Jornada de la Vida Consagrada
2 de febrero: Presentación del Niño Jesús en el templo
Déjate mirar por Jesús.
“Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa” (Sal 29, 2-4).
“Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume” (Lc 7, 37-38).
La tradición cuenta que una mujer se atrevió a limpiar el rostro de Jesús en el Camino al Calvario, y Jesús le regaló su rostro estampado en el lienzo. El Evangelio señala el gesto de una mujer que lava y enjuga los pies de Jesús en casa de Simón el fariseo. Ahora mismo podemos observar cómo nadie se ve su propio rostro, y sin embargo es en la mirada del otro, cundo lo miramos, que encontramos la nuestra. Llevamos impresa la mirada de Dios. Él nos mira y nos convierte en destello de su mirada. Santa Teresa recomienda: “No os pido más que le miréis”.
“Oh, Dios, que nos has mandado escuchar a tu Hijo amado, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; para que, con mirada limpia, contemplemos gozosos la gloria de tu rostro” (Oración del II Domingo de Cuaresma).
Déjate mirar por Jesús.
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