Pantallas en las escuelas: ¿Qué ha pasado para que estemos hablando de limitar aquello que antes queríamos promover?
Regular el uso de teléfomos móviles en las escuelas puede ser un buen comienzo, pero educar en el mundo digital exige mucho más que prohibiciones
(Desde la Fe).- En los últimos días, con motivo del regreso a clases de millones de alumnos de educación básica en México, ha surgido en la conversación pública la intención de la Secretaría de Educación Pública de regular el uso de pantallas en las escuelas, ya sean teléfonos celulares o tabletas electrónicas.
Actualmente, 19 estados de la República ya regulan o prohíben el uso de estos dispositivos, salvo que exista autorización del maestro para desarrollar alguna actividad escolar. A ello se suman numerosas escuelas privadas que han establecido restricciones similares.
A primera vista podría parecer un contrasentido. Hace algunos años hablábamos de cerrar la brecha digital, llevar internet a las escuelas y entregar dispositivos a los estudiantes para desarrollar sus habilidades digitales.
¿Qué ha pasado para que ahora estemos hablando de limitar aquello que antes queríamos promover? Una cosa es saber utilizar técnicamente una herramienta y otra aprender a relacionarnos responsablemente con ella y con la enorme cantidad de información, estímulos y contenidos a los que nos da acceso.
Las nuevas generaciones han crecido conectadas a una pantalla. Las redes sociales forman parte de su manera de comunicarse, entretenerse e informarse. Su uso excesivo, sin embargo, puede favorecer la distracción, fragmentar la atención y dificultar la concentración.
Niños y adolescentes se encuentran además en un proceso de formación de su personalidad y sus criterios. La sucesión permanente de estímulos, tendencias, opiniones y modelos de vida puede imponerles una carga que no siempre cuentan con las herramientas para procesar.
La avalancha de información —y de desinformación— representa también un reto educativo. El espíritu crítico debe ser bienvenido: un alumno que pregunta, contrasta y cuestiona está aprendiendo. El conflicto ocurre cuando aquello que circula en redes adquiere mayor autoridad que la palabra de sus padres o maestros simplemente porque es más atractivo o popular.
Es pertinente discutir la regulación de los celulares en las escuelas, pero sería un error pensar que la prohibición, por sí sola, resolverá el problema.
Si un niño pasa varias horas sin celular en la escuela, pero llega a una casa en la que cada integrante de la familia permanece absorto en su propia pantalla, poco habremos avanzado.
Está bien conocer cuánto tiempo pasan nuestros hijos frente al celular, pero también debemos preguntarnos cuánto tiempo pasamos nosotros. ¿Cuántas veces les pedimos que dejen el teléfono mientras miramos el nuestro? ¿Cuántas conversaciones interrumpimos para atender una notificación? ¿Cuántas veces estamos físicamente junto a ellos, pero nuestra atención se encuentra en otro lugar?
El problema de las pantallas no pertenece exclusivamente a las nuevas generaciones. También los adultos hemos permitido que ocupen espacios que antes pertenecían a la conversación, al silencio, a la lectura, al descanso y al encuentro.
Junto a las reglas escolares necesitamos una educación digital que involucre a estudiantes, maestros y familias. Los padres de familia también necesitan herramientas para establecer límites, acompañar a los hijos y aprender a gestionar el uso de la tecnología.
El papa León XIV señala en su encíclica Magnifica Humanitas: “en el ámbito de la escuela y la familia, (existe) la creciente necesidad de una nueva conciencia educativa y la formación en el uso correcto y crítico de las herramientas digitales, la IA y las plataformas de compra e inversión” (MH 137).
En su Carta Apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza nos recuerda que “no bastan las actualizaciones técnicas: es necesario custodiar un corazón que escucha, una mirada que anima, una inteligencia que discierne” (n. 5.2).
Las herramientas digitales nos permiten aprender, trabajar, comunicarnos y acercarnos a otras personas; sin embargo, el reto que tenemos por delante está en mantenerlas al servicio de la persona y no a la persona al servicio de la pantalla.
Regular el celular en las escuelas puede ser un buen comienzo, pero no hagamos de la prohibición una forma de tranquilizar nuestra conciencia ni nos constituyamos en jueces de las nuevas generaciones.
Educar para el mundo digital exige tiempo y presencia. ¿Estamos dispuestos a sentarnos junto a nuestros adolescentes y niños, conocer lo que miran, escuchar lo que les preocupa y ayudarlos a construir criterios para discernir lo que encuentran en una pantalla?
Y, además, ¿estamos dispuestos a poner en pausa la pantalla de nuestro celular para escucharlos?
