Domingo 1º Adviento C (02.12.2018): “Seguid adelante” de acuerdo con Jesús
Empieza un nuevo ciclo litúrgico: “Hazme, Señor, escuchar tu gracia”
Somos agraciados con nuevo tiempo de gracia. Surge de las entrañas una dulce obligación: “Siento en mi corazón un fuego abrasador, encerrado en mis huesos; me esfuerzo por contenerlo, pero no puedo” (Jer 20,9). Como Jesús, identificado con Isaías, sentimos que “el Espíritu del Señor está en mí, porque me ha ungido... para dar la buena noticia a los pobres...” (Lc 4, 18-19).
Pablo, tras su experiencia de conversión (He 9,15-16; 22,14-15; 26,16-18...), percibe la necesidad de evangelizar: “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1Cor 9,16). “Necesidad amorosa”, común al convencido. “Amar” es lo mismo que “evangelizar”. Ser “evangelio” es el permanente afán de nuestra vida. “¡Ay de mí si no evangelizo!” equivale a “si no tengo amor nada soy” (1 Cor 13, 2). Como decía san Juan de la Cruz, “la vida de un religioso es toda un sermón”. Un “religioso” es un “cristiano” que tiene experiencia del Espíritu: llama a Dios ¡Padre!, se fía de su amor y entrega la vida a la fraternidad.
Quiera el Espíritu ungir estos textos haciéndolos vehículos de su Amor incontenible. El Vaticano II reconoce esta necesidad eclesial con la misma cita de Pablo: “incumbe a la Iglesia la necesidad (cf. 1Cor 9,16), a la vez derecho sagrado, de evangelizar... Los miembros de la Iglesia son impulsados a continuar dicha actividad por el amor con que aman a Dios y por el amor con que desean participar, con todos los hombres, en los bienes espirituales de la vida presente y futura” (AG 7).
Comentario: “el Señor os colme y haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos” (1 Tes 3,12-4,2)
El amor a todos es la santidad
Por problemas con los judíos (He 17, 1-9; 1Tes 2, 14-16), Pablo dedicó poco tiempo a evangelizar Tesalónica (hoy Salónica). Arraigó bien lo fundamental: “la buena noticia no se quedó para vosotros en palabras, resultó además una fuerza exuberante del Espíritu Santo” (1Tes 1,5). “Timoteo acaba de llegar, dice más adelante, y nos ha dado buenas noticias de vuestra fe y amor mutuo” (1Tes 3,6). Ante esto Pablo expresa dos deseos orados al Padre y a Jesús: “que dirijan nuestra ruta hacia vosotros” (1Tes 3,11), y “que el Señor os colme y haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos” (lit.: en amor hacia unos a otros y hacia todos), “lo mismo que nosotros os amamos” (3,12). Estos son deseos de santidad: “que afiance así vuestros corazones, de modo que os presentéis ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos” (3,13). Pide, pues, la santidad cristiana: “el amor (ágape) entre ellos y hacia todos”. “Ágape” designa el amor gratuito y universal, fruto del Espíritu divino. Ese amor nos realiza como hijos del Dios “que hace salir el sol y bajar la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 45; Lc 6, 35).
“Seguid adelante” de acuerdo con la vida de Jesús
La segunda parte del texto (4,1-2) exhorta a vivir como han aprendido de sus evangelizadores para ser gratos a Dios: “ya habéis aprendido de nosotros cómo comportarse para agradar a Dios; pues comportaos así y seguid adelante” -lit: haced más, abundad, creced...- (1Tes 4, 1). “Ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús” -`diá tou kiriou Iesou´; genitivo: a través de..., con motivo de..-. (1Tes 4, 2). Importa este aviso: instruye “a través del Señor Jesús”. Propón lo que está de acuerdo con la vida de Jesús. Aviso a tener en cuenta en la Iglesia: no imponer normas o leyes que Jesús no impuso (He 15, 28).
Oración: “el Señor os colme y haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos” (1 Tes 3,12-4,2)
Jesús del adviento, “de la venida con todos tus santos”:
Empezamos a preparar la celebración de tu nacimiento;
recordaremos la situación que te esperaba;
nos acercaremos a las personas que intuyeron tu venida;
vibraremos con la energía del Bautista que te presentó al pueblo;
entraremos en el corazón de tus padres, que te acogieron como don del Padre Dios.
El texto de Pablo desvela el proyecto divino al planear la Navidad:
“que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos” (1Tes 3, 12);
entonces y hoy, el Padre sigue “trabajando” nuestra libertad (Jn 5, 17):
“mira toda la planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres...;
en la cual están tantas y tan diversas gentes..., así en trajes como en gestos;
unos blancos y otros negros, unos en paz y otros en guerra,
unos llorando y otros riendo, unos sanos y otros enfermos,
unos naciendo y otros muriendo...;
cómo hablan unos con otros, cómo juran y blasfeman, etc.;
cómo actúan sobre la faz de la tierra: hieren, matan, van al infierno, etc.”
(Así plantea san Ignacio la contemplación de la Encarnación. EE 102-108).
Esta mirada “divina” la hemos conocido por ti, Jesús de Nazaret:
“en esta etapa final, Dios nos ha hablado por un Hijo, al que nombró heredero de todo,
lo mismo que por él había creado los mundos y las edades;
él es reflejo de su gloria, impronta de su ser;
él sostiene el universo con la palabra potente de Dios;
él, tras realizar la purificación de los pecados, está sentado junto a Dios” (Heb 1,2-3).
Al creer en ti, Jesús, nos has entregado tu Espíritu:
“lo que Dios preparó para los que le aman,
nos lo reveló Dios a nosotros por medio del Espíritu...
nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo,
sino el Espíritu que viene de Dios,
para que conozcamos los dones gratuitos de Dios...;
¡nosotros poseemos la mente de Cristo!” (1Cor 2,9-16).
El Espíritu nos hace conscientes de “la gracia en que estamos” (Rm 5,2):
“hemos recibido un Espíritu que nos hace hijos,
y que nos permite gritar: “¡Abba, Padre!”;
ese mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios...,
herederos de Dios, coherederos contigo, Cristo...” (Rm 8,15-17).
Tu mirada sobre la vida procedía del Espíritu:
te despertaba dolor por el sufrimiento de cualquier ser humano;
te inquietaba por la ignorancia y la pobreza;
te enfurecía la religión –unión con Dios- que no servía para igualar,
vincular en fraternidad, crecer en bondad y libertad;
sino todo lo contrario: crear diferencias, jerarquías, esclavitud, exclusión;
te impulsaba a anunciar la buena noticia del Amor de Dios;
te hacía creer y esperar en la bondad de las personas;
te educaba desde el Padre que siempre escucha y comprende.
Esto es lo que enseñaba Pablo:
“estoy convencido de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni soberanías,
ni lo presente ni lo futuro, ni poderes ni alturas,
ni abismos, ni ninguna otra criatura,
podrá privarnos de ese amor de Dios,
presente en el Mesías Jesús, nuestro Señor” (Rm 8,38-39).
Este es nuestro deseo y nuestra oración:
“que tú, Señor, nos colmes y nos hagas rebosar de amor mutuo y a todos”;
que esta sea nuestra santidad: amar como tú y el Padre amáis;
que vivamos así todo acontecimiento, toda circunstancia, toda celebración.
que “sigamos adelante”, hagamos más, abundemos, crezcamos...
según “las instrucciones que nos dieron en tu nombre, Cristo”.
que tu Espíritu guíe nuestra celebración de la Navidad.
Rufo González
Leganés, diciembre 2018