Jornada de la Vida Consagrada
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Puedes sentir la llamada a seguir al Señor, y, si es auténtica, no superará tu capacidad.
“Mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío” (Lc 14, 25-27).
La exigencia que Jesús parece pedir a quien desea seguirlo puede parecer injusta, exagerada, incluso contraria a la ley natural o a la misma ley de Moisés, que manda cuidar a los padres y tener compasión de los ancianos. Algo distinto deben significar, entonces, las palabras de Jesús, pues Él no ha venido a suplantar la ley.
Si contextualizamos el texto evangélico, descubrimos que Jesús ha instaurado unas nuevas relaciones, en las cuales no impera el vínculo biológico, sino la filiación divina. De este modo, los parientes son más prójimos por la fe que por la sangre.
El discipulado se fragua en el seguimiento de la persona del Señor, no en una mera renuncia ascética. Jesús va por delante: no engaña, nos precede. No es como los maestros de la ley, que imponen cargas pesadas a los demás y no ayudan a llevarlas; Él, en cambio, nos invita a poner los ojos en su ejemplo.
Puedes sentir la llamada a seguir al Señor, y, si es auténtica, no superará tu capacidad.
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