Jornada de la Vida Consagrada
2 de febrero: Presentación del Niño Jesús en el templo
Eres hijo de Dios, hermano de Jesús, puedes llamar Padre a Dios, y madre a la Virgen María.
“Mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío” (Lc 14, 25-26).
Desde una interpretación literal y sin contexto, la exigencia de Jesús de posponer a los padres, hermanos e hijos parece ir contra la naturaleza y resulta difícil de aceptar. Por ello, debe de haber otro significado en las palabras del Señor que esté en armonía con toda la enseñanza del Maestro.
Jesús ha venido a redimir a la humanidad y, por su oblación, logra convertir en su familia a todas las naciones. San Juan, en su Evangelio, lo testimonia explícitamente: «Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios» (Jn 1, 11-13).
El evangelista san Lucas, al igual que los otros sinópticos, recoge la escena en la que le comunican a Jesús la presencia de su madre y sus hermanos: «Entonces le avisaron: “Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte”. Él respondió diciéndoles: “Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”» (Lc 8, 20-21). De ello se desprende que todos estamos llamados a formar parte de la familia de los hijos de Dios.
Eres hijo de Dios, hermano de Jesús, puedes llamar Padre a Dios, y madre a la Virgen María.
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