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¿En quién fundas tu esperanza?
“Señor, tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares. No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda. Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma. Tanto saber me sobrepasa, es sublime, y no lo abarco” (Sal 138, 1-6).
El papa Francisco nos recomienda hacernos preguntas trascendentes: “Quién soy realmente, qué busco, qué sentido quiero que tengan mi vida, mis elecciones o mis acciones; por qué y para qué estoy en este mundo, cómo querré valorar mi existencia cuando llegue a su final, qué significado quisiera que tenga todo lo que vivo, quién quiero ser frente a los demás, quién soy frente a Dios. Estas preguntas me llevan a mi corazón” (DN 8).
La cultura actual es presentista, no mira al futuro, intenta apresar cada instante y exprimirlo con el afán de disfrutarlo. «El hombre contemporáneo se encuentra a menudo trastornado, dividido, casi privado de un principio interior que genere unidad y armonía en su ser y en su obrar. Modelos de comportamiento bastante difundidos, por desgracia, exasperan su dimensión racional-tecnológica, o al contrario, su dimensión instintiva». Falta corazón” (DN 9).
Sin embargo, el presente sin memoria y sin horizonte secuestra, aísla, y en algunos casos deja sentir la frustración que lleva a la tristeza y a la desesperanza. El corazón necesita amar, salir de sí. El salmista confiesa: “Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa esperanzada” (Sal 15, 8-9).
¿En quién fundas tu esperanza?
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