De Benedicto a Francisco…

La historia, desde la necesaria y suficiente distancia, es la que analiza críticamente las decisiones de los seres humanos. Benedicto, de manera calculada, y en latín, como no podía ser de otra manera en un acto tan trascendente y solemne, -así lo cuenta en sus memorias- presentó su renuncia a la silla de Pedro. Desde ese momento, se activó el mecanismo que ha llevado al Papa Francisco a sucederle. Todavía es demasiado pronto para emitir un veredicto definitivo sobre estos hechos tan relevantes para la historia de la Iglesia y de la Humanidad. La necesaria distancia decantará muchos juicios apresurados.

Esta decisión del Papa Benedicto supuso, sin duda, un salto cualitativo en la historia reciente de la Iglesia. Pronto los historiadores se remontaron a los antecedentes y motivos de la renuncia más cercana, para discernir las consecuencias. En cualquier caso, el proceso del cese del uno y la emergencia del otro, han sido modélicos. Y, al parecer, su relación es bastante frecuente y cercana. A Francisco le encanta repetir que es como si tuviera el “abuelo” en casa. Incluso cuentan que hubo un intento de involucrar a Benedicto en alguna movimiento subterráneo de los cardenales más conservadores, y les recordó a estos, quién era el Papa. ¡Magnífico!

¿Qué le pasó por la cabeza al Papa Benedicto, antes de renunciar? Dicen que tuvo muy presente el final del largo Papado de Juan Pablo II. Una época, en la que, como consecuencia de su debilidad física, el Papa perdió el control de la Curia. Esta se convirtió en un reino de taifas, y, el entonces Decano del Colegio Cardenalicio, desde su atalaya pudo ser testigo de muchos desmanes y miserias humanas. Tampoco hay que descartar una cierta dosis de misterio, que algún día se descubrirá.

Un buen amigo -ya fallecido-, muy bien introducido en el Vaticano, unos meses antes de la muerte del Papa Juan Pablo II, ante mi pregunta sobre su sucesor, me respondió textualmente -me encontraba en Roma, muy cerca de la fuente de las tres tiaras - “Los Cardenales, por miedo, votarán a Ratzinger”. Los sobresaltos y las aventuras, nunca han sido el fuerte de este club tan antiguo. Ratzinger era un valor seguro a todos los niveles. Y, además un buen conocedor de los entresijos vaticanos, ya que llevaba varios años de trote romano. Y así fue. Después de un largo Papado, los Cardenales votaban a una persona, que les generaba confianza, y un Papado, en principio corto, por la edad.

Probablemente, después de su elección, Benedicto, se sorprendió del “atrevimiento” de la Curia, y comenzó a abrumarse, y desde la fría lucidez y racionalidad alemana, empezó a trazar el plan de desenganche de esa responsabilidad, ya que tenía claro, que no podría seguir ejerciéndola. ¿Cuál era el contenido de ese “atrevimiento” curial? Sin duda, el famoso sobre que le entregó Benedicto a Francisco algún día revelará algunos aspectos. Pero me atrevo a afirmar que Benedicto ponía nombre y apellidos a muchas cosas que, desde dentro, podían claramente convertirse en una amenaza para la Iglesia. En resumen, una Curia, que desde hacía años caminaba totalmente y a todos los niveles a su aire, y seguramente al margen de la autoridad papal. Darle la vuelta a esto suponía un coste tan descomunal, que Benedicto XVI, sintió el vértigo de la fatiga y de una muralla insalvable. Ante esto la única alternativa, era apearse de esa responsabilidad y dejar paso a otra persona. Un gesto que la historia valorará muy positivamente.

Un aspecto que seguramente ha influido también en la decisión de Ratzinger es su alto sentido de la responsabilidad eclesial. Este hombre no se ha sentido con las fuerzas suficientes y necesarias para pilotar a la Iglesia en un mundo tan convulso y cambiante. Los grandes problemas de la Humanidad y de la Iglesia, estaban pidiendo una Iglesia dinámica, que camine al compas de nuestro mundo. La barca de Pedro, zarandeada por todas partes, corre el riesgo de ser anegada por aguas turbulentas y por eso reclamaba un persona más joven y capaz, bien secundada y apoyada por todos. Una Iglesia sólida doctrinalmente y abierta pastoralmente, sin dogmatismo excluyentes, ni claudicaciones estratégicas. En una palabra, una Iglesia capaz de dialogar con el mundo, sin ceder un ápice de su propia identidad.

Esta claro que el gesto de Benedicto, como se ha escrito hasta la saciedad, es de una gran honestidad y coherencia. El reconocimiento de la fragilidad, de la limitación y la vulnerabilidad, no entraba habitualmente en los parámetros del Papado. La mayoría de los Papas morían en la cama, incluso algunos arrastrando largas enfermedades, lo que conllevaba la paralización de muchas instancias y, la instalación de un cierto desgobierno.

Este paso dado por Benedicto, desde este momento, ya cuenta de manera positiva. No sería de extrañar que esta misma iniciativa, en un futuro, la sigan muchos Papas, empezando por Francisco. Lógicamente, esta eventualidad se podrá dar, en su caso, al fallecimiento del Papa emérito. En estos momentos, como ha dicho el Papa Francisco, no tendría sentido la presencia de tres Papas: dos eméritos, y uno nuevo.

En cualquier caso, la generosa renuncia de Benedicto, aquel 28 de febrero de 2013, ha propiciado este momento de esperanza para la Iglesia actual. Esperemos que el Dios de la Historia nos conceda un largo período de primavera eclesial, a pesar de las numerosas zancadillas que el Papa Francisco está recibiendo de algunos sectores de la Iglesia.
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