Jornada de la Vida Consagrada
2 de febrero: Presentación del Niño Jesús en el templo
Tu Cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos.
“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).
“Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí Eloí, lemá sabaqtaní (que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Algunos de los presentes, al oírlo, decían: «Mira, llama a Elías». Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber diciendo: «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo». Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró” (Mc 15, 34-37).
Al llegar a esta Estación y contemplar al Crucificado y muerto, si alguien sin fe nos observara, podría pensar que estamos enfermos o incluso algo enajenados. ¿Cómo es posible que nos detengamos ante un Crucificado entre malhechores, y que la Cruz se haya convertido en el signo y emblema de la fe cristiana? Incluso en los primeros tiempos del cristianismo, se burlaban de los creyentes en Cristo, representando la cruz con un burro. No estamos enfermos por contemplar a un muerto. Sabemos que Él es el Hijo de Dios, quien se ofrece por la redención de toda la humanidad, y que Dios, su Padre, lo devuelve a la vida. Sabemos que el Crucificado vive.
“Dirige tu mirada, Señor, sobre esta familia tuya por la que nuestro Señor Jesucristo no dudó en entregarse a los verdugos y padecer el tormento de la cruz” (Oración del Viernes Santo).
Tu Cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos.
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