela y Cuba, revelan una misma matriz: la seguridad entendida como dominación.

Cuando la política exterior se articula desde la lógica de “enemigos permanentes”, la diplomacia se debilita y la guerra se normaliza. No es necesario que haya una declaración formal de conflicto para que exista una cultura de confrontación estructural. Basta con la militarización del lenguaje, la imposición de sanciones que castigan a poblaciones enteras y la amenaza constante de intervención.

Desde una perspectiva teológica, esta deriva es profundamente problemática. La paz bíblica —el shalom— no es simple ausencia de guerra, sino justicia relacional. No puede construirse sobre la humillación de pueblos ni sobre la asfixia económica como herramienta política. Cuando la hegemonía se impone mediante el miedo y la fuerza, la “Edad de Oro” se convierte en un proyecto de hierro.

La Escritura es clara: “Quien a espada mata, a espada muere” (Mt 26,52). No como amenaza fatalista, sino como advertencia histórica. Un orden mundial basado en la presión militar y la supremacía estratégica no inaugura estabilidad; inaugura espirales de retaliación.

Si la grandeza nacional necesita la existencia constante de enemigos externos —Irán hoy, América Latina mañana— entonces no estamos ante un renacimiento moral, sino ante una política de conflicto administrado. Y el conflicto administrado es rentable para los complejos industriales y financieros, pero devastador para los pueblos.

La verdadera pregunta ética no es quién gana la próxima confrontación, sino qué tipo de humanidad se está formando bajo este paradigma. Una humanidad que normaliza el bloqueo como castigo colectivo y la amenaza como herramienta diplomática termina por perder la sensibilidad ante el sufrimiento del otro.

La hipocresía económica: proteccionismo para los ricos, disciplina para los pobres

La política arancelaria y fiscal completa el cuadro. Bajo el argumento del comercio justo, se impulsan medidas que funcionan como herramientas de presión geopolítica. El proteccionismo selectivo protege sectores estratégicos nacionales mientras se exige apertura a otros.

Al mismo tiempo, las reducciones fiscales a grandes fortunas y corporaciones contrastan con el debilitamiento de programas sociales. La carga de ajuste recae desproporcionadamente sobre los sectores vulnerables.

Aquí aparece la aporofobia estructural: no es solo rechazo cultural al pobre, sino una arquitectura económica que lo convierte en variable de ajuste. El migrante es útil como mano de obra precarizada, pero peligroso como sujeto de derechos.

Desde la ética bíblica, el juicio es claro: “¡Ay de los que añaden casas a casas y juntan campos con campos hasta no dejar sitio y vivir ellos solos en medio del país!” (Is 5,8). Cuando el poder político se fusiona con la élite económica, la política deja de ser servicio y se convierte en administración de privilegios.

Imperio, verdad y responsabilidad histórica

Donald Trump no es un fenómeno aislado; es la expresión concentrada de una tendencia más amplia: el desplazamiento de la democracia liberal hacia formas de autoritarismo plutocrático. La diferencia es que en su caso la máscara cae con mayor claridad.

La “Edad de Oro” prometida se sostiene sobre tres pilares: “securitización” del pobre, blindaje del capital y normalización del conflicto. Es un modelo que administra el caos global para garantizar rentabilidad.

Pero la fe cristiana no puede ser neutral ante esta arquitectura. No se trata de partidismo, sino de discernimiento moral. Cuando la seguridad se convierte en excusa para deshumanizar, cuando la libertad se reduce al mercado y cuando la prosperidad excluye, estamos ante una idolatría del poder.

La Escritura es contundente: “No se puede servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24). Un sistema que prioriza la acumulación sobre la vida no inaugura una edad dorada, sino un tiempo de prueba para la conciencia histórica.

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¿Edad de Oro o edad de hierro?

La verdadera hipocresía de esta narrativa consiste en llamar prosperidad a la acumulación basada en la guerra, llamar seguridad al castigo del migrante y llamar libertad al negocio de la violencia.

Un imperio que necesita enemigos permanentes para sostener su cohesión interna no ofrece redención histórica. Ofrece conflicto administrado.

La pregunta que queda no es solo geopolítica, sino espiritual: ¿qué tipo de civilización queremos sostener? Una fundada en el miedo y la supremacía, o una basada en la justicia y la dignidad universal.

La “Edad de Oro” proclamada puede ser un eslogan eficaz. Pero si su brillo se alimenta del sufrimiento de los descartados, no es oro: es el reflejo pulido de una estructura que necesita el caos para sobrevivir. Y ante eso, la conciencia creyente no puede callar.

La ‘Edad de Oro’ no es solo un relato de prosperidad nacional, sino un modelo de dominación global que usa la violencia militar y la redefinición del derecho internacional para imponer una supremacía estratégica y económica. El uso de la fuerza contra Irán, la intervención en Venezuela y la presión sobre Cuba no son accidentes de política exterior, sino expresiones de una lógica imperial que sacrifica la paz mundial en el altar de la hegemonía.

2 de marzo, 2026

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