Jornada de la Vida Consagrada
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San José es protector, encomiéndale lo más difícil.
“María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».” (Mt 1, 18-21)
Poner nombre es un don que Dios concedió a Adán, quien nombró todas las cosas como señor en la creación. A José se le encomienda el ministerio de poner nombre a Jesús, el Hijo de María e Hijo de Dios. José no queda reducido a pura mediación secundaria; la mediación del esposo de María es tomada por el evangelista para asegurar la línea davídica. Desde la reacción que tuvo san José, después de conocer en sueños la verdad de María, cabe considerar su actitud de confianza, reacción creyente y ejemplo.
María de Nazaret recibió el anuncio de ser madre sin concurso de varón. El silencio de María y de José hizo posible que llegara a buen término la voluntad de Dios. Todo sucedió de una forma diferente a la que cabría esperar.
¿Por qué María no revela a José, su esposo, su estado? ¿Por qué José no pregunta a María, su prometida sobre su embarazo, antes bien decide abandonar en secreto el proyecto de matrimonio? Gracia al silencio nació la Palabra. Y se cumplió la profecía: “Cuando un silencio apacible lo envolvía todo | y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real” (Sab 18, 14-15).
San José es protector, encomiéndale lo más difícil.
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